Dicho sea de paso
Tanta paz lleve como descanso deja
Al despedirse dijo que un ministro de Transportes de un país como España no podía seguir en su cargo después de dos accidentes en menos de un año. Tiene toda la razón. También la tenía el miércoles, cuando los dos accidentes ya habían ocurrido y él se dedicaba a desmontar esa misma frase cada vez que le ponían un micro delante.

Óscar Puente ya no es ministro de Transportes
Al controlador de Atocha le dieron unos segundos para decidir y unas horas para convertirse en culpable. Al ministro le dieron seis días, y los aprovechó mucho mejor. Tuvo tiempo de declararse devastado, señalar a un subordinado, fabricarse una teoría que le absolvía y, anoche, de confesar que todo había sido teatro. Puro teatro.
Tenía esta columna casi terminada cuando lo anunció. No me ha obligado a rehacerla la dimisión, que medio país esperaba, sino la confesión: contó al marcharse que tenía la decisión tomada desde el primer día. Porque si Puente sabía desde el miércoles que se iba, todo lo que dijo después fue mentira. Y no una mentira piadosa, de las que se cuentan para ahorrarle un disgusto a otro. Fue de las que se cuentan para ahorrárselo uno mismo.
El repertorio fue completo. El miércoles juró que en ese momento no estaba pensando en dimitir; en algo pensaría, por lo visto. Se declaró «absolutamente devastado» y se supo conocedor del calvario al que —supuestamente— se le iba a someter, con sesenta y nueve muertos sobre la mesa y él en el centro de la foto. El viernes se preguntó sobre el nivel de confort que podía proporcionar su dimisión a una víctima, como quien habla de clientes insatisfechos. Su manera de asumir responsabilidades, explicó, era dar la cara; y la dio tanto que no se le cayó de vergüenza ni una sola vez. Ayer por la mañana, con la despedida ya decidida, explicaba a los periodistas que un ministro solo debe irse si hay una acción, una omisión o una mala respuesta, y que en su caso no se daba ninguna. Mentía, y lo sabía.
Al despedirse dijo que un ministro de Transportes de un país como España no podía seguir en su cargo después de dos accidentes en menos de un año. Tiene toda la razón. También la tenía el miércoles, cuando los dos accidentes ya habían ocurrido y él se dedicaba a desmontar esa misma frase cada vez que le ponían un micro delante. Pocas veces se ha visto a un hombre irse con el argumento que llevaba una semana rebatiendo. Su dimisión no llega tarde por falta de razones. Llega tarde porque las razones le estorbaban.
Mientras él ensayaba la salida, el controlador cargaba con la culpa. Ayer, antes de irse, Puente anunció más plantilla, mejores condiciones y un segundo controlador que valide cada orden cuando falle el sistema. Traducido: el puesto en el que dejó solo a aquel hombre, con ocho trenes detenidos y nadie que revisara sus órdenes, necesitaba arreglo. Le ha dado la razón sin pedirle perdón, que es la manera más cutre de reconocer un error. Delibes lo contó en Los santos inocentes: en el cortijo, las piernas rotas las ponen siempre los de abajo, y el señorito se toma el tiempo que haga falta.
El final, eso sí, tuvo algo de justicia. Compareció sin un solo ministro a su lado, mientras se deshacía en elogios a Sánchez, el mismo que —según contó él el viernes— le había pedido que se quedara. El hombre que se dejaba querer como heredero se marcha sin herencia: ni ministerio ni lista el 29N. Seis días defendiendo un sillón para acabar levantándose de él.