El espejismo de la energía en España: ni es tan barata... ni está a salvo
El relato oficial sobre los precios choca con los datos reales y con una crisis global —la de Irán— que vuelve a poner en evidencia la fragilidad de nuestro sistema energético

La energía no es como nos la cuentan
Eurostat acaba de publicar los datos del sector eléctrico europeo correspondientes al segundo semestre de 2025 y son un jarro de agua fría para el gobierno español. En España, el precio final de la electricidad —el que llega a los hogares— no está entre los países más baratos. Al menos quince países de la Unión Europea presentan precios inferiores.
Y es que en las últimas semanas, el gobierno venía utilizando, -como antídoto ante la creciente evidencia de su responsabilidad en el gran apagón de hace un año-, el discurso de que tenemos la energía más barata de Europa gracias a la apuesta por las renovables, Y que esa apuesta nos blinda ante el problema de los precios del gas en el mercado internacional, tensionados por la guerra en Irán. Dicen que todos nos miran como ejemplo.
Es ya habitual que en el debate energético español haya una tendencia recurrente a simplificar en exceso de manera interesada. También cuando se habla de costes y precios. Se toma un indicador parcial, se eleva a categoría de verdad general y, a partir de ahí, se reconstruye la realidad hasta hacerla irreconocible. Es cierto que, en determinados momentos, el mercado mayorista español ha mostrado precios competitivos en comparación con otros países europeos. Pero reducir el análisis a ese dato es insuficiente. O es intención de confundir y ocultar las cosas. Porque el consumidor —doméstico o industrial— no paga el precio del mercado mayorista. Paga un precio final en el que intervienen, además de la energía, los peajes, los cargos regulatorios y la fiscalidad.
Los hogares españoles pagan cara la electricidad por el gran apagón
Y cuando se analiza ese precio final, la energía en España empieza a ser cara comparada con nuestros vecinos europeos. Abril ha cerrado con precios en el entorno de los 64 €/MWh en el mercado mayorista, pero el coste efectivo, una vez considerados los servicios de ajuste, se sitúa por encima de los 90 €/MWh. Son niveles que remiten directamente a los momentos de la crisis energética de 2022. El coste de los servicios de ajuste se ha multiplicado por diez respecto al de 2018 y con la evolución del primer trimestre de 2026 puede alcanzar los 6.000 millones de euros, frente a los poco más de 400 millones de hace 8 años.
Ese incremento ha sido especialmente acusado tras el apagón de abril de 2025, con la implantación de un esquema de operación reforzada, que ha aumentado el recurso a tecnologías de respaldo, fundamentalmente ciclos combinados. Desde el punto de vista de la seguridad de suministro, la decisión es comprensible. Pero supone mayor dependencia del gas en un contexto de tensión de precios en los mercados internacionales como consecuencia de la guerra en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz, además de un repunte en las emisiones del sector eléctrico: 2025 cerró con un incremento del 9% de sus emisiones de gases de efecto invernadero.
Estos sobrecostes tienen efectos sobre la estructura del mercado, que está destruyendo competencia. La evolución de los costes y su distribución entre agentes está generando distorsiones que afectan, especialmente, a los comercializadores independientes que no pueden repercutirlo a sus clientes.
Quemamos más gas y mucho más caro
Además la escalada de precios del gas está lejos de amainar. En la última semana el fracaso de las negociaciones entre Irán y EE UU ha reactivado el riesgo sobre el estrecho de Ormuz, uno de los principales nodos del sistema energético global. Más allá de la evolución concreta del conflicto, lo relevante es que se ha materializado un escenario de tensión que afecta directamente al suministro de petróleo y, sobre todo, de gas natural licuado.
La Agencia Internacional de la Energía acaba de describir la situación como «la mayor crisis energética de la historia». El presidente de la organización advierte que «los mercados van a sufrir grandes dificultades» por las derivadas de la guerra de Irán.
El petróleo Brent ha alcanzado los 126 dólares por barril, un 30% más en apenas una semana. Pero el verdadero problema para Europa no es el petróleo. Es el gas.
Desde el cierre del Estrecho de Ormuz el 28 de febrero, aproximadamente un 20% de la oferta mundial de gas natural licuado (GNL) ha salido del mercado, casi todo volumen catarí. El 80% del GNL catarí iba a Asia y ahora esos compradores sin suministro compiten por cargamentos spot en mercado global. El resultado es una tormenta perfecta: menor oferta global, mayor demanda competitiva y la necesidad urgente de llenar los almacenamientos europeos antes del invierno, que parten de niveles muy por debajo de la media histórica.
Y la escalada de precios puede no haber terminado
Porque es en ese diabólico contexto en el que la UE debe cumplir con la obligación de los Estados miembros de llenar sus almacenamientos subterráneos de gas al 90% de su capacidad antes del 1 de noviembre (prorrogado hasta 2027) para garantizar el suministro invernal. El almacenamiento europeo cerró este invierno al 28% de modo que tiene que arrebatar a los potenciales compradores asiáticos ese 62% adicional en apenas seis meses. Sera difícil y muy costoso porque el daño a las infraestructuras de producción en la región en conflicto ya está hecho y se tardarán años en volver a los niveles de producción previos. En conclusión, el precio del gas puede subir mucho en lo que resta de año y es mejor no tratar de imaginar cual puede llegar a ser su techo si persiste el bloqueo a la navegación en Ormuz.
Los precios ya reflejan la tendencia. El gas en MIBGAS se sitúa en torno a los 45 €/MWh, un 50% más que antes del conflicto. El INE ha publicado los datos de marzo y el IPC del precio de los carburantes creció un 8,1% en el caso de la gasolina y un 20,1% en el diésel de febrero a marzo. Y la factura empieza a acumularse: 13.000 millones de euros adicionales para Europa en apenas seis semanas.
En este escenario, el verdadero problema de España no es si su mix energético es más o menos renovable. Es su exposición. España no fija los precios. No controla el mercado del gas. Y depende, como el resto de Europa, de un sistema global cada vez más inestable conviviendo con un marco interno que, al margen de relatos interesados, encuentra dificultades para trasladar al consumidor final de forma eficiente las ventajas de su mix de generación.
El peligro de un triunfalismo engañoso
En esta delicada situación, mantener un discurso oficial triunfalista basado en indicadores parciales no ayuda. Al contrario, puede generar una falsa sensación de seguridad en un momento en el que sería más útil un diagnóstico completo, honesto y riguroso.
La experiencia reciente debería servir de referencia. Las crisis energéticas no suelen anticiparse en el discurso de los gobernantes pero sí avisan con datos objetivos. Y hoy esas señales están ahí. Interpretarlas correctamente es, probablemente, más importante que insistir en que todo va razonablemente bien. Porque en energía, cuando el diagnóstico se queda corto, la corrección suele ser larga y costosa.