Rafael Maluenda Verdú

Ex vicepresidente de Les Corts Valencianes

Cuando un amigo se va

Luis Boyer, uno de esos hombres buenos; honrados, respetados y queridos que, lamentablemente, tanto escasean en la actualidad, nos ha dejado para siempre

Imagen de archivo del presidente de la Fundación Mediterráneo.Instituto Cervantes

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Es cierto que cuando un amigo se va, queda un profundo y triste vacío, tan sólo aliviado por el recuerdo; más todavía, si el finado, como es el caso de Luis Boyer, goza del cariño de los suyos, y de la amistad de quienes le conocimos y tratamos.

Hoy, Luis, uno de esos hombres buenos; honrados, respetados y queridos que, lamentablemente, tanto escasean en la actualidad, nos ha dejado para siempre. Hace tan solo unas horas he visitado el Tanatorio de mi vecina Ciudad de Novelda, para presentar mis respetos a su esposa e hija y, aunque no las conocía, expresarles mi más sentido pésame por su aflicción.

Mi amistad con Luis se remonta a más de 30 años, concretamente a los noventa y pocos; viajábamos juntos a Valencia porque nos encontrábamos en el tren de la mañana; Luis subía en Novelda, y yo lo hacía en Monóvar.

A partir de ese punto nos buscábamos en el tren, ya que, con nuestra conversación, el viaje resultaba mucho más ameno y agradable; ambos disfrutábamos de la presencia del otro.

Luis era un gran conversador; poseía un verbo fluido y culto. Era también deferente, educado y prudente. Hablábamos de todo, de lo divino y de lo humano; nos entendíamos perfectamente porque nos profesábamos el mismo respeto. Era circunspecto y por ello, podíamos disertar, sin reparo, por ejemplo, de los proyectos del Consell o de sus trámites en les Corts; de la actualidad y de los acontecimientos.

En aquellos noventa y pocos a los que me refiero, Luis era Director General de Comercio; yo era Vicepresidente de les Corts en representación de mi partido que no era el suyo; no compartíamos ni proyectos ni ideas; él se debía a unas siglas y yo a otras distintas; probablemente su bandera no fuese la mía, como tampoco la mía sería la suya.

Luis y yo éramos antagonistas políticos, pero sin embargo amigos. No eran prevalentes, ni para él ni para mí, los proyectos, las siglas, ni las ideas y mucho menos las banderas ya que, de nada servía todo esto si al final impedía que hombres y mujeres, por el solo hecho de mantener discrepancias ideológicas, pudiesen entenderse. Para nosotros, las personas eran lo más importante, y estaban siempre por encima de las ideas.

Precisamente por ello, podíamos hablar de todo. Desde el respeto que nos profesábamos y la libre opinión manifestábamos nuestro parecer sobre las cosas, incluidas las de carácter político. Nunca por ello tuvimos discusión alguna, pese a que, en este aspecto, manteníamos posiciones distintas.

Así transcurrían nuestros viajes a Valencia: él desde Novelda y yo, desde Monóvar, pero juntos en el tren, en amigable y cordial charla. Nuestra conversación no era óbice para que disfrutásemos también, desde nuestros asientos, de la visión de ese hermoso y radiante valle por el que discurre el Vinalopó, con sus exiguas aguas: de sur a norte, entre Novelda y Villena y, a lo ancho, entre Monóvar y Petrel.

Su luminosidad hace que destaque el cromatismo tantas veces descrito por Azorín; sus admirados grises, de matices tan ricos: suavísimos grises que desaparecen con la luz del sol; los grises rojizos, grises verdosos, grises azulinos, grises violetas…

La agradable y fluida conversación con Luis acortaba el viaje; de pronto, tras la bifurcación, aparecía ante nuestros ojos la frescura de la fructífera y variada agricultura de la provincia de Valencia; también con sus enormes contrastes y bellos colores; nos estábamos acercando al destino. Así, al llegar a Valencia sin agobios, cada uno, tranquilamente, marchaba a su despacho, donde el trabajo aguardaba.

Unos pocos años después perdí mis encuentros con Luis en el tren y, con ello, nuestras largas y amenas conversaciones; dejó la Dirección General y se dedicó a la abogacía.

No obstante, transcurrida más de una década, tuve la suerte de volverle a encontrar, gracias a mi vocación azoriniana. Fue en el año 2016, cuando le nombraron Presidente de la Fundación Mediterráneo; yo, jubilado ya más de un año, me dedicaba exclusivamente a escribir y, por ello, visitaba con frecuencia, al igual que él, la Casa-Museo Azorín.

Se convirtió en el custodio de la memoria y legado del universal escritor monovero y, a fuer de sincero, he de afirmar que lo hizo brillantemente; volcándose siempre en los proyectos del inolvidable director Pepe Payá y en la actividad y difusión de la Casa-Museo.

Por aquel entonces, la Fundación que Luis presidía, publicó uno de mis libros, “Recordando a Azorín”; después, ya seguimos viéndonos con bastante frecuencia y participando en actos literarios; en nuestro reencuentro, siguió siendo tan deferente y receptivo conmigo, como siempre lo fue en nuestros antiguos viajes.

El óbito de Luis Boyer, por inesperado, nos ha cogido descolocados a todos. Es una pérdida irreparable, mayormente para su esposa y todos los suyos; también para quienes tuvimos la gran suerte de gozar de su amistad y, especialmente, para el mundo azoriniano que se queda, al igual que la Casa Modernista, y otros legados alicantinos, sin su mejor valedor.

Esa famosa reflexión de Azorín sobre el paso del tiempo expresada en su libro Castilla: “Vivir es ver volver”, cobra mayor fuerza para mí en este momento, al poder revivir mis recuerdos, y, a la vez, rogar por su alma.