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Gobernar no es sobrevivir

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.Eduardo Parra / Europa Press

Elena Castillo

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Hay gobiernos que pasan a la historia por las reformas que impulsan. Otros, simplemente, por el tiempo que logran resistir. El problema comienza cuando sobrevivir deja de ser una consecuencia de gobernar para convertirse en el único proyecto político.

Esta semana, el Congreso de los Diputados ha aprobado, por mayoría absoluta, una iniciativa instando al presidente del Gobierno a someterse a una cuestión de confianza o, en su defecto, a asumir su responsabilidad política y presentar su dimisión. El Senado, por su parte, también ha reclamado la convocatoria de elecciones generales.

Más allá de los efectos jurídicos de ambas iniciativas, el mensaje político es difícil de ignorar. Las dos Cámaras de las Cortes Generales han expresado una misma preocupación: la legislatura atraviesa una profunda crisis de confianza.

La pregunta ya no es cuánto tiempo puede mantenerse un Gobierno. La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede permitirse España un Gobierno cuya principal prioridad sea mantenerse. Porque existe una diferencia esencial entre resistir y gobernar.

Resistir consiste en reunir los apoyos suficientes para superar la siguiente votación parlamentaria. Gobernar exige algo mucho más ambicioso: fijar un rumbo, generar confianza y tomar decisiones pensando en el país que queremos dentro de diez o veinte años. Y el tiempo no espera.

Mientras España vive pendiente de la siguiente negociación política, el resto del mundo compite por atraer inversiones, liderar la inteligencia artificial, garantizar su autonomía energética, reforzar su tejido industrial, construir vivienda, modernizar sus infraestructuras y captar el talento que marcará la economía del futuro. La economía tampoco espera.

Las empresas no invierten mirando la próxima sesión de control al Gobierno. Invierten donde encuentran estabilidad institucional, seguridad jurídica, presupuestos, reformas y una estrategia clara. La confianza se ha convertido en uno de los activos más valiosos de cualquier país.

Cuando esa confianza se deteriora, las consecuencias no son únicamente políticas. También son económicas.

España lleva dos años sin unos nuevos Presupuestos Generales del Estado. Reformas estratégicas permanecen bloqueadas mientras buena parte de la agenda política gira en torno a la supervivencia parlamentaria del Ejecutivo. Esa parálisis tiene un coste silencioso: proyectos que se retrasan, inversiones que buscan otros destinos, menor productividad y menos oportunidades para nuestros jóvenes.

Cada mes que se pierde gestionando la incertidumbre es un mes que no se dedica a mejorar la competitividad de nuestras empresas, fortalecer la investigación científica, impulsar una política energética sólida, modernizar las infraestructuras o afrontar con decisión el problema de la vivienda.

Los países que hoy lideran la innovación no improvisaron. Apostaron hace años por la educación, la ciencia, la industria, la digitalización y la energía. Comprendieron que gobernar significa anticiparse y que las decisiones verdaderamente importantes rara vez producen beneficios políticos inmediatos.

Las grandes transformaciones no nacen de una rueda de prensa ni de un acuerdo de última hora. Requieren liderazgo, estabilidad y una visión compartida del futuro. Requieren gobiernos capaces de levantar la vista del corto plazo.

Cuando toda la acción política gira alrededor de conservar el poder, las reformas dejan paso a los anuncios, los proyectos estratégicos son sustituidos por la gestión de la urgencia y el interés general acaba subordinado a la aritmética parlamentaria.

La democracia no se fortalece cuando un Gobierno resiste a cualquier precio. Se fortalece cuando las instituciones funcionan con normalidad, cuando existe una relación de confianza entre el Ejecutivo y el Parlamento y cuando los ciudadanos perciben que quienes les gobiernan están más preocupados por resolver los problemas del país que por resolver los suyos propios.

La mayoría absoluta expresada esta semana en las Cortes Generales merece, al menos, una reflexión política de fondo. Gobernar de espaldas a ese mensaje puede ser jurídicamente posible, pero resulta cada vez más difícil sostener que fortalece la estabilidad institucional y la confianza que España necesita para afrontar sus grandes desafíos.

Porque la legitimidad democrática no consiste únicamente en cómo comienza una legislatura. También se mide por la capacidad para ejercer el Gobierno con un proyecto, con una mayoría suficiente para desarrollarlo y con la confianza necesaria para liderar el futuro.

La política no debería medirse por cuánto consigue resistir un Gobierno. Debería medirse por el país que deja cuando termina su mandato. Porque sobrevivir puede prolongar una legislatura.

Gobernar es dejar un legado.

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