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Ángel Franco, el hombre que sigue controlando la trastienda del PSOE de Alicante

El mítico dirigente socialista ha conseguido colocar a su pupilo, Quico Fenollar, de número 1 al Senado.

Ángel Franco

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Jorge Brugos Martínez
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En las distancias cortas del micrófono, Miguel Millana despachó una vez la incógnita con una benevolencia casi lírica. Le pregunté en la radio quién era realmente Ángel Franco y el místico dirigente socialista, por entonces su amigo, me contestó sin pestañear: «Es un buen hombre». La poesía duró lo que tardan en abrirse las urnas de una ejecutiva. Años después, roto el afecto y consumada la percepción de la traición, la mirada del exconcejal hacia su antiguo mentor ya no guardaba rastro de aquella piedad.

Porque para la trastienda de la política, Ángel Franco nunca fue un alma cándida, sino un killer de moqueta; un camaleón orgánico capaz de mudar de piel según sople el viento de la ejecutiva, con un pragmatismo feroz fundado en una máxima invariable: aliados temporales e intereses permanentes. Su única fe insobornable, su pasión y su tablero de ajedrez ha sido siempre el PSOE. Incluso hoy, rebasada la barrera de los ochenta años, permanece al pie del cañón, sujetando con puño de hierro las riendas del aparato socialista alicantino.

Hace apenas unos meses, en los cenáculos del partido daban su firma por extinta. Le contemplaban como a un gladiador cansado, dando los últimos y lánguidos coletazos de una trayectoria que parecía no tener fin. Al serpentear por la hemeroteca viva del socialismo valenciano, los viejos roqueros suspiraban deseando su retiro definitivo, convencidos de que sus hilos ya no movían a ningún títere. «Lo intenta, pero ya no tiene la fuerza de antes», sentenciaba con condescendencia un exconcejal. Lo observaban con la misma incredulidad atónita con la que escucharon su reciente e inesperado discurso sobre Inteligencia Artificial en un comité provincial.

Se equivocaron de medio a medio. Olvidaron que la inteligencia de un animal político no se mide por los movimientos que no hace si no por los que sí. Creyeron haber disuelto sus dominios y se distribuyeron las agrupaciones antes de tiempo.

Hoy, quienes sonreían con desdén en los pasillos tragan saliva. El viejo estratega al que daban por desahuciado ha vuelto a mover ficha y a desarmar los pronósticos al lograr situar a su nuevo pupilo, Quico Fenollar, en el número uno de la lista al Senado. Quizá para los analistas de salón se trate de una victoria menor o de un triunfo pírrico, pero en la fontanería de partido no hay victoria pequeña: demuestra que, mientras sus detractores firmaban su acta de defunción, Franco ya estaba escribiendo el siguiente capítulo. Una vez más ha vuelto a reír el último. 

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