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Riada de 1997

El día en que Alicante aprendió a domar el agua: así funciona su escudo antirriadas

La catastrófica riada de 1997 configuró el sistema hídrico que conocemos hoy en la ciudad.

Riada de 1997 en Alicante

Riada de 1997 en Alicante

Jorge Brugos Martínez
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Pasan los meses, los años y los temporales, y la historia suele repetirse en la vertiente mediterránea: destrozos, imágenes agónicas y el agua abriéndose paso donde nunca debió llegar. Ante la voracidad de las lluvias torrenciales propias de nuestra provincia, la única alternativa inmediata suele ser achicar agua y paliar los daños con los recursos humanos y técnicos disponibles. A posteriori se anuncian obras y grandes acometidas; pero cuando la tempestad amaina, el asunto cae en el olvido... hasta que el agua vuelve a desbordarse de su cauce y arrasa con todo a su paso.

El punto de inflexión: 1997

Sin embargo, existió un día en el que una gran tromba obligó a toda una ciudad a cambiar las reglas del juego. El 30 de septiembre de 1997, un diluvio torrencial anegó Alicante, dejando una huella imborrable y una lección contundente. El municipio entendió que no se podía seguir reaccionando a posteriori: había que tomar cartas en el asunto y diseñar una estrategia de protección a largo plazo.

Tras el desastre, las administraciones pública y municipal, junto con la empresa mixta Aguas de Alicante, diseñaron el Plan Antirriadas —integrado en el Plan Integral Contra Inundaciones (PICI)—. La premisa partía de una lógica tan sencilla en su planteamiento como compleja en su ejecución: en lugar de intentar expulsar el agua lo más rápido posible hacia el mar (lo que colapsaba la red urbana), el nuevo modelo apostaba por laminar, retener, almacenar y reutilizar el caudal de escorrentía.

Los tres pilares de la defensa hídrica

Este entramado defensivo funciona como un circuito interconectado estructurado en tres capas principales:

 Canalización y desvío en cabecera: El objetivo principal es interceptar la riada antes de que penetre en el casco urbano. Para lograrlo, se construyeron colectores interceptores y diques de laminación en los cauces históricos de la ciudad —como la Rambla de las Ovejas, el Barranco de San Blas o el Barranco del Juncaret—. Estas infraestructuras atrapan la avenida de agua en la cuenca alta y media, encauzándola de forma controlada y segura hacia el mar.

 La red subterránea y colectores de gran capacidad: Una vez en el tejido urbano, la prioridad es evacuar el agua de la superficie con máxima rapidez. La ciudad dispone de un sofisticado sistema de alcantarillado con más de 20.000 imbornales y rejillas de alta captación. Bajo arterias clave como la Gran Vía o la avenida de la Aguilera, transcurren colectores de gran diámetro que actúan como auténticas autopistas subterráneas para absorber volúmenes masivos de agua.

Almacenamiento e infraestructuras verdes: Cuando el volumen supera la capacidad de los colectores o de vertido, entran en funcionamiento los depósitos de contención y las soluciones basadas en la naturaleza. Por un lado, destacan los tanques anti-tormentas, depósitos subterráneos de gran dimensión como el de San Gabriel, diseñados para almacenar los primeros golpes de escorrentía y evitar el colapso del sistema. Por otro lado, la ciudad cuenta con espacios verdes como el Parque La Marjal en la Playa de San Juan, un parque urbano que tiene la capacidad de transformarse durante un episodio extremo en una gran balsa capaz de retener hasta 45.000 m³ de agua.

Un modelo circular de reutilización

El verdadero éxito del modelo alicantino no termina cuando cesa la lluvia. El agua retenida tanto en los depósitos subterráneos como en el Parque La Marjal no se pierde ni se vierte de forma descontrolada: se bombea de manera progresiva hacia las estaciones depuradoras para ser tratada y posteriormente reutilizada en el riego de parques y jardines. De esta forma, lo que antes era una amenaza destructiva se transforma en un recurso clave para combatir la sequía en una de las regiones con mayor estrés hídrico de Europa.

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