Si no es indiscreción

¿Cómo ha llegado Diana Morant a ministra?

Tenemos a una ministra como Diana Morant sencillamente porque el ambiente está desquiciado y la excelencia se ha convertido en una pieza de caza mayor.

La ministra de Ciencia y secretaria general del PSPV, Diana MorantPSPV

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Hay estampas que se quedan a vivir en la retina del cronista no por su trascendencia histórica, sino por el puro relieve cómico del desconcierto. Se recordará aquel número de circo parlamentario en el que Patxi López, envuelto en una catarsis tan romántica como inoportuna, decidió invocar a Begoña Gómez desde la tribuna del Congreso con un fervoroso «yo con Begoña». Menuda cara se le quedó a Pedro Sánchez.  "Las caras, Juan, las caras", volvió a repetirse hace unos días en Valencia, durante un mitin de campaña en el que su telonera oficial, Diana Morant, decidió emular al portavoz socialista con un ardor casi literal: «Yo con Óscar Puente». El presidente del Gobierno debió de sentir un escalofrío muy similar al de aquel día en el hemiciclo. 

Si Patxi López mantuvo un atisbo de contención, lo de la lideresa del PSPV desafió los umbrales de la mesura. Estaba fuera de sí, entregada a una escenografía de mitin hiperventilado que bordeaba el exorcismo. Lo peor de todo no es el esperpento, sino la desconcertante normalidad con la que nos hemos habituado a estos capítulos de tragicomedia nacional protagonizados por la señora Morant. Decía Rafa Latorre con su habitual agudeza que Óscar Puente jamás debió pisar un Consejo de Ministros. A este paso, uno mira el banco azul y solo rescataría del naufragio a Carlos Cuerpo, preguntándose por qué misterios insondables de la mediocridad orgánica no le ponen a él de candidato.

Cuando los corrillos giran en torno a episodios tan negros como aquel accidente ferroviario de Toledo, uno asiste al desfile de excusas con una mezcla de hartazgo y fatiga crónica. La culpa suprema recae sobre el ministro responsable, por supuesto, pero también sobre la caterva de incompetentes que despacharon la tragedia con eufemismos tan lacerantes como el de «avanzar con marcha normal». Poco se habla de ese personaje. En cualquier democracia que se respete a sí misma, la desfachatez administrativa tendría consecuencias penales. Pero aquí nos movemos en los dominios de la barra de bar.

El nivel de nuestros gobernantes es bajísimo, es cierto; lo alarmante es que el de la sociedad no le va a la zaga. Nos rasgamos las vestiduras ante las formas macarras y tabernarias del exministro de Transportes, pero se nos olvida que España lleva tiempo mutando en una sombra desvaída de lo que fue. Hemos cambiado la elegancia por la brocha gorda, la finura por el chabacano costumbrismo y la oratoria por el tono de matón de patio de colegio. Echamos de menos a los políticos de la Transición, olvidando que aquella generación de estadistas ya es fósil porque el sustrato cívico que los hizo posibles ha caducado.

Tenemos a una ministra como Diana Morant sencillamente porque el ambiente está desquiciado y la excelencia se ha convertido en una pieza de caza mayor. Nos hemos habituado a que el mérito cotice a la baja y a que la pereza intelectual aspire a los ministerios. Y es que el problema de este país no es solo que la política se haya vulgarizado, sino que hemos renunciado colectivamente al esfuerzo, consagrando la era del triunfo de la nadería. Al final, los políticos que sufrimos no son un accidente meteorológico; son el espejo exacto y sin filtros de lo que hemos tolerado ser.