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Que esforzarse vuelva a merecer la pena

El mercado laboral, la presión fiscal y la situación de los autónomos han reabierto el debate sobre si el esfuerzo sigue teniendo recompensa en España.

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante un acto con trabajadores autónomos en Cartonajes Izquierdo-Insoca, Polígono Industrial Las Casas, Soria

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante un acto con trabajadores autónomos en Cartonajes Izquierdo-Insoca, Polígono Industrial Las Casas, SoriaEuropa Press

Álvaro Gotxi
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Esta misma semana Alberto Nuñez Feijóo ha puesto palabras a algo que muchos llevamos tiempo repitiendo. Al presentar su paquete de reformas económicas para la reconstrucción nacional, el líder del Partido Popular ha prometido adelgazar el gasto público y rebajar la factura fiscal de las clases medias para que, en sus propias palabras, vuelva a merecer la pena trabajar. Y es que, por mucho que lo repitamos, ahí está la clave del cambio que necesitamos: que el esfuerzo se vea justamente recompensado y sirva para progresar. Porque el Gobierno de Sánchez ha roto esa cultura del esfuerzo con políticas que nos igualan a todos por abajo y, con ello, han roto el ascensor social que ha permitido a tantos progresar.

Pero empecemos por lo más llamativo, tras mucho esfuerzo hemos conseguido que el Gobierno Vasco facilite los datos relativos a los fijos discontinuos que han sido la gran apuesta de la ministra Yolanda Díaz para el mercado laboral y el resultado es demoledor. En junio de 2026, el 65% de las personas con contrato fijo discontinuo en Euskadi se encuentran en situación de inactividad. Casi dos de cada tres. Hablamos de personas que figuran en las estadísticas como trabajadores con contrato indefinido, pero que están en sus casas sin trabajo, es decir parados. No generan salario. No cotizan por actividad. Simplemente han desaparecido en buena medida de las estadísticas de parados, aunque estén parados. Dos de cada tres.

Y el problema es estructural y va a peor. Los contratos fijos discontinuos ya representan el 29,3% de todos los contratos indefinidos registrados en Euskadi en junio de 2026. Es decir, casi uno de cada tres contratos que se registran como indefinidos son en realidad contratos sin actividad garantizada, vinculados a trabajos estacionales que, en muchos casos, ni siquiera se activan. La reforma laboral no ha creado empleo estable. Ha maquillado las cifras del paro para endulzar una realidad que el propio Gobierno no sabe cómo solucionar.

Mientras tanto, la temporalidad real en la contratación no deja de crecer. Según datos del propio Ministerio de Trabajo, en diciembre de 2025 el 80,06% de los contratos firmados en Euskadi eran temporales, 17,35 puntos por encima de la media. Euskadi fue la segunda comunidad autónoma con mayor porcentaje de contratos temporales de toda España, solo por detrás de Navarra. Y las conversiones de contratos temporales en indefinidos, que el Gobierno Vasco exhibía como logro, han caído del 13,51% en diciembre de 2024 al 12,90% en diciembre de 2025. Cada indicador apunta en la misma dirección: el mercado laboral vasco es más precario de lo que las cifras oficiales quieren reflejar y por extensión ocurre lo mismo en el resto de España.

¿Y qué responde el Gobierno Vasco cuando se le confronta con estos datos? Excusas. Que Euskadi tiene menos turismo que otras comunidades, que la industria genera otro tipo de contratación, que si descontamos los fijos discontinuos la diferencia con la media nacional se reduce. Es un argumento que podría tener sentido si la tendencia fuese estable. Pero no lo es. La temporalidad empeora cada año. Los fijos discontinuos inactivos aumentan. Las conversiones caen. El argumento estructural no explica una tendencia que se deteriora año tras año.

Pero el problema del esfuerzo que no compensa no se agota en el empleo por cuenta ajena. Pregúntenle a cualquier autónomo. España sigue siendo el único país de la Unión Europea que no ha implantado la franquicia del IVA para pequeños empresarios, esa que la Directiva europea permite aplicar a facturaciones de hasta 85.000 euros anuales. En el resto de Europa, un pequeño autónomo puede operar sin cargar IVA y sin tanta burocracia. Aquí no. Aquí, desde el primer euro, el autónomo carga con el IVA, con el IRPF trimestral, con una cuota a la Seguridad Social que puede ir de 200 a más de 600 euros al mes. Esa es la recompensa que el sistema ofrece a quien decide emprender por su cuenta. Esforzarse, en esas condiciones, pasa a ser un acto de fe.

Feijóo ha puesto el dedo en la llaga al proponer que el beneficiario de la economía no sea Hacienda, sino la gente. Es un principio que suena elemental, pero que hoy, en España, es revolucionario. Cuando un trabajador ve que su esfuerzo adicional se lo lleva la cuña fiscal, cuando un autónomo calcula que trabajar más le sale a pagar más sin un retorno proporcional en protección social, cuando un contrato indefinido resulta ser un cascarón vacío sin actividad detrás, el mensaje del sistema es claro: no te esfuerces. Da igual, pero no puede dar igual. Las sociedades se construyen con el esfuerzo compartido de los que madrugan y trabajan duro. Esforzarse tiene que volver a merecer la pena.

Y ese es el problema de fondo. No es solo una cuestión de cifras macroeconómicas ni de reformas laborales que retuercen las estadísticas para que nadie sepa cuántas personas no están trabajando en España. Es una cuestión de incentivos. Un país que penaliza el esfuerzo acaba siendo un país donde nadie quiere esforzarse. Un mercado laboral que premia la ficción estadística sobre el trabajo real acaba expulsando a los que trabajan de verdad. Y una fiscalidad que trata al que produce como a un sospechoso acaba por convencerle de que producir no merece la pena.

Que esforzarse vuelva a merecer la pena no debería ser un eslogan, debería ser el primer artículo de cualquier política económica seria y Feijóo está convencido de ello.

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