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Dicho sea de paso

Fernando Riera

Sin que nadie lo llamara

La parábola, por cierto, no acaba en el sacerdote y el levita. Acaba con un samaritano que se baja de su cabalgadura, venda las heridas a un herido, lo lleva a una posada y paga por adelantado su estancia. Lo primero ya lo hicieron dos generaciones con una escoba. Lo de la posada les toca a otros.

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En enero de 2010 laSexta estrenó Generación ni-ni, un reality en el que unos chavales que ni estudiaban ni trabajaban eran sometidos a una especie de reeducación ante las cámaras. A los mileniales nos colgaron ese sanbenito y lo llevamos puesto media crisis. Unos años después le tocó a la generación Z, que recibió el suyo: generación de cristal. Pareció ley de vida. Hasta que llegó el barro.

Hace dos años, cuando el agua se retiró de l’Horta Sud y dejó aquel caos tras de sí, miles de jóvenes de una y otra generación se plantaron allí sin que nadie los hubiera convocado. Cruzaban la pasarela del Turia en procesión, con una escoba al hombro, una sonrisa en la cara y el corazón puesto al lado de quien los necesitaba. Ellos no esperaron a que nadie les pidiera ayuda, simplemente acudieron. Y lo hicieron un día tras otro. Nadie les pagaba ni les ponía nota, y aun así volvían. No se movían por dinero, reconocimiento, ni un puñado de likes, sino por conciencia y deber.

Bernanos dejó escrito que es la fiebre de los jóvenes la que mantiene al resto del mundo a una temperatura normal y que, cuando esa fiebre baja, a los demás les castañetean los dientes. Durante años nos tomaron la temperatura con el termómetro equivocado. Contaban horas de pantalla y seguidores, y no medían lo único que importaba: qué haríamos el día en que alguien nos necesitase de verdad. Ese día llegó y la fiebre seguía ahí.

Lo incómodo viene ahora, cuando se cumplen dos años de todo aquello. Porque unos y otros hicieron su parte y el país, me temo, sigue sin hacer la suya. La princesa de Asturias lo planteó el pasado viernes con más claridad que muchos programas electorales: ¿cómo se mantiene el entusiasmo cuando planear una vida —un trabajo, una casa— parece cosa de otra época? Los que vaciaron garajes ajenos no pueden alquilar un piso. Muchos salieron a limpiar el bajo de un desconocido desde la habitación de su infancia, que es donde siguen. Un Gobierno que lleva ocho años pontificando sobre la solución de la vivienda tendría que explicar por qué, después de tanto anuncio, sus destinatarios siguen viviendo con sus padres. Y lo digo yo, que conseguí salir de casa el año pasado a los treinta y tres.

El país, mientras tanto, ha hecho como el sacerdote y el levita de la parábola: aplaudir al voluntario en el telediario y pedirle paciencia al día siguiente. Que espere al contrato, que espere a la casa, que los hijos ya vendrán. Les exige el heroísmo de una semana y les regatea la normalidad de una vida. Luego habla de desencanto como si fuera una enfermedad suya y no una factura propia.

La parábola, por cierto, no acaba en el sacerdote y el levita. Acaba con un samaritano que se baja de su cabalgadura, venda las heridas a un herido, lo lleva a una posada y paga por adelantado su estancia. Lo primero ya lo hicieron dos generaciones con una escoba. Lo de la posada les toca a otros.

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