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PAI del Grao

La apuesta del Ayuntamiento de Catalá, a un año de finalizar su mandato especialmente proactivo y dinámico, se convertirá también en un termómetro para medir su compromiso territorial y su capacidad de ejecución administrativa

El PAI del Grao prevé más de tres mil viviendas, un cuarto de ellas sociales entre las de protección oficial y las construidas en suelo dotacional

El PAI del Grao prevé más de tres mil viviendas, un cuarto de ellas sociales entre las de protección oficial y las construidas en suelo dotacional

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Por sus siglas los conoceréis … No es mi intención ser irrespetuoso ni mucho menos irónico al empezar la columna con esta frase de connotaciones evangélicas, pero me viene a cuento por dos razones que trataré de explicar a continuación.

La reciente presentación del proyecto de urbanización del PAI del Grao por el Ayuntamiento de València. Cap i Casal ha vuelto a poner de actualidad la intervención en un suelo estratégico en la construcción de la Valencia actual y en la consolidación de un modelo de ciudad que tiene su origen hace más de dos décadas. Tanto se ha hablado, escrito y preproyectado al respecto, que hasta el común habla del PAI como si de un anglicismo dulce se tratara.

La comparación puede tener su ingenio pero lo cierto es que esas siglas que andan en boca de todos son el acrónimo de una compleja figura urbanística: Plan de Actuación Integrada. Plan y actuación, desafortunadamente, son conceptos que debiendo estar íntimamente relacionados en forma y tiempo, a menudo se convierten en opuestos. Bien porque el plan carezca de indicadores de predicción suficientemente sólidos, bien porque la actuación que se persigue no se compadezca con valores ambientales, sociales y económicos -la famosa triada sostenible- contrastados. O por ambas cosas a la vez. Sobre el concepto de integración poco cabe añadir. Aun tratándose de una intervención procedimentalmente aislada, la necesidad de que sus trazas, valores e índices urbanísticos establezcan las debidas condiciones de coordinación conceptual y física con el conjunto de la ciudad, incluso de su área metropolitana, no admite discusión.

Hago votos porque, aun con la prudencia temporal con la que se ha pronunciado el edil de urbanismo Juan Giner al establecer con cierto optimismo un plazo de dos años para que la “gestión indirecta” -es decir, a propuesta de los propietarios del suelo- mediante la que se desarrollará este sector marítimo, se cumpla esta vez un plazo que viene arrastrando un retraso incomprensible. Por sus frutos los conoceréis, reza la famosa frase bíblica (Mateo 7:15 -20). Así que la apuesta del Ayuntamiento de Catalá, a un año de finalizar su mandato especialmente proactivo y dinámico, se convertirá también en un termómetro para medir su compromiso territorial y su capacidad de ejecución administrativa.

Seguí este desarrollo urbanístico muy de cerca y con cierta implicación profesional que no alcanzó sus objetivos por muy diversas razones, a finales de mandato de Rita Barberá. Participé en las convocatorias de ideas relacionadas con el mismo tras haber iniciado colaborando con Jean Nouvel -ambos de manera altruista- mi implicación en el compromiso urbanístico de los poblados marítimos y la Valencia litoral. Y tuve el privilegio de dirigir el equipo que sacó adelante en tiempo y forma el Plan Especial (PE) de la Marina Real Juan Carlos I, con la dificultad añadida de hacerlo compatible con el Plan de Usos del Puerto de Valencia de acuerdo con las limitaciones o condicionamientos de la Ley Nacional de Puertos. Y el antecedente -que este plan repite- de mantener libre y sin edificar el ochenta y cinco por ciento de su superficie.

Han pasado muchos, demasiados, años desde entonces. Incluidos los ocho de Rialto (¡qué insistencia la de algunos en llamarlos de “gobierno progresista!) de mucho hablar y “de forment ni un gra”, así que no comprendo las diatribas de la oposición, con el cansino mantra del negocio y la especulación.

No hace falta incidir en el interés que supone para Valencia la expectativa de más de tres mil viviendas, un cuarto de ellas sociales entre las de protección oficial y las construidas en suelo dotacional. Ni en la articulación urbana histórica que significa la prolongación de la Alameda que saludo y el empeño en el soterramiento de las vías, sin perjuicio de la instalación compatible de pasarelas peatonales dignas. La construcción de dos grandes tanques de tormenta, infraestructura oculta y callada que en otros tiempos no despertaría mayor interés público, tras la DANA cobra especial importancia.

Estaré atento a la información pública del proyecto de urbanización que, incluida la “torre techo” (en palabras del arquitecto autor) por lo que hemos conocido, anuncia trazas de excelencia sin renunciar a un realismo administrativo y financiero siempre necesario.

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