opinión
Listas en la derecha
En unas generales como las del próximo 29N se vota para echar a alguien, o por unas siglas y contra otras, o por un presidenciable, léase Sánchez o Feijóo, y no hay más.

(Foto de ARCHIVO) Gerardo Camps
La incertidumbre que, según los gurús de ese ámbito ideológico, envuelve al Partido Popular interesa y desvela, principalmente, a la minoría informada de este país: los propios y muy interesados miembros de la clase política y esa parte de la grey periodística que se dedica a diario a leer en los posos del café. Poco más. Los nombres que encabezan las listas de las elecciones en ciernes, en cualquiera de los partidos importantes, no son materia de chat digital, ni de cháchara de café, ni de barra de bar. No están en la conversación y, permítanme el exabrupto, al público en general le importan una higa. En unas generales como las del próximo 29N se vota para echar a alguien, o por unas siglas y contra otras, o por un presidenciable, léase Sánchez o Feijóo, y no hay más. A la mayoría le es indiferente quién encabeza la lista de su demarcación. Sin embargo, esas identidades importan, más de lo que pensamos, porque la trayectoria de los señalados para encabezar e incluso para ocupar las listas, sus lastres políticos o sus valores profesionales, su actividad parlamentaria y el ejemplo de su gestión dicen bastante de cómo seremos administrados y de cómo nos contempla el partido en cuestión a los ciudadanos. Al lío, pues.
El akelarre del Partido Popular en el Palau de les Arts, espacio que lo mismo sirve para un funeral de Estado que para un mitin, y la presencia de Alberto Núñez Feijóo sobre el escenario marcan un antes y un después en el devenir inmediato del PP en la Comunitat Valenciana y en España. En las próximas horas, a más tardar, se conocerá el nombre de quien encabezará la lista por Valencia, que, al parecer, era el gran arcano del momento. Mi director, Errazu, ha lanzado la apuesta periodística, y criterio no le falta: será Gerardo Camps quien encabece la candidatura popular por la provincia más poblada de nuestra autonomía. 'El otro' Camps, a decir del alicantino, reúne veteranía, cercanía al aparato, discreción, actividad suficiente y disciplina y, lo que es más importante, es quien genera menos discrepancias internas. Por eso, seguramente y con riesgo de error, será el elegido. Virtudes nada desdeñables en una casa donde el mérito más apreciado es no hacer ruido.
La unción de Gerardo Camps, de producirse, es un claro síntoma del estado de salud del PPCV y responde al diagnóstico principal: se trata de una formación internamente dividida, con múltiples sensibilidades y banderías. Cada uno de los señores de la guerra arrastra un grupo de fieles y, a través de ellos, pretende posicionarse lo mejor posible para influir en la política interna o incluso en la externa. Cualquier decisión que hubiera tomado Génova antes de este mitin preelectoral y que alterase los equilibrios internos existentes podría haber suscitado, no diré un plante, pero sí alguna decepción. Feijóo no puede arriesgarse a ello, no puede cometer errores, y la formación que lidera Pérez Llorca no está para pifias no forzadas ni para someterse a un estrés nominativo. De ahí que se espere a las próximas horas. La posible elección de Camps se lleva por delante las expectativas que se habían levantado en torno a Susana Camarero.
A Camarero, a quien le sobra perfil político y de gestión, le ha tocado comerse los principales marrones de la legislatura, hablando mal y pronto, y parecía estar a la espera de un destino madrileño, pero parece que no se materializará ahora. La vicepresidenta tiene pocos detractores, y los que tiene lo son más por su carácter exigente que por su gestión, y sería una buena oponente, mujer también, para su némesis socialista, Pilar Bernabé. Pero, como digo, igual tiene que esperar: Llorca no puede abrir una crisis en el Consell por su condición interina, no puede mover a la responsable de Vivienda cuando la vivienda es el asunto central de la campaña, no veo a José Antonio Rovira, por diversas razones, como vicepresidente para sustituirla y no puede, en definitiva, introducir más nervios en una organización nerviosa de por sí. Susana Camarero puede esperar al final de la legislatura o aguardar a que Feijóo, si logra formar Gobierno, la reclame para algún ministerio, porque le van a hacer falta gestores así. Paciencia, que en política es también una forma de ascenso.
Los valencianos en el Congreso y en el Senado han sido y suelen ser más bien un ejército mudo, salvo excepciones como el mismo Gerardo Camps, el voxista Carlos Flores o el diputado de Sumar Alberto Ibáñez. Ahora se habla de ellos porque llega el cautivador momento de la confección de las listas electorales. Así, el PSOE ha sustituido a absolutamente todos los miembros de su candidatura: no ha quedado ni uno. En el caso de Vox, la cosa es, si cabe, menos emocionante. El partido de Abascal peca de imprevisible y ha sido, tras el PSOE, el más madrugador en confeccionarlas y divulgarlas. Me llama la atención cómo han quedado los tres primeros puestos de la lista por Valencia del partido de la calle Bambú y, sobre todo, que Ignacio Gil Lázaro haya sorpassado a Flores Juberías en la cabeza de cartel. Gil Lázaro llevaba años resentido por la afrenta de que Flores fuera cabeza de cartel, haciendo ostentación de su antigüedad y reclamando justicia, mientras Flores permanecía sentado, cumpliendo con creces su función de procurador. Ahora, en Vox no hay duda de que sacarán tres diputados por Valencia (hoy son dos) y, aunque Flores sea víctima de la exigencia de una lista 'cremallera', también es cierto que, si salen solo dos, es muy probable que la candidata autonómica Ana Bellver dimita para garantizar que Flores tenga escaño. Así se entiende la lealtad en la calle Bambú. En escaños ajenos.