Todo régimen tiene a su "collares"
Cuando un régimen político toca a su fin, el populacho acaba, entre otras maravillas, coscándose de que sus muy sufridos y austeros caudillos, caudillas y caudilles, están más que forrados

Pazo de Meirás
Al parecer, y dadas las últimas pesquisas de la UCO, UDEF, y demás detectives especializados en los delitos de cuello blanco, se puede concluir sin apenas temor a equivocarse, que cuando un régimen político toca a su fin, el populacho acaba, entre otras maravillas, coscándose de que sus muy sufridos y austeros caudillos, caudillas y caudilles, están más que forrados. Y lo que bien se dice, hasta las trancas.
Y no sólo con infinitas cuentas, si no también con muchas pendientes y con el fisco, eso sí... que previamente crearon esos mismos ungidos providenciales y armaron hasta los dientes, para perseguir inmisericordes y precisamente a ese mismo populacho del que tanto se nutren y esquilman. Y al que ardientemente desprecian, y que por supuesto, hasta la muerte odian.
De ahí que, al final y a la postre, la cosa sea prácticamente mutua, y ya casi no puedan ni pisar la calle; si no es en Kuala Lumpur, o en Washington o en Bruselas. Donde tampoco, por cierto, y siendo tantos sus méritos, no les conoce nadie. Que la envidia, y sobre todo en las españas, más que virulenta, es metastásica.
Así al finiquitar el anterior régimen, y como recordaran, los más viejetes del lugar, acabó penosamente trascendiendo que la caudilla, doña Carmen entre horas para los amigos, a fuer de no darse que se sepa ni a los lances de cama, ni a empinar en demasía el codo, ni por botellas ni chutonas, su única perversión conocida consistía y desde joven, en coleccionar, compulsivamente, tanto el oro cuanto las joyas.
Afición que como suele ocurrir con el paso de los años, fuese agudizando, hasta el punto de adquirir fama y terror entre los del gremio de Madrid, pues que la Señora de Meiras, bien que se las llevaba puestas y después, haciéndose la sueca, bien que se las apalancaba. Y hasta la fecha y en caja fuerte. Presúntamente. Y según refieren las crónicas y lenguas de doble filo.
De ahí la profunda melancolía de nuestro amado P.S., y su mala pinta, que tras tanto fasto y tanto desentierro, y tras tanto noble y denodado y fallido intento, de llevar al actual régimen a su saunero molino, ha acabado, sin embargo, como el precedente caudillo, más que injusta y fatalmente desprestigiado, y por tan viles perturbaciones y vicios, de su más que admirada y querida alter ego.
Que de su santa señora y de su muy genial hermano, mejor ni hablamos.