Si no hay agua, tiramos de cerveza
El día del apagón fue otro episodio mítico de esta nueva era del siglo XXI que tantos sobresaltos nos está trayendo

Semáforo fuera de servicio por el apagón generalizado en España
Lo más revelador de que se apagara España por completo la semana pasada es que nos hemos dado cuenta de que no servimos para nada sin la electricidad ni la tecnología.
Como consecuencia de nuestro despertar colectivo a esta realidad aplastante, están triunfando los cursos de supervivencia, para enseñarle a la gente qué hacer en caso de extrema necesidad en un entorno hostil, sin energía eléctrica ni el resto de las comodidades que nos han hecho tan frágiles. Nos partíamos la caja con lo del kit de supervivencia que recomendaban desde Europa, pero hemos visto que en realidad no era un consejo tan banal, aunque si vinieran Putin o Trump con la rebaja de poco nos iba a servir el Camping-gas.
En la mayoría de los hogares el día del apagón no se podía ni cocinar, ni había pilas, ni velas, ni agua, ni nada por el estilo. Tirados como una colilla, así nos quedamos. Yo, por suerte, hace un par de meses compré una garrafa de ocho litros de agua, no me pregunten por qué, pues suelo usarla filtrada en este Alicante en que la del grifo sabe a rayos. Me habría durado como mucho una semana.
Estaba en una videollamada con un compañero abogado cuando se fue la luz. Nos quedamos con la palabra en la boca. Tras unos primeros momentos de desconcierto -puesto que imaginé inmediatamente que los rusos nos estaban invadiendo, que mis hijos serían llamados a filas y que iban a durar menos en el frente que un bocata la puerta de un colegio-, me serené y me puse a archivar expedientes, a la espera de que volviera a encenderse todo. Ya saben lo mala que es la cabeza en determinadas situaciones. Como la luz no vino, a la hora y media me fui a buscar a mi madre, con la que por algún milagro había conseguido hablar un momento, y que a sus ochenta años subió como una jabata ocho pisos para llegar a su hogar.
Muchos mayores sacaron fuerzas de flaqueza para regresar a sus casas, y miles de personas tuvieron que andar durante kilómetros aquel día, especialmente en las grandes ciudades, como Madrid. ¿Entrenando para el Camino? No, volviendo del trabajo con el apagón.
Encontré por casa una radio antigua, de ésas a las que los abuelos llamaban transistor, medio sulfatada por unas pilas incrustadas en ella, que con santa paciencia y un algodón impregnado en alcohol pude limpiar y que, gracias a unas pilas que me traje del despacho, logré que funcionara. Fue para poco rato, porque en seguida -ojo, que llevábamos ya más de seis horas sin luz- pude poner la tele. Me hizo feliz saber que podía conectarme a la radio. Siempre he sido oyente, desde que me despertaba mientras estudiaba la carrera Iñaki Gabilondo, y con el apagón hemos podido comprobar todos, una vez más, la grandísima utilidad de este medio de comunicación como servicio público, que es lo único que sigue en pie cuando todo lo demás falla. ¡Viva la radio!
Dicen que estuvimos a un par de días del caos más absoluto, y que el civismo de la gente se habría acabado en menos que canta un gallo, si no hubiera regresado la luz al cabo de unas horas. Agradezco no haber tenido que comprobarlo, aunque ese día parecimos un país subdesarrollado.
Yo, por mi parte, vi mucha gente en la playa del Postiguet, bañándose como Nerón cuando dicen que tocaba la lira en el gran incendio de Roma. Y, como se agotó el agua de inmediato en los supermercados, que estaban llenos a reventar, una mujer dijo con humor una frase que resume a la perfección el carácter español: “y, si no hay agua, tiramos de cerveza”. Sí señora. Y añadiría yo que nada de latas de conservas… voto por el queso curado y el lomo embuchado.
El día del apagón fue otro episodio mítico de esta nueva era del siglo XXI que tantos sobresaltos nos está trayendo, como la pandemia de Covid-19, Filomena y riadas varias. Todo parecía irreal, incluidas las inverosímiles explicaciones del Gobierno, que aún seguimos esperando. Señor, lo que les cuesta decir las cosas como son, al pan, pan y al vino, vino. “Nos hemos pasado de frenada con las renovables, porque vamos de ecologistas por la vida y no hemos sabido pivotar”, por decir algo. O bien, “nuestro sistema tiene fallos y ojo que esto se puede repetir”. Pero digan algo comprensible, por favor, ¡que nos han tenido a todo el país un día entero sin luz, con todo lo que esto supone!
Lo bonito del apagón es que había mucha gente en los parques, niños jugando, personal saliendo a la calle porque no podía trabajar, y conductores cívicos, cediendo el paso a los del sentido contrario, respetando el tiempo de duración de los semáforos, totalmente muertos como casi todo lo demás. Por algún extraño motivo que no acierto a comprender, mi WhatsApp no funcionaba, salvo para recibir noticias del grupo de mis compañeros latinoamericanos del Magister Lvcentinvs, y por momentos breves pude conectar con los míos. Todos bien. Aleluya.
Lo peor de esta era es la inquietud que nos genera no estar todo el santo día en contacto los unos con los otros, subiendo fotos y vídeos a los estados de nuestras redes sociales, mandando mensajes, recibiendo llamadas y dándole al me gusta a las fotos y vídeos de los demás. Nos han inoculado el veneno de la híper comunicación y ahora a ver quién se libra de ello. En los buenos tiempos, o sea, antes de los móviles, nos íbamos de viaje de estudios a Europa y llamábamos dos veces a nuestra casa en un mes. Nos íbamos de juerga y nuestros padres no sabían nunca dónde andábamos ni con quién. Salíamos a dar una vuelta a ver si veíamos a algún amigo por la calle. Bendito sea, qué bellos recuerdos, qué tiempos tan maravillosos vivimos y no éramos conscientes de ello.