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El raro arte de entenderse

Durante unas horas, al menos, la política dejó de ser una competición de eslóganes para parecerse vagamente a lo que debería ser: un ejercicio de inteligencia compartida

Ciprià Ciscar, José Luis Sánchez y Esteban González Pons.

Ciprià Ciscar, José Luis Sánchez y Esteban González Pons.

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En la política valenciana —y por extensión en la española— el diálogo suele invocarse con la misma convicción con la que se recitan los buenos propósitos de Año Nuevo: sabiendo de antemano que no sobrevivirán a la primera tentación de trinchera. Por eso resulta casi desconcertante que, en el encuentro organizado por el “Observatorio Socioeconómico y Político” de la Universidad Católica de Valencia el pasado vierne, dirigido por el vicario arzobispal de relaciones institucionales del arzobispado de Valencia, Rvdo. José Luis Sánchez, con el título “ Pensar en Valencia: perspectivas de futuro”, tres perfiles tan poco sospechosos de converger —Esteban González Pons, Ciprià Císcar Casaban, José Vicente Morata Estragues— decidieran hacer algo tan anacrónico como escucharse y dialogar.

No se trató, conviene aclararlo para tranquilidad de los guardianes de la ortodoxia partidista, de un arrebato de consenso blandengue ni de una súbita conversión al centrismo sentimental. Nadie abjuró de sus siglas ni pidió perdón por su pasado. Ahí estaba sentado el presidente del PSPV -Ciscar- un vicepresidente del PP Europeo -Pons- y el presidente de la cámara de comercio -Morata-. Simplemente ocurrió algo mucho más inquietante: se pusieron de acuerdo en que los problemas existen, en que son serios y, peor aún, en que no distinguen entre siglas: a todos nos afectan por igual. Lo que resolvamos ahora, o no, determinará la vida de generaciones venideras de valencianos.

Porque mientras el debate público sigue entretenido en medir agravios y afinar etiquetas, la Comunidad Valenciana encara desafíos que no caben en un tuit incendiario. El cambio climático no negocia con mayorías parlamentarias; la transición demográfica no espera a que los partidos resuelvan sus guerras internas; la revolución tecnológica y digital avanza con una indiferencia bastante humillante hacia nuestras querellas domésticas; y las infraestructuras están ahí, pendientes, echando en falta una voz potente que las exija dónde toca. Desde las portuarias hasta las hídricas, pasando por las viarias y del conocimiento.

Ahí, en ese terreno incómodo donde las consignas pierden eficacia, fue donde apareció un cierto consenso. No tanto en las soluciones —que siguen marcadas por la lógica ideológica— como en el diagnóstico: la infrafinanciación, la fragilidad del modelo productivo y la necesidad de engancharse de verdad a las dinámicas europeas no son debates opcionales, sino condiciones de supervivencia política y económica.

Lo llamativo no es que coincidieran en estos puntos. Lo verdaderamente llamativo es que lo hicieran sin necesidad de caricaturizar al contrario, sin esa pulsión tan contemporánea de convertir cualquier discrepancia en un espectáculo de demolición personal. Durante unas horas, al menos, la política dejó de ser una competición de eslóganes para parecerse vagamente a lo que debería ser: un ejercicio de inteligencia compartida.

Naturalmente, nadie debería llamarse a engaño. Este tipo de episodios tiene escasas probabilidades de convertirse actualmente en tendencia. La rentabilidad electoral del enfrentamiento sigue siendo demasiado alta como para renunciar a ella por un súbito amor al bien común que la inteligencia demanda. Pero precisamente por eso conviene prestar atención cuando ocurre lo contrario.

Porque quizá la verdadera anomalía no sea el dialogo, el acuerdo, sino nuestra sorpresa ante él. Y tal vez la Comunidad Valenciana, tantas veces utilizada como campo de batalla retórico, pueda ensayar —aunque sea de forma intermitente— algo parecido a una cultura política adulta: esa en la que se discrepa sin destruir y se pacta sin pedir permiso a la parroquia propia. No es una revolución. Es algo bastante más difícil: sentido común en un tiempo que lo penaliza. La Universidad Católica de Valencia consiguió sentar a los diferentes con el sublime arte de entenderse.

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