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Orgullo taronja en un partido de infarto decidido en la última décima: Valencia (105-107) PAO

Tarde de conjura, tarde de baloncesto grande, tarde de orgullo taronja. Lo más difícil no es perder sino saber hacerlo como lo ha hecho el Valencia.

Jaime Pradilla

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Javier de Ramón

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Había algo distinto en el ambiente del Roig Arena, algo que no se podía explicar con números ni con estadísticas, algo que se sentía en el ruido constante de la grada, en la forma en la que la gente entraba al pabellón, en ese murmullo previo que se convierte en rugido cuando los jugadores saltan a pista, porque no era un partido más, era el segundo asalto de la serie y el Valencia Basket sabía que estaba ante una de esas noches en las que no solo se juega, sino en las que se empieza a escribir quién quieres ser.

Y salió como tenía que salir, con intensidad, con ritmo, con el alma de su gente acompañando cada defensa y cada tiro, encontrando el aro desde fuera con más efectividad que en el primer partido, moviendo el balón con decisión y, sobre todo, creyendo que podía hacer daño a un Panathinaikos que llegaba con su guion habitual, defensa física, contactos constantes y la intención de llevar el partido a un terreno incómodo, pero el Valencia no se apartó, no bajó la mirada, y durante todo ese primer tramo fue capaz de sostener el pulso hasta cerrar el cuarto con esa sensación de que lo que venía iba a ser largo, muy largo.

El segundo cuarto no cambió el guion, pero sí la emoción, porque cada canasta encontraba respuesta, cada acierto generaba otro al otro lado, y en ese intercambio continuo apareció el talento, el de Montero, que en una acción de esas que se quedan en la memoria dejó clavado a su defensor, levantó a todo el pabellón y convirtió una jugada que encendió definitivamente el partido, y con esa inercia el Valencia se estiró, encontró una pequeña ventaja, empezó a creer todavía más… aunque justo ahí apareció la realidad del rival, un equipo que no se rompe, que castiga cualquier duda y que en cuestión de segundos volvió a equilibrarlo todo, dejando el partido abierto al descanso, vivo, peligroso, sin dueño.

Tras el paso por vestuarios, el partido cambió de tono sin dejar de ser el mismo, porque las acciones se hicieron más duras, los contactos más evidentes, el juego más espeso en determinados momentos, y ahí Panathinaikos se sintió cómodo, empujando el encuentro hacia ese punto en el que cada posesión cuesta más, en el que cada canasta pesa, pero el Valencia encontró respuestas desde la energía, desde el rebote, desde la juventud sin miedo de jugadores como De Larrea, desde el acierto puntual de Reuvers o el trabajo constante de los interiores, logrando incluso abrir una pequeña brecha que parecía suficiente para inclinar el partido, aunque solo era un espejismo, porque el rival volvió, volvió otra vez, como había hecho siempre, hasta cerrar el tercer cuarto por delante y recordarle al Valencia que nada iba a ser sencillo.

Y entonces llegó el último cuarto, ese tramo en el que los partidos dejan de jugarse para empezar a sentirse, y el inicio fue un golpe duro, dos triples del Panathinaikos que parecían romper la dinámica, que parecían abrir una diferencia peligrosa, pero fue justo ahí donde apareció el corazón del Valencia, no tanto el talento ni la estrategia, sino ese impulso que nace de la necesidad, del orgullo, del empuje de una grada que ya no se sentaba, que vivía cada posesión como si fuera la última, viendo cómo De Larrea sostenía al equipo, cómo Montero volvía a aparecer cuando el balón quemaba y cómo Taylor empataba un partido que parecía escurrirse, devolviendo todo al punto de partida en un final en el que nadie quería equivocarse.

El Valencia incluso llegó a ponerse por delante, sintiendo que el momento era suyo, que la remontada podía completarse, pero el baloncesto tiene esas cosas que escapan a cualquier lógica, y en una posesión imposible Osman clavó un triple en el último segundo que silenció por un instante el pabellón, antes de que la tensión volviera a estallar en una última defensa que llevó el partido a la prórroga, porque ninguno de los dos equipos estaba dispuesto a ceder.

Y en la prórroga, cinco minutos que parecieron mucho más, llegó la acumulación de todo, el cansancio, los nervios, la presión, las decisiones al límite, con errores, con aciertos puntuales, con un intercambio que mantenía el empate como si nadie quisiera dar el primer paso definitivo, hasta que el partido se condensó en una última posesión, en unos segundos finales en los que todo quedaba reducido a una decisión, a un lanzamiento, a un instante.

Y ese instante cayó del lado del Panathinaikos.

Una canasta en la última décima, un silencio difícil de describir, una sensación de haber estado ahí, tan cerca que casi se podía tocar.

Porque el Valencia perdió el partido, sí, pero compitió de igual a igual, resistió cada golpe, volvió cada vez que parecía caer y dejó claro que este equipo no está de paso en esta competición, que este equipo cree de verdad en lo que hace, y cuando un equipo cree así, incluso en una derrota como esta, lo que queda no es solo el resultado.

Es la certeza de que esto todavía no ha terminado.

Estadísticas

VALENCIA BASKET (105): Badio (15), Puerto (2), Montero (21), Sako (0), Costello (9) -quinteto inicial- Taylor (12), Pradilla (5), Thompson (3), Reuvers (9), De Larrea (18), Key (11) y Moore (0).

PANATHINAIKOS AKTOR ATHENS (107): Osman (16), Hayes-Davis (27), Grant (9), Nunn (19), Lessort (7) -quinteto inicial- Shorts (10), Rogkavopoulos (8), Toliopoulos (-), Faried (0), Grigonis (0), Hernangómez (9) y Mitoglou (2).

Parciales: (23-24 / 25–24 / 23-25 / 24-21- Prórroga 10-12)

Asistencia: 14.656 espectadores.

Máximo anotador del partido: N. Hayes-Davis (27)

Declaraciones

Ergin Ataman: “No hago rueda de prensa porque es la primera vez en mi carrera que veo diez policías alrededor de mi vestuario, porque quieren arrestar a su presidente. Nos vemos en Atenas.”

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Pedro Martínez: “Ha sido un gran partido de baloncesto por parte de los dos equipos, hay que felicitar al PAO de cómo han jugado, como han tirado, como han defendido. Ha sido un partido duro, hemos perdido, pero hemos jugado bien. Hemos mejorado con respecto al primer partido, e incluso respecto a la primera parte. Ellos han metido unos tiros increíbles, y al final una acción individual ha decidido el partido. El presidente del PAO es un impresentable, ha quedado claro que he felicitado al equipo contrario por su victoria, por su buen juego, pero lo que hace de forma reincidente su presidente no debería permitirlo la Euroliga. Ha querido condicionar el partido, ha estado en la mesa de anotadores, esto no se debería permitir. Estoy superorgulloso de mis jugadores, han sido dos partidos cara y cruz, felicitamos al rival, e iremos ir a ganar el siguiente.“