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Zapatero fue el principio del fin

Las democracias no suelen quebrarse de golpe. Se erosionan lentamente, cuando el poder deja de entenderse como un instrumento al servicio de los ciudadanos y comienza a justificarse a sí mismo. Lo que un día parece una excepción acaba convirtiéndose en norma.

Pedro Sánchez y Zapatero, impulsores de las dos leyes de memoria histórica

Pedro Sánchez y Zapatero, impulsores de las dos leyes de memoria histórica

Elena Castillo

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Muchos sitúan el origen de la crisis política e institucional que vive España en la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión se produjo años antes. Pedro Sánchez no inventó una nueva forma de hacer política; heredó y llevó hasta su máxima expresión un modelo que comenzó a consolidarse durante los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero.

A mi juicio, ese fue el cambio más profundo de aquella etapa. No tanto una decisión concreta, sino una nueva forma de entender el ejercicio del poder. La política dejó de orientarse prioritariamente hacia la búsqueda de grandes consensos para quedar cada vez más condicionada por la necesidad de conservar el Gobierno. Se normalizaron alianzas que hasta entonces parecían excepcionales, aumentó la polarización del debate público y el cálculo político comenzó a imponerse, con demasiada frecuencia, al interés general.

Aquel cambio coincidió, además, con una de las etapas económicas más difíciles de nuestra historia reciente. La crisis financiera internacional golpeó con dureza a España, pero la gestión del Gobierno fue ampliamente cuestionada por el retraso en reconocer la gravedad de la situación. Durante meses se habló de una simple “desaceleración” mientras el desempleo aumentaba y la economía perdía dinamismo. Posteriormente llegaron los ajustes de 2010, adoptados bajo una intensa presión de los mercados y de las instituciones europeas, después de haber defendido durante meses una estrategia completamente distinta.

Aquella sucesión de acontecimientos debilitó la confianza de muchos ciudadanos en la capacidad del Gobierno para anticiparse a los problemas y ofrecer estabilidad.

Al mismo tiempo, decisiones como la reforma del Estatuto de Cataluña, la creciente dependencia parlamentaria de partidos nacionalistas o el proceso de diálogo con ETA generaron una intensa controversia política e institucional cuyos efectos siguen formando parte del debate público.

Puede discutirse la valoración de cada una de esas decisiones. Lo que resulta difícil negar es que marcaron una nueva etapa en la política española.

Pedro Sánchez no rompió con ese modelo. Lo profundizó.

La fragmentación parlamentaria, la negociación permanente para asegurar mayorías, la creciente tensión institucional y la prioridad otorgada a la supervivencia del Gobierno han terminado configurando una forma de ejercer el poder que una parte importante de la sociedad contempla con preocupación.

Las recientes investigaciones judiciales relacionadas con el rescate de Plus Ultra han vuelto a situar a José Luis Rodríguez Zapatero en el centro del debate político. Corresponde exclusivamente a los tribunales determinar si existen responsabilidades jurídicas y toda persona merece la presunción de inocencia. Pero, desde una perspectiva política, resulta significativo que la figura del expresidente vuelva a aparecer vinculada a decisiones cuya transparencia está siendo objeto de escrutinio público. No se trata únicamente de un nombre propio. Se trata de una forma de entender la política.

Las democracias empiezan a debilitarse cuando los contrapesos institucionales dejan de verse como una garantía y pasan a considerarse un obstáculo; cuando el interés del Gobierno acaba confundiéndose con el interés del Estado; cuando permanecer en el poder deja de ser un medio para desarrollar un proyecto y se convierte en el proyecto mismo. Ese es, probablemente, el legado político más profundo de aquella etapa.

Hoy España afronta enormes desafíos: una vivienda inaccesible para miles de jóvenes, una elevada presión fiscal, una productividad estancada, incertidumbre económica y una creciente desafección hacia las instituciones. Sin embargo, el debate político continúa girando, demasiadas veces, alrededor de la supervivencia del Ejecutivo y no de la resolución de los problemas reales de los ciudadanos.

La política pierde su sentido cuando gobernar consiste únicamente en seguir gobernando.

Los gobiernos no cambian un país únicamente por las leyes que aprueban. Lo cambian, sobre todo, por la forma en que enseñan a ejercer el poder. Los gobiernos no se agotan solo por los errores que cometen; empiezan a agotarse cuando dejan de distinguir entre el interés del país y el interés por seguir gobernando. Es entonces cuando pierden la autoridad moral y cuando los ciudadanos dejan de confiar en que las instituciones sirven al interés general y no al de quienes las ocupan.

Pedro Sánchez puede haber llevado ese modelo hasta su límite. Pero, para comprender el posible final de una etapa política, primero hay que regresar a su origen. Porque los grandes cambios no empiezan con quienes los culminan, sino con quienes alteran las reglas del juego.

Los proyectos políticos no dejan su mayor huella por las leyes que aprueban, sino por la cultura institucional que transmiten a quienes vienen después. Ese fue, a mi juicio, el verdadero legado de José Luis Rodríguez Zapatero. Y por eso, para entender el presente, conviene recordar dónde comenzó el camino. Porque el principio del fin, muchas veces, pasa inadvertido mientras está sucediendo. Solo el tiempo permite reconocer el momento en que todo empezó.

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