Roig Arena. En otras palabras
La espectacularidad formal y material del edificio no opaca su honestidad proyectual y urbanística

El estadio Roig Arena de Valencia
Los organizadores de la Jornada sobre Turismo Cultural que se celebró el pasado jueves en el Consell Valencià de Cultura, convocaron a los ponentes la víspera a una cena informal en el hotel Malcom and Barret, junto al Roig Arena recién inaugurado.
Un acierto por la cuestión de fondo a la que se entregarían al día siguiente en las dos mesas redondas -entorno urbano o rural- y por la proximidad del recientísimo hito cultural y deportivo de Valencia. Por la naturalidad en aceptar de inmediato su pacífica vecindad y la simbología de su belleza. Un más que digno lugar para una digna cita.
Tras el éxito inaugural con el emblemático concierto homenaje a Nino Bravo, el impacto que el nuevo macro equipamiento urbano supone en el panorama turístico de la ciudad de Valencia es objeto de interés. Movilidad y transporte público, limpieza y recogida de residuos, control de emisiones y ruido, seguridad ciudadana y calidad ambiental en su conjunto son corolarios objeto de atención simultánea. Y es fácil detectar una generalizada satisfacción popular con el resultado y con la generosa intervención de Juan Roig, reconocido por su ejemplaridad empresarial, integrándolo de inmediato en el patrimonio identitario. Y en la imagen de la ciudad.
He leído profusamente al respecto estos días en la prensa. Estrategia, objetivos, datos y cifras que facilitan entender la envergadura de la operación y su legítima ambición urbana. Nada hace dudar sobre la repercusión en términos sociales y económicos y es garantía la reconocida solvencia de su promotor a la hora de evaluar riesgos y de comprometerse con los resultados.
No oculto que cuando en el mes de junio asistí a la excelente presentación en el Club de Encuentro del Roig Arena, que desarrolló su Director General Víctor Sendra, reclamé reivindicar la calidad del equipo Erre arquitectos, que lideran José Martí, Amparo Roig y Mangeles Ros. Y así lo hice constar entonces, sacando pecho por el honor de haberlos contado entre mis mejores estudiantes. Hoy colegas respetados y amigos queridos a partes iguales.
Cuando he sabido de la muerte, por días centenario, de Gustavo Torner he revivido la emoción por su abstracción inspiradora. Y en el detalle parcial del encofrado artesanal para la cubierta de la casa de Kerala, Magín Ruiz de Albornoz ha querido ver un Gerardo Rueda. Benditos sean sus ojos.

encofrado artesanal para la cubierta de la casa de Kerala (India)
Con estas divagaciones me han llegado viejas consignas como la de “la belleza de lo útil”. O aquello otro de “la razón constructiva”. La “belleza calva” que dijo Campo Baeza de D. Alejandro de la Sota en el mejor obituario escrito. Y hasta la oportuna atención al Ornamento y Delito de A. Loos. Monsergas de profesor viejo, tal vez desfasadas o superadas por los vertiginosos avances tecnológicos.
He mirado con esos ojos -algo cansados, lo admito- el resultado arquitectónico. He recordado algunas visitas y charlas durante la construcción. He encontrado el testimonio de alta calidad profesional y excelencia creativa en el conjunto de su trabajo. Y un delicado equilibrio entre los detalles y el todo.
No me ha extrañado. He seguido su trayectoria con piezas de la importancia de las de la Marina para EDEM, el complejo de Albalat dels Sorells y el Centro Hortensia Herrero, y tantas otras muestras de una dedicación y oficio propios de quien entiende la arquitectura como servicio.
La espectacularidad formal y material del edificio no opaca su honestidad proyectual y urbanística. Como la complejidad funcional no ha impedido su claridad espacial y organizativa. Un gran trabajo de arquitectura que se incorpora de facto al paisaje urbano, lo mejora en mi humilde opinión. Roig Arena, en otras palabras,