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España va bien. El problema es que cada vez cuesta más vivir en ella

El PIB crece, el empleo resiste y el turismo sigue batiendo récords. Todo eso es verdad. Pero también lo es que ahorrar cuesta más, independizarse se ha convertido para demasiados jóvenes en una carrera de obstáculos y muchas pequeñas empresas trabajan cada vez más para conservar cada vez menos margen. Quizá haya llegado el momento de dejar de confundir crecimiento con prosperidad.

Una persona compra en una frutería. Imagen de archivo.

Una persona compra en una frutería. Imagen de archivo.JUNTA DE ANDALUCÍA

Elena Castillo

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Hay algo que empieza a cansarme del debate económico español. Esa costumbre de utilizar un buen dato para decir que todo va bien y cualquier dato malo para explicar que, en realidad, tampoco va tan mal. España crece. Es verdad.

El PIB avanzó un 0,7% en el segundo trimestre y un 2,7% respecto al mismo periodo del año anterior. El empleo continúa en niveles históricamente elevados y este verano hemos vuelto a superar los 22,5 millones de afiliados a la Seguridad Social. Son buenas noticias. Y me alegro de ellas.

Pero después una sale de las estadísticas y entra en una casa, en una tienda, en un bar o en un pequeño taller. Habla con unos padres que hacen números para pagar las vacaciones, con un joven que busca piso o con un autónomo que no recuerda el último año en que no apareció una nueva obligación. Y parece que estemos hablando de otro país. No creo que los españoles se hayan vuelto pesimistas de repente. Creo que saben sumar. Y, sobre todo, saben restar.

Saben cuánto entra en casa y cuánto queda después de pagar la vivienda, llenar la nevera, echar gasolina, pagar la luz, los seguros y todos esos gastos que por separado parecen pequeños y juntos se comen una parte considerable de una nómina. Esa también es la economía española. Aunque resulte bastante menos cómoda para una rueda de prensa.

El problema no es cuánto ganamos, sino cuánto nos queda

Durante demasiado tiempo hemos hablado de inflación como si fuera una conversación reservada a los economistas. No lo es. Cuando la inflación baja no significa que los precios vuelvan a donde estaban. Significa que siguen subiendo, pero más despacio. Y el ciudadano lo sabe perfectamente. Porque no compara el IPC de este mes con el del anterior. Compara su vida. Recuerda cuánto costaba hacer la compra hace unos años. Cuánto pagaba por un alquiler, un menú, un coche o una semana de vacaciones. Y después mira su nómina.

El gasto medio de los hogares españoles alcanzó el año pasado los 35.101 euros, un 3,1% más. El destinado a vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles aumentó un 5,8%. El de alimentación, un 4,4%. Mientras tanto, el gasto en restaurantes y alojamiento cayó un 2,7%. A mí estos datos me dicen bastante más que muchos discursos. Las familias no han dejado de consumir. Han aprendido a renunciar.

Cuando lo que no puedes evitar pagar cuesta más, empiezas a recortar aquello que sí puedes evitar. Una cena. Un fin de semana. Cambiar el coche. Una reforma. Unas vacaciones más largas. O simplemente decides esperar. Eso también es inflación. No aparece solamente en el precio de las cosas. Aparece en las decisiones que dejamos de tomar. Y después está el ahorro.

En el primer trimestre del año, la tasa de ahorro de los hogares se situó en el 4,1% de su renta disponible, frente al 4,9% del mismo periodo del año anterior. Puede parecer una diferencia pequeña. No lo es.

Porque ahorrar no es acumular dinero en una cuenta. Ahorrar es poder afrontar un imprevisto, ayudar a un hijo, dar la entrada de una vivienda, cambiar un coche, invertir o montar un negocio. Ahorrar es tener capacidad para decidir sobre el futuro. Y una sociedad que pierde capacidad de ahorro pierde también un poco de libertad.

Preguntemos alguna vez a quien paga las nóminas

Si la situación de las familias merece una reflexión, la de autónomos y pequeñas empresas debería preocuparnos todavía más.

Tenemos una extraña tendencia en España a hablar de «las empresas» como si detrás de esa palabra hubiera siempre una multinacional, un consejo de administración y una sede de veinte plantas. No. La empresa española muchas veces tiene diez trabajadores. O cinco. O dos. Y el dueño suele llegar antes que todos y marcharse después.

El coste laboral aumentó un 4,9% interanual en el primer trimestre hasta alcanzar los 3.278 euros mensuales por trabajador. De ellos, 2.403,80 euros correspondieron al coste salarial. Naturalmente que queremos mejores salarios. Yo la primera.

Pero querer mejores salarios y actuar como si el coste de crearlos no existiera es engañarnos. Alguien paga esa nómina. Alguien paga las cotizaciones, el alquiler, la electricidad, el seguro, la gestoría, los proveedores y los impuestos. Y ese alguien también tiene que ganar dinero. No debería darnos vergüenza decirlo.

Porque cuando una empresa deja de ganar dinero, primero deja de invertir. Después deja de contratar. Y, si la situación continúa, termina cerrando. El pequeño empresario está demasiadas veces atrapado entre dos malas decisiones: subir precios y arriesgarse a perder clientes o mantenerlos y reducir su margen. Por eso conviene recordar algo elemental: se puede vender más y ganar menos.

Exactamente igual que una familia puede cobrar más y vivir más apretada. Ésa es una de las paradojas de nuestra economía. Las grandes cifras avanzan mientras demasiadas economías pequeñas —las que pagan hipotecas, nóminas e impuestos— sienten que corren simplemente para permanecer en el mismo sitio. Y creo que empezamos a exigir demasiado a quienes mantienen este país abierto cada mañana.

No nos falta potencial. Nos sobra complacencia

Lo que más me frustra es que España tiene muchísimo a favor. Tenemos infraestructuras, empresas capaces de competir en cualquier mercado, trabajadores preparados, una posición geográfica extraordinaria y una potencia turística que vuelve a demostrar cada verano una fortaleza formidable.

Y tenemos delante una revolución tecnológica que puede transformar nuestra productividad. La inteligencia artificial puede permitir que una pequeña empresa haga con diez personas lo que antes necesitaba quince para hacer. Puede automatizar tareas, reducir burocracia, mejorar procesos y devolver a trabajadores y empresarios miles de horas que hoy se pierden en actividades que no generan valor.

Eso es productividad. Y ésa es la conversación económica que echo en falta. Hablamos muchísimo de cómo repartir. Mucho menos de cómo producir más. Queremos salarios europeos, pensiones europeas, servicios públicos europeos y niveles de bienestar europeos. Es lógico.

Pero tendremos que hablar alguna vez con la misma intensidad de productividad europea. No podemos construir indefinidamente una economía añadiendo gasto, regulación y obligaciones sobre quienes producen y esperar que el resultado sea, por arte de magia, una sociedad más próspera. La prosperidad no se decreta. Se crea. La crean trabajadores, autónomos y empresas.

Y la obligación de los poderes públicos debería ser facilitar ese camino, no convertir cada iniciativa en una carrera de obstáculos administrativos. Por eso no compro el catastrofismo. España no es un desastre económico. Decirlo sería falso. Pero tampoco compro la complacencia. Un buen dato de PIB no puede cerrar la discusión sobre cómo viven los españoles. Porque hay una economía que aparece en las estadísticas y otra que se sienta cada noche alrededor de la mesa de la cocina.

Una habla de PIB. La otra, de cuánto queda en la cuenta el día 25. Una habla de afiliación. La otra, de si un joven con trabajo puede permitirse salir de casa de sus padres. Las dos son España. Y el error es creer que una invalida a la otra. Los ciudadanos no viven dentro del PIB. Viven dentro de su renta disponible.

Quienes tenemos responsabilidades públicas deberíamos recordarlo cada vez que sentimos la tentación de convertir una estadística favorable en un certificado de buena gestión. Porque gobernar una economía no consiste en conseguir que una hoja de cálculo termine en verde. Consiste en crear las condiciones para que trabajar merezca la pena. Para que ahorrar vuelva a ser posible. Para que un joven pueda independizarse sin necesitar un milagro. Para que contratar a alguien sea una buena noticia y no una temeridad. Para que una empresa quiera crecer aquí.

Y para que una familia que trabaja, cumple y paga sus impuestos pueda sentir que el esfuerzo de hoy servirá para vivir un poco mejor mañana. Eso es prosperidad. Y ahí es donde tengo la sensación de que estamos fallando. Nos estamos acostumbrando demasiado deprisa. A comparar más. A aplazar decisiones. A ahorrar menos.

A aceptar que nuestros hijos necesitarán mucho más tiempo para independizarse. A considerar normal que emprender sea cosa de valientes. A trabajar más para conservar lo mismo. Y acostumbrarnos es probablemente lo peor que nos puede pasar. Porque un país no va bien simplemente porque crezca su PIB. Va bien cuando ese crecimiento se convierte en oportunidades, ahorro, inversión, empresas más fuertes y familias con mayor capacidad para decidir sobre su propia vida.

Un país no prospera porque sus ciudadanos aprendan a vivir peor sin que se note en el PIB. España crece. Bienvenido sea. Ahora falta algo bastante más difícil: que vivir en España deje de costar cada vez más.

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