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Si no es indiscreción

El PP no es el PSOE de Felipe González

Quieren que el Partido Popular funcione como el espejo traslúcido de un PSOE que ya se extinguió.

Los expresidentes del Gobierno Mariano Rajoy y Felipe González durante una charla en el Foro La Toja

Los expresidentes del Gobierno Mariano Rajoy y Felipe González durante una charla en el Foro La TojaElena Fernández / Europa Press

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El Partido Popular ha caído en la trampa. Estaba todo medido con la paciencia quirúrgica de quien sabe esperar a que el adversario cumpla dócilmente con su guion. Uno albergaba sospechas, pero prefería pensar que la política nacional no descendía tanto al cieno de la ingeniería maquiavélica. No se trataba meramente de encarrilar una candidatura en el Senado —eso era atrezzo, un señuelo menor—, sino de lograr el verdadero trofeo: arrastrar al Partido Popular a una plancha conjunta con Vox en el Senado.

El primer movimiento de la izquierda no fue un cálculo táctico complejo, sino una provocación retórica. Un anzuelo bien ciscado para que Feijóo y Abascal picaran y, de este modo, redondear el gran relato: la asimilación simétrica de las derechas. Ahí tienen ya a los habituales extractores mediáticos demonizando el paso. Los mismos que guardan un silencio sepulcral ante los alquimistas del PSOE y sus socios en la Cámara Alta se rasgan ahora las vestiduras con el abrazo.

Es cierto que las costuras entre el socialismo democrático de antaño y el sanchismo contemporáneo se han vuelto invisibles, pero el Partido Popular no es la reencarnación de Felipe González. Si a Pedro Sánchez se le interpelaba en su día sobre el papel de José Luis Rodríguez Zapatero en sus filas, a Feijóo habría que exigirle explicaciones sobre si planea invitar a González a sus mítines. El vicio capital de este país —el que se respira entre el aroma a café recalentado de las tertulias y la venerable solera del Café Gijón— consiste en pretender que el PP ocupe por decreto el solar que dejó vacante el viejo PSOE.

Los comentaristas de salón se indignan ante cualquier entendimiento con Vox porque, en el fondo de su psique, operan bajo el dogma de que el PP es una suerte de socialdemocracia en excedencia, y que pactar con la derecha pura es una apostasía. Pero el PP es un partido conservador —o al menos debería serlo—. De hecho, no hay más que recordar que una parte noble de la dirigencia de Vox, desde Santiago Abascal hasta Ignacio Gil Lázaro, procede orgánicamente de la vieja guardia popular. Pretender que al PP le asisten esencias socialistas es un ejercicio de amnesia histórica tan grosero como exigirle al PSOE que asuma postulados liberales-conservadores.

Aquí radica, a mi juicio, el gran equívoco de la derecha contemporánea: haber acogido bajo su paraguas intelectual a figuras de la talla cívica de Fernando Savater, Nicolás Redondo Terreros o Andrés Trapiello. Son referentes a los que admiro, pero arrastran un defecto de fábrica insalvable. Quieren que el Partido Popular funcione como el espejo traslúcido de un PSOE que ya se extinguió. Son progresistas desafectos que no han renegado de su matriz ideológica; simplemente aspiran a moldear a un partido conservador a imagen y semejanza de unas siglas añoradas.

Me recuerda trágicamente al viudo inconsolable que, incapaz de aceptar la pérdida, busca obstinadamente en cada cita a una mujer que replique los gestos y la mirada de su esposa ausente. Aquella mujer de rojo ya no va a volver. Es un duelo duro de transitar, pero hasta que no asuman que el PP jamás será ese “PSOE azul” con el que sueñan, la derecha nunca se podrá desmelenar.

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