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Calor

Estamos perdiendo el norte y la cordura que es de donde viene el fresco

Álex Zea / Europa Press
06/7/2026

Álex Zea / Europa Press 06/7/2026Alex Zea

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No hacen falta mayores ni mejores comprobaciones que acudir a las estadísticas climáticas que revelan pasados estíos tan calurosos como el que vivimos ahora en los termómetros. Sin ir más lejos 1975 o el más cercano 2022 fueron tórridos batiendo récords, como también otros muchos anteriores no contabilizados oficialmente por las agencias de meteorología a partir de los años 60 del pasado siglo, pero sí reflejados en los periódicos locales de toda España (primordialmente en el trecho andaluz que va desde Córdoba a Huelva, aunque el apelativo de “sartén de Andalucía” se lo lleve Écija – Sevilla–, no sé si en el disentimiento comparativo con los cordobeses).

Y hablando de sartenes permítanme que, por asociación del título de este artículo, les recomiende encarecidamente la novela de Bill Buford “Calor”, que va de un escritor y periodista experimentando en su propia mente y epidermis lo que es meterse de lleno en la impresionante cocina de un famoso restaurante neoyorquino, para saber luego de qué está escribiendo: estrés, disciplina espartana, temperatura asfixiante… explicando los entresijos culinarios con sardónica inteligencia y siempre humor cáustico, desde su entrada como aprendiz de partida hasta su confirmación con el “toque” (gorro profesional de un cocinero consumado).

Hecha esta pequeña incisión en mis mejores recuerdos literarios, pasemos por la puerta batiente del restaurante al exterior para comprobar la tan traída y llevada expresión de “sensación térmica” que desabrocha toda mi incredibilidad. Lo de la “sensación” es pura percepción del cuerpo humano, ¿pero de qué cuerpo? ¿de un saharaui, de un español, de un esquimal…? Pongamos por caso que en este Levante Feliz desde Castellón a Orihuela se ven pocos y en contados días los abrigos y demás ropa térmica del paisanaje, mientras nada más asomar la primavera ya nos ponemos ropa corta hasta mediado el invierno. De hecho, nos sorprenden los guiris nórdicos quitándose hasta la camiseta cuando descienden del avión. Al fin y al cabo, todos vienen hasta nuestras playas para tostarse de día y colocarse de noche. Ningún remilgo a la industria que nos da de comer y aún menos al impenitente y cálido sol que lo procura.

Lo que ya resulta cargante, hasta sobrepasar la soportabilidad del indefenso televidente, es la insistencia y matraca informativa, incluso cuando ahuyentas con el mando a estos/as agoreros predicando poco menos que el fin del mundo por mor de un cambio climático terrible y exterminador por culpa de nuestra desidia medioambiental, cuando en los más o menos 315 millones años del homo sapiens no hubiese soportado ciclos glaciales y otros calurosísimos al extremo de fundir los casquetes polares, pero el hombre sobrevivió y no se sabe qué hubiera otra contaminación anterior al siglo XIX-XXI que la provocada por los incendios y la defecación animal, luego descubierta como abono para los cultivos.

Pero claro y como se dice en términos periodísticos hay que “inflar al perro” para que no se hable de lo sustancial político, donde cadenas como la TVE, se supone que es de todos los españoles, no sólo de los socialistas que quedaron en franca minoría electoral, y menos de los independentistas que se declaran abiertamente antiespañoles; sólo hay que observar un rato, a ser posible corto, al periodista de la trasera levantada, Javier Ruiz, dedicándole el 75% de nuestra de su programa a criticar al PP que es la oposición y, por tanto no manda, ni siquiera puede obligar a cierta equidistancia como sí observamos en otras televisiones públicas europeas. Si bien o mal hablar de La Sexta resulta desternillante en su parcialidad al servicio de Pedro Sánchez (García Ferreras no ha tenido el menor rubor profesional al declararse abiertamente socialdemócrata y sanchista, posicionamiento en siglas determinadas que jamás hace ninguno de sus competidores tanto de información como de opinión); y ya la Cuatro es descalabrarte cuando por las mañanas se pronuncia “progre” o pareja, y por la noche tira a la derecha indisimuladamente. Con rabiosas arremetidas el propio Ferreras de La Sexta tratado de mofarse de Iker Jiménez en la Cuatro mandándole a buscar ovnis porque la política no parece lo suyo. De Telecinco no sabemos qué decir porque cada día están en un bando y a veces en los de todos según arriben los vientos. Y por si no fuera suficiente “carolina” mediática, están abrasando a los jueces etiquetándolos ideológicamente según convenga a determinada cadena televisiva.

Debe ser el calor, pero estamos perdiendo el norte y la cordura que es de donde viene el fresco. Supongo que por eso de las calenturas sobre frentes despejadas, Paco Camps le ha dado la fiebre de ganarle a Pérez Llorca en un inmediato congreso que ni apoya Génova-Feijóo, ni tampoco el PP valenciano ante la negativa de María José Catalá Verdet, alcaldesa de Valencia, y de momento resistente a las presiones de Madrid en el supuesto de que las elecciones a las Cortes Generales y a Les Corts Valencianes fueran al unísono, dado que en las municipales no tendría enfrente ni con quién empezar.

Lo de la contraria Diana Morant aferrada a su sillón ministerial, pero contradictoriamente (ética y estética políticas) aspirante a la Generalitat Valenciana es un regalo de los dioses a Pérez Llorca mientras lo maquillan de estadista y le corrigen al alza la prosapia de Finestrat. Así se las ponían a Fernando VII para no moverse del trono, decían que era poco espabilado, pero gobernó casi 20 años.

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