Dolarizar puede estabilizar Venezuela, pero la estancará
Sustituir el bolívar por el dólar cierra la puerta a la inflación y estanca al crédito y su estrategia de desarrollo.

Billete de dólar sobre una bandera de Estados Unidos (EE.UU.).
Durante años, el debate sobre la dolarización de países con monedas débiles se ha presentado como una disputa entre quienes defienden la soberanía monetaria y quienes consideran que sus monedas nacionales ya no merecen otra oportunidad.
Ese planteamiento se ha quedado pequeño cuando hablamos de una economía como la venezolana.
La pregunta relevante no es si el dólar es mejor moneda que el bolívar destruido por el chavismo. Evidentemente lo es. La pregunta es otra: ¿basta con adoptar una moneda estable para reconstruir una economía devastada?
La respuesta es no.
Cuando un país está en manos de élites incompetentes la dolarización puede ser un instrumento eficaz para detener la emisión monetaria descontrolada, dificultar que el Gobierno financie su déficit fabricando dinero y proteger parcialmente a la población frente a nuevas devaluaciones. Después de tres reconversiones monetarias y de la eliminación acumulada de catorce ceros, es comprensible que millones de venezolanos no quieran volver a confiar sus ahorros a una moneda nacional.
Además, a causa de la debacle del bolívar, el dólar ya cumple en Venezuela buena parte de las funciones que el bolívar dejó de desempeñar. Se utiliza para fijar precios, preservar patrimonio, negociar contratos y realizar numerosas transacciones. Según estimaciones de Ecoanalítica citadas por Bloomberg Línea, en abril de 2025 las divisas extranjeras intervenían en más del 84% de las operaciones comerciales estudiadas. Sin embargo, utilizar dólares no equivale a disponer de una dolarización formal, ordenada y respaldada por un sistema financiero funcional.
Ese matiz es fundamental.
Una moneda no es un modelo económico
La dolarización puede corregir un mecanismo de destrucción, pero no crea automáticamente los mecanismos de crecimiento.
No construye centrales eléctricas. No recupera carreteras, escuelas u hospitales. No forma trabajadores. No moderniza empresas. No crea seguridad jurídica. No devuelve la independencia a los tribunales ni obliga al Estado a respetar los contratos. Tampoco recapitaliza la banca ni garantiza que las pequeñas y medianas empresas tengan acceso a préstamos.
Una economía no se desarrolla solamente porque sus precios estén expresados en una moneda fiable. Se desarrolla cuando puede transformar ahorro en inversión, inversión en productividad y productividad en salarios crecientes.
El problema venezolano no es únicamente monetario. Es institucional, fiscal, financiero, productivo y humano.
Por eso, la dolarización no puede presentarse como una reconstrucción en sí misma. Como máximo, puede ser una parte del programa de estabilización sobre el cual se intente reconstruir el país.
Confundir ambos procesos conduciría a una peligrosa complacencia: creer que, una vez desaparecida la inflación extrema, Venezuela habrá resuelto sus problemas económicos esenciales.
El peligro de estabilizar la pobreza
Una economía puede tener precios relativamente estables y continuar siendo pobre.
Puede pagar salarios en dólares y mantener remuneraciones insuficientes. Puede eliminar las grandes devaluaciones y conservar empresas diminutas, baja productividad, empleo informal y servicios públicos colapsados. Puede incluso atraer consumo e importaciones sin desarrollar una estructura productiva capaz de exportar bienes y servicios de mayor valor.
Ese es uno de los principales riesgos de una dolarización mal diseñada: estabilizar una economía pequeña, desigual y de salarios bajos.
El dólar impediría que el poder adquisitivo fuese destruido con la misma facilidad mediante la emisión monetaria, pero no elevaría por decreto el valor del trabajo venezolano. Los salarios sostenibles aumentan cuando cada trabajador produce más valor, cuando las empresas invierten en tecnología, cuando existe competencia, cuando hay financiación y cuando el país se integra en cadenas internacionales de producción.
La moneda puede preservar el valor creado. No puede crearlo por sí sola.
El cuello de botella del crédito
La reconstrucción venezolana necesitará empresas capaces de crecer, contratar, tecnificarse y exportar. Pero para hacerlo requieren financiación.
Aquí aparece una de las aristas menos discutidas de la dolarización.
En un régimen plenamente dolarizado, el Banco Central pierde la capacidad de emitir la moneda utilizada por el sistema. Esto evita que el Gobierno monetice irresponsablemente el déficit, pero también limita su función tradicional como prestamista de última instancia ante una crisis bancaria.
No significa que un país dolarizado no pueda tener crédito. Panamá demuestra lo contrario. Significa que el sistema necesita una banca solvente, acceso a liquidez internacional, regulación creíble, seguros de depósitos bien financiados y mecanismos de resolución bancaria preparados antes de que llegue una emergencia.
Venezuela está muy lejos de esas condiciones.
Su intermediación financiera ha quedado profundamente debilitada. Los balances bancarios son pequeños respecto a las necesidades de inversión y la economía ha funcionado durante años con severas restricciones de crédito.
Incluso, el volumen de créditos está vinculado al total de dólares en la economía. Se necesita generar más dólares vía exportaciones o captación de inversiones desde el extranjero. El crecimiento orgánico de las empresas se hace a través de ventas, pero se crece en ventas financiando la operación productiva.. Ello nos hace caer en el dilema del huevo y la gallina.
Un tema clave es el precio del dinero. Si la dinámica económica cambia en EEUU la variación de los tipos de interés afectarían la disponibilidad de dólares en Venezuela. Ello puede afectar el nivel de otorgamiento de créditos en momentos en los que el mercado venezolano más lo requiera.
La disciplina fiscal no aparece por arte de magia
Otro argumento habitual sostiene que la dolarización obligaría al Estado venezolano a ser disciplinado, porque ya no podría imprimir dinero para cubrir sus déficits.
Es verdad, pero solo parcialmente.
La prohibición de emitir no elimina el déficit. Obliga a financiarlo mediante impuestos, deuda, reducción del gasto, atrasos en los pagos o confiscaciones indirectas. Si el Estado no reforma su estructura, la indisciplina no desaparece, solamente cambia de forma.
Un Gobierno puede no imprimir dólares y, aún así, acumular deudas con proveedores, destruir empresas mediante impuestos, dejar de pagar salarios, apropiarse de activos o volver a depender enteramente de la renta petrolera.
Por eso, la dolarización necesita una reforma fiscal previa o simultánea: presupuestos transparentes, límites efectivos al endeudamiento, rendición de cuentas, administración tributaria profesional y reglas para impedir que los ingresos petroleros vuelvan a convertirse en una caja política.
Sin esas instituciones, el dólar puede impedir una modalidad de abuso, pero no todas.
Tampoco sustituye la política económica
Adoptar el dólar implica aceptar que las decisiones sobre tipos de interés y liquidez serán tomadas por la Reserva Federal de Estados Unidos de acuerdo con las necesidades de la economía estadounidense. Como mencioné antes.
En determinados momentos, esa política puede resultar adecuada para Venezuela. En otros, puede ser demasiado restrictiva o demasiado expansiva. Eso significa que el precio del dinero dentro de la economía venezolana nada tendrá que ver con las dinámicas productivas internas. Eso es grave.
Una economía dolarizada no puede responder a una pérdida de competitividad devaluando su moneda. El ajuste debe producirse mediante productividad, salarios, precios, movilidad laboral o política fiscal. Por ello, dolarizar exige mercados más flexibles, empresas más competitivas y una capacidad institucional que Venezuela todavía debe reconstruir.
Renunciar a la política monetaria puede ser razonable después del uso destructivo que el chavismo hizo de ella. Pero debe entenderse como lo que es: la renuncia a una herramienta que fue utilizada irresponsablemente, no la desaparición de los problemas que esa herramienta ayudaba a gestionar.
El debate que Venezuela necesita
En Reconstruyendo País, el boletín que editorializo, estamos abordando la dolarización desde todas sus aristas: su capacidad para detener la inflación, sus efectos sobre el crédito, la banca, los salarios, la competitividad, la política fiscal, el crecimiento y la vulnerabilidad ante futuras crisis.
No se trata de defender el bolívar destruido ni de rechazar dogmáticamente el dólar. Se trata de impedir que una decisión de enorme trascendencia sea convertida en una consigna electoral.
Venezuela necesita discutir cuánto costaría dolarizar, cómo se convertirían los depósitos y contratos, qué ocurriría con la banca, cómo se garantizaría la liquidez, qué institución supervisaría el sistema, cómo se atenderían las crisis financieras y qué reformas productivas acompañarían el cambio.
También debe decidir si conviene una dolarización inmediata, un régimen bimonetario formal o una transición progresiva vinculada al cumplimiento de determinadas condiciones fiscales y financieras.
La discusión responsable no consiste en preguntar si el dólar inspira más confianza que el bolívar. Consiste en determinar qué arquitectura económica permitirá que esa estabilidad se transforme en inversión, productividad, empresas más grandes y mejores salarios.
Estabilizar es apenas el comienzo
Aunque mi recomendación es que cualquier país que se encuentre en la situación de vulnerabilidad monetaria y tenga una economía mediana, con rasgos de industrialización relevantes, debe apostar por el modelo peruano (Bimonetarismo), del cual hablo en Reconstruyendo País.
Dolarizar puede cerrar la etapa de la destrucción monetaria y, a la vez, dejar a la economía muy por debajo de su potencial. Reconstruir Venezuela exigirá mucho más que dolarizar.