claves del éxito
El hombre que aprendió a escuchar entre mil especias: La vida sin filtros de Jesús Navarro, director de la mítica empresa Carmencita
Navarro se sincera analizando la trayectoria de la firma: una aventura centenaria marcada por decisiones arriesgadas, anécdotas memorables y el valioso arte de saber escuchar.

Jesús Navarro, una vida dedicada a Carmencita.
Desde el Goya por un documental hasta el despacho del presidente de Starbucks, el director de Carmencita repasa una trayectoria de cien años de historia familiar guiada por la intuición, los errores bien entendidos y la obsesión por mantener los pies en la tierra.
En el corazón de las novísimas y espectaculares instalaciones de Carmencita, el olor a orégano cultivado a dos mil metros y a azafrán recién analizado flota en el aire. Es el centro neurálgico de una de las marcas más icónicas y queridas de España, una firma centenaria que ha sazonado los hogares de varias generaciones.
Sin embargo, al frente de este gigante de los condimentos no se encuentra un ejecutivo de manual con discursos encorsetados. Todo lo contrario. Jesús Navarro recibe a ESdiario CV con la naturalidad de quien ha vivido tres vidas en una y la honestidad de quien, a los setenta años, ya no tiene nada que demostrar.
“Si volviera a nacer, no haría cosas que he hecho, pero no me arrepiento. Estamos hechos a base de errores. Un error es como un peldaño; vas creciendo y llega un punto en el que parece que eres un fracaso absoluto y resulta que eres un tío que, más o menos, sabe por dónde van a ir los tiros”.
De las dunas de Arabia a la alfombra roja de los Goya
La historia de Jesús Navarro es la de un destino que parecía trazado desde la cuna, aunque su mente inquieta siempre buscara escapar por las costuras.
“No tuve opción”, admite al recordar sus inicios. Para él, la fábrica no era un polígono industrial, sino el porche de la casa de sus abuelos. A pesar de la inercia familiar, el cine, el arte y la cultura siempre estuvieron presentes. Tanto es así que logró un Premio Goya en 2016 al mejor documental por Sueño de Sal.
Pero sus fantasías de juventud iban mucho más allá: soñaba con recorrer el desierto vestido de árabe sobre un camello o desaparecer en Ibiza para convertirse en DJ. Entre risas recuerda incluso cómo, en la mítica discoteca Pachá, Gianluca Vacchi y su séquito se acercaron sorprendidos por el enorme parecido físico entre ambos.
Sin embargo, tras las luces de la bohemia y los proyectos artísticos, la empresa familiar siempre terminaba reclamando su sitio. “A veces uno, cuando ve una oportunidad, se lanza. Los empresarios somos así. La mayoría de veces nos equivocamos. Mientras las cosas no te arruinen, son buenas”.

Un momento del rodaje de Backstage entre Jesús Navarro y Miki López.
Miguelitos de La Roda para salvar el alma de la empresa
Uno de los momentos más difíciles de la historia de Carmencita llegó en los años ochenta. Asfixiados por la deuda, la familia se vio obligada a vender el 50 por ciento de la compañía. “Vender una empresa que tienes en el corazón, en el alma… Carmencita era la hermana de mi padre, era mi tía”, explica. Durante trece años convivieron con un socio al 50 por ciento hasta que, en 2003, apareció la oportunidad de recuperar el control.
La expedición a Madrid para negociar con Ebro acabó convirtiéndose en una escena digna de una película de Berlanga. De camino, Jesús decidió detenerse en La Roda para comprar tres cajas de Miguelitos.
- ¿A dónde vas con eso? -le preguntó incrédulo su primo.
- Para el presidente de Ebro. Vamos a hablar.
Contra todo pronóstico, el detalle rompió el hielo. El despacho terminó cubierto de azúcar glas y el ambiente cambió por completo. Entre los Miguelitos, la nostalgia y el deseo de regalarle una última alegría al padre de Jesús, enfermo de Alzheimer, la familia logró convencer al socio, endeudarse “hasta las cejas” y recuperar la empresa.
“Mano de Santo” y los puñetazos con gigantes
La inquietud emprendedora de Jesús Navarro también dio vida a proyectos paralelos. Uno de ellos fue Mano de Santo, una bebida pensada para combatir la resaca mediante una fórmula basada en ácido tartárico derivado del vino y vitaminas.
Recuerda con humor cómo tuvo que negociar el nombre comercial con una madre superiora de un convento de La Coruña que ya tenía registrada la marca para vender magdalenas. La conversación terminó convirtiendo euros en pesetas para que la religiosa pudiera valorar la oferta.
Aunque asegura que el producto funciona -“hicimos la prueba con un aparato de la Guardia Civil y pasabas de dar 0,90 a 0,15 en quince minutos”-, reconoce que competir contra gigantes como Red Bull o Monster ha sido otra historia. “Si en las especias los puñetazos son de nivel cuatro, aquí son de nivel once”.
Un laboratorio de vanguardia y el “no” a los estudios de mercado
Hoy la innovación continúa siendo el motor de Carmencita. Sus laboratorios, consultados por el CSIC, reúnen a más de 25 profesionales entre biólogos, químicos y cocineros. Analizan cada lote procedente de Ecuador, India o Perú y cocinan el producto final para comprobar cómo responden las especias en recetas reales como paellas, pizzas o guisos.
La compañía mira al futuro con nuevas líneas de toppings decorativos y colaboraciones internacionales como la que mantiene con Starbucks en toda Europa, suministrando cacao, vainilla y canela.
Un acuerdo que nació, una vez más, gracias a la perseverancia de Jesús Navarro, que escribió directamente al presidente de la multinacional y esperó un año entero para obtener respuesta. “Yo no soy partidario de tanto análisis o estudio de mercado. Pierdes tiempo y nadie te va a decir si va a triunfar o no. Yo me lanzo y, si no se abre el paracaídas, procuro no matarme”.
El arte de no estorbar
Terminada la visita a la fábrica, la conversación abandona las cifras y entra en el terreno más personal. Preguntado por el consejo que le daría al Jesús Navarro de 25 años, responde sin dudar: “Le diría: da más amor, sé más empático, comprende más a las personas, no pienses tanto en ti… Sé más sincero”.
En una época marcada por la velocidad y el ruido constante de las redes sociales, el empresario tiene muy claro cuál es el verdadero aprendizaje de toda una vida. “Queremos información rápida y no escuchamos porque ya estamos pensando en lo que vamos a decir nosotros. Creo que he aprendido a escuchar, que es algo muy humilde. Primero, comprender a los demás. Y lo segundo: no estorbar, y dejar que esa idea que has comprendido siga adelante”.
Jesús Navarro se despide recordando a sus abuelos, fundadores de la saga; a sus padres y tíos; y a sus primos Paco y Jesús, con quienes continúa dirigiendo una empresa centenaria. Se apagan los focos del set de grabación, pero permanece la sensación de haber conocido a un hombre que, por encima de las marcas, los balances y la innovación, ha decidido hacer de la escucha su mayor legado.