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Compromís critica la gestión de limpieza de Barcala: ¿de quién es la culpa de que las ciudades estén sucias?

Los informes de satisfacción urbana demuestran que las ciudades más limpias de España no son necesariamente las que más millones de euros gastan por habitante, sino aquellas donde existe un pacto no escrito entre una administración exigente y una ciudadanía altamente cívica.

Limpieza en una calle.

Limpieza en una calle.

Jorge Brugos Martínez
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La suciedad urbana se ha consolidado como un problema generalizado en buena parte de nuestras grandes capitales, desde Barcelona y Madrid hasta Valencia. Resulta sintomático comprobar cómo la ciudadanía raramente otorga un aprobado holgado a las políticas de limpieza de sus municipios. Las protestas ciudadanas abarcan un amplio catálogo de deficiencias, desde las carencias en el barrido básico hasta problemas específicos como los excrementos caninos, los estragos del botellón, la proliferación de grafitis, la saturación de los contenedores o el abandono descontrolado de enseres fuera de horario.

Ante este escenario, la pregunta que se repite en la calle es ineludible: ¿esta falta de higiene urbana responde al incivismo de la ciudadanía o a las deficiencias de la gestión municipal?

El incivismo que ensucia

Como destacan los expertos, existen determinados hábitos cotidianos que agravan de manera crítica la salubridad y la imagen de las ciudades. Entre ellos figuran el depósito incorrecto de basuras, el abandono de escombros sin previo aviso, la negligencia en la retirada de heces y orines de mascotas, o el vandalismo ligado al ocio nocturno y los grafitis. Es evidente que los ciudadanos intervienen de forma directa en el deterioro estético y sanitario de su entorno.

En este punto cobra especial relevancia la denominada teoría de las ventanas rotas aplicada a la gestión de residuos: el incumplimiento puntual de las normas —como ver una bolsa fuera de horario o un contenedor desbordado— actúa como un elemento dinamitador que invita al siguiente vecino a dejar su residuo en el suelo, desatando una reacción en cadena que ensucia la vía pública.

Factores municipales

Frente a la responsabilidad individual, entran en juego los factores estructurales de la administración: la frecuencia de los baldeos, la dotación de los servicios de recogida, el dimensionamiento de las flotas y la optimización en el reparto de las rutas de los equipos de limpieza. Cuando estos resortes fallan, el espacio público se vuelve vulnerable.

¿De quién es la culpa de que la ciudad esté sucia?

Calibrar si la culpa recae en mayor medida sobre el ciudadano o sobre el ayuntamiento equivale a buscar un único culpable para un problema de naturaleza sistémica. Los informes de satisfacción urbana demuestran que las ciudades más limpias de España no son necesariamente las que más millones de euros gastan por habitante, sino aquellas donde existe un pacto no escrito entre una administración exigente y una ciudadanía altamente cívica. Queda así de manifiesto el profundo calado de la responsabilidad compartida, donde el esfuerzo público y el civismo privado están abocados a entenderse.

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