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Trump, Venezuela y la vieja geopolítica energética

Trump y Venezuela

Trump y Venezuela

Javier Peón
Publicado por
Exconsejero del CJO Nacional de la Energía

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La transición tecnológica hacia la descarbonización de las economías se ha demostrado como una herramienta capaz de recomponer la competitividad global de países y corporaciones.

Según la Agencia Internacional de la Energía, la demanda de petróleo podría alcanzar su pico en 2030 (102 mb/d) en escenarios de cumplimiento de políticas, mientras que el gas natural seguiría creciendo hasta 2035. 

Pero cada vez son más los analistas que vienen advirtiendo que la “llave energética” del siglo XXI no será el control de los hidrocarburos, sino el dominio de la electrificación y digitalización de la economía, las baterías y los materiales críticos necesarios para sostenerla.

EEUU enfocado más en medidas proteccionistas de su mercado frente al avance chino

Y la descarbonización de la economía global no sólo precisa de esos recursos minerales estratégicos sino que es necesaria la cadena de procesamiento y refino. China refina cerca del 90% del suministro mundial de elementos de tierras raras, esenciales para imanes, baterías, electrónica y tecnologías renovables y domina la fabricación de baterías, paneles solares y gran parte de la cadena de valor de la electrificación. 

Empresas chinas como CATL el mayor fabricante mundial de baterías, ya operan gigafactorías en Alemania y expanden su presencia en Hungría y España. Este control le otorga una posición estratégica en las negociaciones comerciales y en la industria tecnológica global. Eso es lo que hoy por hoy, EEUU no tiene, enfocado más en medidas proteccionistas de su mercado frente al avance chino.

Por ello, lo que se ha iniciado en Venezuela no sólo podrá afectar a la seguridad del suministro energético, su coste o al mayor o menor vigor en la lucha contra el cambio climático; también afecta muy directamente al desarrollo de la Inteligencia Artificial, gran demandante de energía, a la competitividad de las cadenas industriales y a la conformación de nuevas alianzas geopolíticas.

Venezuela posee las mayores reservas de petróleo en el mundo

Es cierto que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, alrededor de 300.000 millones de barriles, -aunque su producción actual se sitúa por debajo del millón de barriles diarios- y tiene abundancia de minerales estratégicos —oro, bauxita, níquel, coltán o tierras raras— esenciales para la transición energética y tecnológica. 

Pero Estados Unidos no necesita a Venezuela para garantizar su seguridad energética, ya que produce alrededor del 20 % del petróleo mundial, lidera las exportaciones de gas natural licuado y se abastece mayoritariamente de países aliados.

La operación parece más orientada a liquidar la creciente influencia de Pekín en el Caribe y Latinoamérica, patio trasero de EE.UU. Por si existían dudas, Trump y su entorno se han apresurado a señalar posibles impactos relevantes de la operación para Cuba y Nicaragua y para la Colombia de Petro. Y. ese “aviso a navegantes”, no se limita al continente americano; ahí está la poco velada amenaza a Groenlandia y Dinamarca. Sin embargo, surgen varias paradojas incómodas.

Las paradojas incómodas: Venezuela, Groenlandia y China

En primer lugar, el caso venezolano transmite un sentido de la urgencia desconocido hasta ahora; con diplomacia y regulación, con poder blando, el proceso de cambio no puede dejar de ser lento, más lento que el que pueden imprimir regímenes autoritarios y no democráticos como el chino o el ruso. Por eso, la actuación en Venezuela también puede interpretarse como un síntoma de debilidad; cuando una potencia pierde autoridad moral y capacidad de influencia mediante reglas y consensos, tiende a recurrir al poder duro. Primero fueron los aranceles, ahora la fuerza militar.

En segundo lugar, insistiendo en su reivindicación sobre Groenlandia, -por su valor estratégico en el Ártico, sus recursos y su posición clave frente a Rusia y China-, Trump coloca este debate en un momento en que se ha reforzado la dimensión atlantista de la defensa de Ucrania en la Cumbre de París. Si el mensaje a Rusia hubiera sido más ambiguo, otras potencias no democráticas —China en el mar de China Meridional, Irán en Oriente Próximo— hubieran interpretado que se puede cambiar fronteras por la fuerza sin consecuencias. Pero. ¿se pueden cambiar o condicionar los gobiernos por la fuerza de los intereses nacionales sin consecuencias?

Además, expertos analistas concluyen que la Cumbre confirma que el aislacionismo que inicialmente pretendía Trump no es una opción viable para Estados Unidos como potencia porque el vacío lo llenan Moscú, Pekín o Teherán; pero ejercer ese liderazgo como potencia democrática exige un equilibrio entre poder duro y legitimidad, con consensos y reglas, porque de lo contrario no es sino sustituir una barbarie por otra.

Y aquí emerge la última y gran paradoja del momento actual. Mientras Estados Unidos exhibe en Venezuela músculo militar y aparenta ambiciones de control energético global, China avanza, compite en los mercados y viene consolidando su posición a través de inversiones, control industrial y dominio de las cadenas de suministro, ejerciendo un poder menos ostentoso pero potencialmente más duradero y capaz de tejer nuevas alianzas que ansíen marcos cooperativos.

Europa como actor más vulnerable

¿Bastará la actual demostración de fuerza para condicionar los escenarios competitivos energéticos y tejer nuevas alianzas, metas y objetivos de países y grandes corporaciones? ¿O actuar sin consensos ni reglas deteriorará el equilibrio global y convertirá el mundo en un polvorín con bloques polarizados que se reparten su influencia en proporción a su fuerza? 

En definitiva, lo ocurrido en Venezuela ¿es un síntoma del agotamiento del orden internacional cooperativo y del retorno de una geopolítica de la energía basada en recursos, tecnología y poder?

Cuales sean las respuestas, Europa aparece como el actor más vulnerable de este nuevo equilibrio. Avanza en descarbonización, pero pierde capacidad industrial y autonomía estratégica, mientras elabora nuevas normas y regulaciones que no acaban de recuperar su competividad. 

¿Es el momento de nuevas alianzas con potencias hoy intermedias como la India y otros países de Asia y Latinoamérica, liderando una nueva referencia alternativa a la previsible creciente polarización entre Trump, Putin y Xi Jinping?

Porque la pregunta de fondo no es si la intervención en Venezuela estaba justificada moralmente o si la legalidad internacional es mejorable, sino qué modelo de poder prevalecerá en las próximas décadas y si Europa está dispuesta a pagar el coste de ejercer el suyo.

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