El PSOE se indigna con los desprecios de Ana Vázquez a Armengol en su visita a Alicante, pero calla con los de Óscar Puente
La diputada Ana Vázquez fue captada insultando a la presidenta del Congreso, Francina Armengol

La diputada del PP, Ana Vázquez, tras ser expulsada por llevar un bote de gas pimienta durante una sesión en el Congreso
La visita de la diputada del Partido Popular Ana Vázquez a Alicante, donde este fin de semana ha recorrido diversos barrios acompañada por la plana mayor del gobierno municipal, ha derivado en un nuevo cruce de acusaciones sobre los límites de la educación institucional y la decencia parlamentaria. Lo que pretendía ser una jornada de cercanía política quedó eclipsado cuando trascendió que la dirigente popular, al relatar un episodio relacionado con el uso de espray de pimienta, se refirió en términos despectivos a la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol.
El eco del término pronunciado en privado —pero captado en el transcurso de sus intervenciones— no tardó en desatar la reacción airada de los socialistas valencianos. Entre las voces más críticas destacó la de la exdelegada del Gobierno en la Comunidad Valenciana, Pilar Bernabé, quien censuró con dureza a través de las redes sociales una actitud que tachó de impropia de un cargo público y exigió responsabilidades políticas inmediatas.
El factor Óscar Puente y la "doble vara de medir"
Desde las filas del Partido Popular, sin embargo, no tardaron en poner el foco en lo que califican como una evidente hipocresía por parte de la bancada socialista. Fuentes del centroderecha recuerdan el persistente silencio institucional que, a su juicio, ha mantenido históricamente el PSOE frente a los exabruptos, descalificaciones y ataques verbales proferidos de manera sistemática por el actual exministro de Transportes, Óscar Puente, contra líderes de la oposición y cargos públicos de otros partidos.
Para los populares, la indignación socialista responde a una estrategia de asedio selectivo, contraponiendo un desliz verbal aislado con el historial de una dialéctica gubernamental que, denuncian, ha normalizado la descalificación personal desde las más altas tribunas del Estado. El rifirrafe en Alicante vuelve a poner de manifiesto, una vez más, hasta qué punto el debate político nacional se encuentra instalado en una permanente trinchera donde el insulto del adversario se condena o se justifica únicamente en función de las siglas a las que pertenezca.