El apagón que lo cambió todo: un año después, España sigue ante el reto eléctrico
El aniversario del colapso energético reabre el debate sobre la transición, la fragilidad de la red y la necesidad de inversión en infraestructuras, coordinación y tecnologías que garanticen estabilidad en un sistema cada vez más exigido

El apagón cambió todo
Si me dicen hace cinco años que una buena mañana España al completo se vería paralizada por la caída a cero de la electricidad, pensaría que sería el guion de la segunda parte de la película de Invasión en la Tierra. Lo cierto es que, durante una hora, nada más lejos de la realidad. No sé cómo lo han vivido, pero ahora ya quedan lejos esas primeras horas en las que parecía que el mundo se acababa, recogimos a nuestros hijos de las guarderías y colegios y llamamos a nuestros familiares para saber si seguían bien. Afortunadamente, como dicen aquellos que peinan canas desde hace años, todo tiene solución menos lo que ustedes ya saben.
Lo cierto es que el aniversario de un gran apagón no es solo una fecha en el calendario, es un recordatorio de hasta qué punto dependemos de la energía. Bastó con esas horas sin suministro para que la electricidad se convirtiese en el eje de todas las conversaciones, públicas y privadas, políticas y económicas. Y con el paso del tiempo, la pregunta dejará de ser qué ocurrió exactamente para convertirse en algo más relevante: qué hemos aprendido desde entonces.
Esta reflexión llega en un contexto particularmente sensible. El sistema eléctrico atraviesa una transformación profunda, impulsada por la transición energética, la digitalización y el gran proceso de electrificación de la economía. Nuevos vectores de demanda, como el vehículo eléctrico o el crecimiento exponencial de los centros de datos, están redefiniendo los patrones de consumo y elevando la exigencia y la tensión sobre la red. A la vez, el debate público se ha tensado entre los distintos actores del sector, desde el operador del sistema hasta las grandes compañías eléctricas, pasando por el regulador y el propio ámbito político. Es un escenario complejo, donde la técnica y la narrativa compiten por imponer su interpretación de los hechos.
En este sentido, el aniversario debería servir para elevar el nivel de la conversación. Más allá de las posiciones encontradas, la pregunta relevante es si el sistema eléctrico español está hoy mejor preparado que entonces para afrontar situaciones de estrés. Y la respuesta, como suele ocurrir, no es binaria. Se han producido avances significativos en términos de planificación, inversión y capacidad de respuesta. Pero también persisten desafíos estructurales que no pueden ignorarse, especialmente en un momento en el que la electricidad no solo es un insumo más, sino un factor crítico de competitividad industrial y de desarrollo económico.
Uno de esos desafíos tiene que ver con la propia naturaleza del sistema en medio de esta transición. La incorporación masiva de energías renovables, imprescindibles desde el punto de vista climático y estratégico para el país, introduce nuevas variables en la gestión de la red. Variables que los expertos y los propios técnicos del sistema venían trasladando años atrás. Recuerdo perfectamente cómo durante mi visita como portavoz de transición ecológica al Centro de Control de Red Eléctrica, allá por el año 2020, ya se habló con respeto del reto que suponía la integración de mucha generación renovable con la desconexión programada de otras energías que aportan estabilidad al sistema. Yo percibí cierta inquietud o, como mínimo, sensación de desafío.
Por ello, todo esto exige un esfuerzo adicional en términos de coordinación, almacenamiento y flexibilidad, pero también obliga a abordar con pragmatismo el papel de tecnologías que aportan firmeza al sistema, como la energía nuclear. La estabilidad del sistema se convierte en un objetivo central. No se trata únicamente de producir energía suficiente, sino de garantizar que esa energía llegue en todo momento y en condiciones adecuadas allí donde se necesita. Y aquí emerge con claridad otro de los grandes vectores del debate como es la necesidad de impulsar y ampliar las redes eléctricas.
Durante años, la conversación energética se ha centrado en la generación, pero el cuello de botella se desplaza progresivamente hacia las infraestructuras de transporte y distribución. Sin redes robustas, malladas, bien dimensionadas y digitalizadas, la oportunidad de la transición energética para España corre el riesgo de ser, como mínimo, menos provechosa. Todo avanza muy rápido a nuestro alrededor.
La capacidad de atraer inversión industrial, desde fábricas vinculadas a la electrificación hasta grandes centros de procesamiento de datos, depende, en gran medida, de la disponibilidad de un suministro eléctrico fiable, competitivo y con capacidad de crecimiento. En un entorno global donde los países compiten por captar estos proyectos, la calidad y la extensión de las redes eléctricas se convierten en un activo estratégico. No es solo una cuestión técnica, sino económica.
Otro elemento clave es la gobernanza. El sistema eléctrico funciona como un ecosistema donde conviven intereses legítimos pero distintos. El operador del sistema tiene la responsabilidad de garantizar la seguridad y el equilibrio en tiempo real. Las compañías eléctricas gestionan activos imprescindibles con proyecciones de inversión a largo plazo. El regulador fija las reglas del juego. Y el Gobierno introduce las prioridades que deben responder a las demandas sociales y económicas. Cuando este engranaje funciona de manera coordinada, el sistema gana en robustez. Cuando se tensiona, aparecen las disfunciones.
La pregunta que deberíamos hacernos, un año después, es si estamos construyendo un sistema capaz de responder mejor en el futuro. Un sistema donde la transición energética avance sin comprometer la estabilidad, donde el despliegue de redes acompañe el crecimiento de la demanda, donde tecnologías como la nuclear se analicen sin apriorismos y donde las diferencias entre actores se gestionen con madurez institucional.
El apagón, en definitiva, fue un aviso. La forma en que decidamos interpretarlo y actuar en consecuencia marcará, en buena medida, la solidez del sistema energético en los próximos años. Y ese es un debate que, en un momento de transformación tan profunda, merece menos confrontación y más análisis.