EEUU no es imparable: es Irán la que controla el Golfo Pérsico mientras China sonríe
Los petroleros no afiliados con Trump siguen pudiendo pasar Ormuz, aunque con costes. Los iraníes no sólo no se han rendido, sino que piden reparaciones de guerra al agresor

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La semana pasada examinábamos como el estrechamiento del Mar Rojo por la amenaza de los houthis podía poner en jaque (aún más) el comercio mundial. Desde entonces, la amenaza se ha materializado, aumentando la presión sobre Trump para llegar a un acuerdo negociado con los iraníes o para invadir el país.
Mencionábamos también el interés chino en lo que está pasando. Cuando Trump lanzó sus bombarderos y dejó suelto a Israel, muchos vieron una demostración de fuerza proyectada a un espacio más cercano a China que a EEUU, un castigo a un aliado de China (sin tratado pero con declaraciones de apoyo), y una forma de poner el flujo de petróleo desde Medio Oriente a China bajo control efectivo estadounidense. En resumen, una forma de compensar el dominio chino en otras partes de la cadena de abastecimiento global y recordar que EEUU es militarmente imbatible.
La realidad está siendo un poco distinta. Los petroleros no afiliados con EEUU siguen pudiendo pasar Ormuz, aunque con costes. Los iraníes no sólo no se han rendido, sino que piden reparaciones de guerra al agresor. Como los bombardeos sobre instalaciones militares o edificios gubernamentales no han producido una rendición, EEUU y sus aliados ahora amenazan la infraestructura civil (plantas de energía), entrando en el terreno del crimen de guerra cuando ni siquiera tienen la autorización del legislativo para entrar en una. Vemos a Trump buscar un modo de sacar el pie de la trampa para osos donde lo ha metido, y la conclusión no es que EEUU sea imparable, sino todo lo contrario. Vemos a Irán controlar de facto el Golfo Pérsico, no a EEUU.
El precedente de Venezuela indica que Trump se habría conformado con un nuevo régimen que le diera el control del estrecho, y una eliminación de las armas nucleares. Pero en Irán no ha encontrado una vicepresidenta con la que negociar, sino a una guardia revolucionaria que (como sabemos) ya había hecho previsiones antes del primer ataque para identificar sucesores de sus cargos clave en caso de que EEUU intentara descabezar el país. Irán no se ha hundido, se ha bunkerizado.
Esto deja a China con demasiadas opciones y una gran oportunidad. Si elige presentarse simplemente como la potencia razonable, tratar con todos y facilitar lo que queda del comercio, habrá ganado una legitimidad global que EEUU intentaba negarle. Si elige retar a Trump ejerciendo de país neutral interesado, es muy probable que EEUU no tenga más remedio que dar un paso atrás. Y si elige atacar Taiwan, no tendrá mejor ocasión que ahora. EEUU se ha quedado sin aliados (hasta Japón le ha dado la espalda en Irán), sin Tomahawks (están acabándose), y sin flexibilidad estratégica (no puede cambiar la disposición de sus flotas sin que Irán se adueñe de ambos estrechos).
Como decía la canción, hay que esperar que los líderes chinos también quieran a sus hijos, y que China no quiere una escalada con un líder imprevisible como Trump (que por otra parte ha demostrado más propensión a plegarse ante un órdago que ningún líder estadounidense anterior). En todos los demás escenarios, China sale ganando, como mínimo, “poder blando” abandonado por el hegemón actual.
Todo lo cual nos lleva de nuevo al Golfo. El único modo que tiene Trump de evitar dejar el mapa en manos de sus rivales es doblar la apuesta y convertir la intervención en invasión. Los amagos hacia un desembarco de marines en la isla de Kharg (principal centro logístico del petróleo iraní) desde el principio de la guerra se convierten en algo más probable dentro de la lógica trumpiana.
El problema es que esa salida tampoco lleva a nada. Irán sin Kharg sigue sin estar derrotado, al menos en el corto plazo. Un régimen sin divisas exteriores puede tener problemas para importar materiales, pero eso no le impide seguir cortando el tráfico con drones de fabricación nacional. Al contrario: convierte la recuperación de Kharg en objetivo irrenunciable, y causa de prolongación de la guerra.
En cualquiera de los escenarios, al menos en este punto, la única potencia que sale ganando es China.