Pasar más hambre que un maestro
Hoy en la Comunidad Valenciana el sueldo de los docentes fluctúa entre los 1.900 y los 2.150 euros brutos más otros 200 propuestos por la Conselleria. Con ello igualaremos, cuando no superaremos, la media nacional.
Organizaciones sindicales que mantienen la huelga de docentes (STEPV, CCOO y UGT) en imagen de archivo.
He esperado a finalizar este artículo (que ya llevaba una semana en la nevera) al jueves como fecha tope para que los maestros y demás profesorado no universitario hicieran sus asambleas con el resultado de un paradójico e hiperbólico: ‘sí, pero no’; volvemos a clase este viernes, aunque nos reservamos reiniciar la huelga en septiembre y sin previo aviso.
Apenas hube de retocarlo.
Estamos a punto, metidos ya en junio, de perder un curso escolar, o, en el mejor de los casos dejarlo incompleto tanto en los temarios como en las prácticas hoy indisolubles de la pura teoría. La huelga de maestros y profesores se hace ya intolerable por insoportable, más acuciante si cabe en su resolución político-académica para las clases menos pudientes y peor atendidas en esta inmoderada y enfáticamente definida como “sociedad del bienestar” (de unos más que de otros).
En la negociación en este caso el PP como patrón en connivencia con Vox, frente al colectivo currante, unos sindicatos desde CSIF a Comisiones Obreras, también de los específicos profesionales (STEPV), hoy en día totalmente divididos en sus reivindicaciones más inmediatas, las organizaciones sindicales supranacionales tiran hacia reivindicaciones globales en colectivos generalizados (léase Enseñanza), mientras las “profesionales”, derivan a lo específico según su puesto o función (maestros, profesores de instituto, profesores universitarios, adjuntos y catedráticos, personal complementario, etc.).
Es por ello por lo que en lo único que se pusieron de acuerdo fue en mantener una huelga, incluso sosteniéndola como “indefinida” y hasta ayer, en caso de no ser atendidas sus demandas prorrogarla ya en septiembre cuando los colegios abran sus puertas para un nuevo curso escolar.
Ante semejante barbaridad de la docencia en su colectividad/es surgen preguntas incómodas para los profesionales de la enseñanza, necesarias para los padres como mayormente perjudicados: ¿habrá notas finales para los alumnos/as y en base a qué? ¿A 10 días de clausurar, pasarán todos/as de curso, tanto quienes se hayan esforzado en sus deberes, como quienes no dieron ni chapa? ¿Hasta qué punto pueden ser significativos los avances en la negociación con la Generalitat después de haber oído a dirigentes docentes decir “esto es más que una huelga”? ¿Una revolución sectorial? ¿Y por qué no en el resto de España? ¿Están mejor pagados los “otros”?
También Cataluña las manifestaciones han demostrado como las asambleas con mayoría de no afiliados declaran pasar hasta el coxis de los sindicatos negociadores y tomar las decisiones que decida el movimiento asambleario. O sea, ir por libre, pues si antes en la Comunidad Valenciana se pudo interpretar como un dirigido ataque a la coalición PP-Vox, ahora el cabreo se dispara contra socialistas (catalanes) y ERC como independentistas de izquierdas. La anarquía manda. En Valencia y Alicante, día sí y el otro también los manifestantes hacen sonar sus bocinas levantando pancartas reivindicativas: mejores sueldos (el mayor porcentaje, menores ratios, trabajo estresante, etc., mientras la consellera Carmen Ortí anda enfrascada en presentarles una propuesta tras otra como si esto fuera una mano de póquer elevando el envite que el otro no acepta.
Y ya van más de cinco semanas de mal rollo por ambas partes porque si la decisión de elevar salarios, crear otras 5.000 plazas estables y bajar el número de alumnos por clase, lo que al parecer no tiene solución, al menos presupuestaria, es la albañilería, pintura, zonas deportivas y mobiliario, amén de la creación de nuevos centros docentes, que exigen maestros y profesores como por arte de abracadabra.
“No hay cama pá tanta gente” decía Octavio Ramos, y eso es lo que ha debido pensar Juan Francisco Pérez Llorca, hoy presidente de la Comunidad Valenciana, sólo con repasar partidas de donde sacar en los presupuestos recién aprobados, cuando convencer a Vox no ha sido fácil, sobre todo en la cuestión de inmigrantes, o sea, primero nosotros (DNI) y después ellos, cuantos menos mejor.
Si se ha llegado a una cierta edad será muy probable que se recuerde aquel dicho popular: “pasar más hambre que un maestro de escuela”. Por algo lo intentó remediar el conde de Romanones allá por el año 1901, al incorporar a los Presupuestos Generales del Estado (ahora de la Generalitat Valenciana en este caso concreto) los paupérrimos sueldos de los maestros hasta entonces sufragados por ayuntamientos y vecinos sin un real que detraer de sus miserables economías.
Hoy en la Comunidad Valenciana el sueldo de quienes imparten el magisterio escolar fluctúa entre los 1.900 y los 2.150 euros brutos al mes, a los que habrá que añadir otros 200 mensuales propuestos por la Conselleria de Educación. Con ello, sin llegar a los máximos del País Vasco, igualaremos, cuando no superaremos la media nacional.
La huelga se desinfla día a día y entre el profesorado son más los que están dispuestos a volver a clase con lo ya conseguido, aunque siguiendo las negociaciones reivindicativas con la Generalitat, sobre todo en la cuestión de los plazos de obligado cumplimiento.
Intuyen como empieza a detectarse una cierta insolidaridad social con ellos mayormente por quienes son responsables directos de niños y adolescentes en imperativa edad escolar, aguantándolos en casa sin ser periodo vacacional, o sabiéndolos en un recreo permanente con las aulas hueras.
Esperemos que empiece el próximo curso con normalidad desde septiembre hasta junio porque los únicos/as que van a pagar esa factura y fractura son quienes hoy en su relativa inocencia están contentísimos/as por el imprevisto asueto (que no han provocado ellos/as), pero en el todavía lejano mañana, cuando sean madres y padres, pensarán de una forma muy distinta.