Orihuela
El Santo Tomás de Ferrández y otros ‘secuestros’ del patrimonio artístico oriolano
José Ferrández Ortuño nació en Orihuela en 1933. Inició su andadura académica en el Oratorio Festivo de San Miguel donde sus precoces capacidades intelectuales no pasaron desapercibidas, permitiéndole obtener una beca para cursar el Bachillerato en el Colegio de Santo Domingo. Pronto destacó en la plástica y comenzó a ilustrar las revistas del colegio de los jesuitas.
Pepe Ferrández y Juan José Sánchez
Hasta el 1 de diciembre próximo permanecerá abierta en el Museo de la Reconquista de Orihuela una exposición antológica dedicada a José Ferrández Ortuño (1933–2006). Pintor, dibujante y diseñador oriolano formado en el emblemático Colegio de Santo Domingo y consagrado en Madrid tras obtener el Primer Premio Nacional de Pintura del Círculo de Bellas Artes de Atocha en 1957, Ferrández Ortuño desarrolló una carrera polifacética que abarcó la pintura de raíz mediterránea, el diseño gráfico —con destacadas colaboraciones en prensa durante los años 60 y 70—, el dibujo de precisión y el escaparatismo comercial.
La muestra reúne una cuidada selección de óleos y témperas procedentes de colecciones públicas y privadas —incluyendo importantes fondos de temática religiosa como los conservados en la sacristía de la iglesia de Monserrate—, poniendo de relieve un legado que hoy continúa vivo y en plena vigencia a través de la obra de su hijo Roberto Ferrández Gil, Licenciado en Bellas Artes, profesor y pintor.
Un nutrido grupo de personas de la vida social y cultural oriolana se dio cita en la sala de exposiciones del Museo de la Reconquista para contemplar esta retrospectiva de quien dejó, como una de sus más importantes obras, la reproducción de La Tentación de Santo Tomás, que se conserva actualmente en el Museo Diocesano de Arte Sacro. Pepe Ferrández trabajó durante varios meses en la sala capitular de la Catedral, donde permanecía entonces el famoso cuadro de Velázquez.
La copia fue adquirida por la antigua Caja de Ahorros de Nuestra Señora de Monserrate y colocada en el antiguo Sanatorio Quirúrgico situado junto al Palmeral oriolano. Desaparecido este centro sanitario, la reproducción fue colocada en las dependencias de la Obra Social y Cultural de la CAM hasta que –como consecuencia de la desaparición de esta entidad- terminó en el Banco Sabadell, como anteriormente había ocurrido con los cuadros del pintor Joaquín Agrasot, adquiridos en su día por la benéfica entidad local en la que los oriolanos tenían depositados sus ahorros. Ignoro ahora el lugar exacto del secuestro del cuadro de Ferrández –un pajarito me dice que viajó hasta Cataluña- pero es bien cierto que no hace mucho me llevé la desagradable sorpresa de ver un par de lienzos de Agrasot oriolanos colgados en el MUBAG (Palacio alicantino de Gravina), con la indicación de que el banco catalán los tenía allí en depósito.
Habrá que recordar, además, que la Fundación Mediterráneo se llevó también, entre otras cosas, el archivo fotográfico del mítico Juanito Fenoll (medio siglo de historia fotográfica de Orihuela) que estaba en el edificio de la Plaza de Europa y contaba con un proyecto de digitalización y catalogación bien elaborado. No entiendo como algunos munícipes reclaman cada vez que se les ocurre algo que está tan lejos e inalcanzable como el Llibre dels Repartiments y no hacen nada por recuperar estas y otras cosas del patrimonio artístico oriolano extraterrado, tal es el caso por ejemplo de las antiguas puertas de la iglesia de las Santas Justa y Rufina, igualmente olvidadas y cogiendo polvo en el salón Felipe II del castillo de Santa Bárbara de Alicante, desde que el cura y su junta parroquial decidieron venderlas en 1969 a un anticuario y terminaran en manos de la Diputación.
Ferrández Ortuño
José Ferrández Ortuño nació en Orihuela en 1933. Inició su andadura académica en el Oratorio Festivo de San Miguel donde sus precoces capacidades intelectuales no pasaron desapercibidas, permitiéndole obtener una beca para cursar el Bachillerato en el Colegio de Santo Domingo. Pronto destacó en la plástica y comenzó a ilustrar las revistas del colegio de los jesuitas.
Tras completar su etapa escolar, se trasladó a Madrid con la intención de estudiar Medicina. Sin embargo, su verdadera vocación artística se impuso pronto y abandonó la Facultad para ingresar en la academia de Bellas Artes. Su talento fue rápidamente reconocido: en 1957 fue galardonado con el Primer Premio Nacional de Pintura del Círculo de Bellas Artes de Atocha, lo que lo convirtió en una promesa del arte español de la época.
Pero fue un artista polifacético. Su obra y legado no se limitaron a un solo campo, sino que se dividen en tres disciplinas: Pintura (donde demostró su dominio del color y la composición, manteniendo siempre un vínculo emocional con la luz del Mediterráneo y su Orihuela natal). Diseño Gráfico (aplicó su visión artística al mundo de la comunicación visual, destacando por su capacidad de síntesis y modernidad, colaborando en prensa entre otros en los años 60 y 70). Dibujo (disciplina en la que su precisión técnica y su capacidad expresiva quedaron patentes en numerosas ilustraciones y bocetos. Y Escaparatismo (Diseño de escaparates y stands y decolraciones por toda la geografía española).
Sus obras, realizadas frecuentemente con témpera sobre papel y óleo sobre lienzo -en las que demostró un dominio magistral del color, la síntesis visual y la luz mediterránea- se encuentran diseminada por Orihuela, Alicante y Murcia. Ferrández Ortuño está presente en colecciones públicas, privadas e instituciones religiosas como la importante colección de óleos en la sacristía de la iglesia de Monserrate. Y su legado artístico continúa vivo gracias a la labor de su hijo, Roberto Ferrández Gil, cuya brillante obra ya ha sido reconocida con el primer premio nacional de pintura ‘Puy du Fou’, instituido por el parque temático toledano centrado en la Historia de España. Ferrández Gil es un pintor y dibujante que utiliza una técnica realista que capta la esencia del storytelling visual, donde cada detalle captura una narrativa silenciosa y observadora. Sus cuadros transmiten un sentido de belleza inacabada, invitando al espectador a perderse en la historia matemáticamente etérea de sus pinceladas.