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Dicho sea de paso

Fernando Riera

Más allá del muro

Tristemente, hay obras que sobreviven a quien las encarga. Y me temo que este muro es una de ellas.

El president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchezrobersolsona

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Si vas a la RAE, la segunda acepción de «concordia» en el diccionario es de las que conviene leer despacio: «Ajuste o convenio entre personas que contienden o litigan». O sea, que la concordia se hace con quien tienes enfrente; con los tuyos basta con quedar a cenar. Pedro Sánchez lo entendió perfectamente cuando indultó a los condenados del procés: invocó la concordia y la practicó con ellos con generosidad. Con los demás, la generosidad le duró poco.

En su investidura, el vocabulario ya era otro. Frente a la derecha había que levantar «un muro de democracia, de convivencia y de tolerancia». Lo dijo así, con los tres materiales, como quien encarga a un contratista ladrillo, cemento y yeso. Del otro lado quedaba, entre otros, el partido que había ganado las elecciones. Original manera de inaugurar la convivencia.

Quien haya visto Juego de Tronos sabe quién vive más allá del Muro: los salvajes, esa gente a la que en el sur nadie se molesta en escuchar porque ya se sabe lo que son. En el plano que dibujó la Moncloa, ahí nos tocó vivir a unos cuantos millones, y a ninguno nos preguntaron. Desde entonces intento entender cómo se convive con alguien al que has dejado al otro lado de una pared. Nadie me lo ha sabido explicar.

Sería injusto, de todos modos, cargar la obra entera a un solo albañil. La crispación española tiene más padres: el procés y los extremos de uno y otro lado llegaron antes, pero ninguno de ellos presidía el Gobierno. Sánchez sí, y descubrió pronto que la división, bien administrada, da más retuits que la concordia. Un tertuliano puede vivir de dividir, pero un presidente no. Un presidente —se supone— gobierna para los que no le votaron, y a esos no se les levanta una tapia: se les convence o se les respeta.

Todo muro necesita, además, un nombre para lo que deja fuera, y en eso el presidente ha sido muy aplicado. Hizo suya la «fachosfera» para acusar a otros, precisamente, de polarizar. Y en aquella recordada carta a la ciudadanía convirtió a quienes le criticaban en una coalición de intereses de la derecha y la ultraderecha. Desde entonces, quien le lleva la contraria tiene asignada su casilla antes de abrir la boca.

La concordia —quizás por eso resulta tan incómoda— obliga a lo contrario: a admitir que el adversario tiene sus razones y que mañana puede gobernar. Nadie hará ese esfuerzo en esta campaña. Para qué, si del otro lado no hay nadie a quien convencer. Lo peor de un muro, cuando lleva unos años en pie, es que ya no necesita vigilancia: cada uno se queda en su lado por voluntad propia, y hasta le coge cariño.

Hubo un tiempo en que convencer al de enfrente era precisamente el trabajo de quien gobernaba. Este viernes se entrega en Oviedo, entre otros, el premio Princesa de Asturias de la Concordia; el mismo que hace treinta años recibió Adolfo Suárez, que pactó con quien tenía enfrente y lo pagó con los suyos. Es lo que suele costar esa palabra cuando se usa en serio. Lo recuerdo como prueba inequívoca de que, si fue posible entonces, también puede serlo ahora.

Tristemente, hay obras que sobreviven a quien las encarga. Y me temo que este muro es una de ellas.

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