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De la negligencia a la irresponsabilidad: el precio de no actuar en la red ferroviaria

La imagen de modernidad contrasta cada vez más con una realidad preocupante: la degradación de la seguridad, la falta de previsión y una gestión que parece haber olvidado su principio más básico, la responsabilidad

Tren del AVE (foto de archivo)

Tren del AVE (foto de archivo)Carlos Castro/Europa Press

Elena Castillo

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España presume —con razón— de ser una potencia ferroviaria. Somos uno de los países con mayor extensión de alta velocidad del mundo, una referencia en ingeniería y en capacidad técnica. Sin embargo, esa imagen de modernidad contrasta cada vez más con una realidad preocupante: la degradación de la seguridad, la falta de previsión y una gestión que parece haber olvidado su principio más básico, la responsabilidad.

La red ferroviaria no es un lujo ni un servicio accesorio. Es una infraestructura crítica. Es la columna vertebral que conecta territorios, que garantiza la movilidad de millones de personas y que sostiene la actividad económica. Pero, por encima de todo, es un sistema que debe garantizar algo irrenunciable: la seguridad.

Y es precisamente ahí donde estamos fallando.

En los últimos años —y especialmente en los episodios más recientes— se ha puesto de manifiesto una realidad incómoda: no estamos ante fallos aislados, sino ante una cadena de decisiones, omisiones y negligencias que dibujan un patrón claro. Se han normalizado incidencias técnicas, se ha actuado de forma reactiva en lugar de preventiva y se han ignorado señales de alerta que, con la diligencia debida, podrían haber evitado situaciones graves.

Cuando un sistema crítico empieza a fallar, no lo hace de un día para otro. Antes hay avisos. Antes hay anomalías. Antes hay datos, informes, incidencias reiteradas. El problema no es que existan fallos —porque ningún sistema es infalible—, el problema es no actuar cuando esos fallos empiezan a repetirse.

La seguridad ferroviaria no se construye el día que ocurre un accidente. Se construye mucho antes, en la gestión diaria, en la anticipación, en la capacidad de detectar riesgos y en la valentía política de tomar decisiones que prioricen la seguridad por encima de cualquier otro criterio, ya sea económico, operativo o incluso político.

Y aquí es donde la gestión pública, especialmente en el ámbito político e institucional, está fallando de manera evidente.

Se ha instalado una peligrosa cultura de la minimización del riesgo. Cuando se producen incidencias, se tiende a restarles importancia. Cuando los sistemas de protección actúan de forma reiterada, en lugar de interpretarlo como una señal de alarma, se asume como parte del funcionamiento habitual. Y cuando los expertos advierten de vulnerabilidades, esas advertencias se diluyen en informes que rara vez se traducen en decisiones concretas.

Esta forma de gestionar no es solo irresponsable, es profundamente peligrosa.

La seguridad no puede ser un concepto teórico ni una declaración de intenciones. Es una obligación legal, técnica y moral. Implica anticipar riesgos previsibles, operar con márgenes suficientes de seguridad y actuar con diligencia reforzada cuando se gestionan infraestructuras críticas.

Pero lo que estamos viendo es justo lo contrario.

Se priorizan objetivos económicos, se optimizan costes, se busca la eficiencia en términos operativos… mientras la seguridad queda relegada a un segundo plano. Y esto tiene consecuencias. Consecuencias que no siempre se miden en cifras o estadísticas, sino en algo mucho más grave: en sufrimiento humano.

Cada retraso, cada avería, cada incidente genera incertidumbre en miles de personas. Pero cuando los fallos afectan a la seguridad, el impacto es aún mayor. Porque entonces ya no hablamos de incomodidad o de mala gestión. Hablamos de vidas.

Y en este contexto, resulta especialmente preocupante la situación de territorios como Cantabria o Extremadura.

Cantabria lleva años sufriendo un trato claramente desigual en materia ferroviaria. Sus conexiones son deficientes, los tiempos de desplazamiento son inaceptables y la fiabilidad del servicio está lejos de los estándares que cabría esperar en un país como España. Pero lo más grave no es solo la falta de inversión o la lentitud en las mejoras, sino la sensación de abandono institucional.

No puede ser que desplazarse desde Cantabria a la capital de España suponga una experiencia marcada por la incertidumbre. No puede ser que los ciudadanos asuman como normal lo que en realidad es inadmisible: retrasos constantes, incidencias recurrentes y una falta de garantías que afecta directamente a su día a día.

A esta realidad se suma otra igualmente sangrante: la situación de las infraestructuras ferroviarias en Extremadura. Durante años, esta comunidad ha sido símbolo del abandono inversor y de la falta de compromiso real con la cohesión territorial. Líneas obsoletas, electrificaciones que llegan tarde o nunca, tiempos de viaje impropios del siglo XXI y promesas que se acumulan sin materializarse han convertido el tren en un problema en lugar de una solución. 

No se trata solo de retrasos o incomodidades, sino de una desigualdad estructural que limita el desarrollo económico, dificulta la movilidad y condena a miles de ciudadanos a un aislamiento inaceptable. Y lo más preocupante es que ya sabemos a dónde conduce esa falta de inversión y de responsabilidad: episodios como el de Adamuz, con su carga de dolor, pérdidas humanas y sufrimiento, nos recuerdan que las infraestructuras no avisan eternamente. 

Extremadura no necesita anuncios, necesita inversiones reales, planificación seria y ejecución inmediata. Porque seguir ignorando esta situación no es solo una cuestión de mala gestión: es una forma de abandono institucional que, en el peor de los casos, puede tener consecuencias irreparables. Esto no es solo un problema técnico. Es un problema político.

Porque detrás de cada decisión —o de cada falta de decisión— hay responsables. Responsables que deben rendir cuentas, que deben explicar por qué no se actuó cuando se debía, por qué no se reforzaron los sistemas cuando había señales de alerta y por qué no se priorizó la seguridad cuando era evidente que el sistema estaba sometido a estrés.

La responsabilidad política no puede diluirse en estructuras complejas ni en organismos técnicos. No puede esconderse detrás de informes o de procedimientos. Gobernar implica asumir decisiones, pero también asumir las consecuencias de no tomarlas.

Y en materia de seguridad, la inacción también es una forma de responsabilidad.

España no se merece esta situación. No se merece que un país con capacidad técnica, con recursos y con experiencia en infraestructuras ferroviarias esté generando problemas que, en muchos casos, son evitables. No se merece que el sufrimiento de los ciudadanos sea consecuencia de una mala gestión.

Necesitamos un cambio profundo en la forma de entender la gestión ferroviaria, en la forma de entender la gestión en su conjunto.

Necesitamos una red ferroviaria adaptada a nuestros tiempos. Una red que no solo sea moderna en términos de infraestructura, sino también en su modelo de gestión. Una red que integre la prevención como eje central, que utilice la tecnología para anticipar fallos y que sitúe la seguridad como prioridad absoluta.

Pero, sobre todo, necesitamos una cultura de la responsabilidad. Una cultura en la que los avisos no se ignoren, en la que las incidencias no se normalicen y en la que la seguridad no sea negociable. Una cultura en la que los responsables políticos entiendan que gestionar una infraestructura crítica no es una tarea administrativa, sino una responsabilidad de enorme trascendencia.

Porque cuando se gestiona mal una infraestructura como la ferroviaria, las consecuencias no son abstractas. Son reales. Se traducen en retrasos, en fallos, en accidentes… y, en los casos más graves, en pérdidas humanas.

Y eso es algo que ninguna sociedad debería aceptar.

La seguridad no puede depender de la suerte. La prevención no puede ser opcional.
Y la responsabilidad no puede ser eludida.

Es el momento de exigir respuestas. Pero, sobre todo, es el momento de exigir cambios.

Porque lo que está en juego no es solo la calidad del servicio ferroviario.
Lo que está en juego es la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Y, en última instancia, su seguridad.

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