Cuando hay paro, pero faltan trabajadores
España alcanza un récord de empleo, pero las empresas siguen sin encontrar determinados perfiles mientras el reto del talento mira ya hacia los trabajos del futuro

Fachada de una Oficina de Empleo.
Hay una contradicción en nuestro mercado laboral a la que llevo tiempo dando vueltas. La última Encuesta de Población Activa nos deja una fotografía que merece la pena mirar con atención: España tiene 22.779.000 personas ocupadas, pero todavía 2.495.300 desempleados y una tasa de paro del 9,87%.
Que nuestro país tenga hoy más personas trabajando que nunca es, sin duda, una buena noticia. Pero hay otra realidad que convive con esos datos: empresas de distintos sectores siguen teniendo dificultades para encontrar a los profesionales que necesitan.
¿Cómo es posible que en un país con casi dos millones y medio de desempleados haya puestos de trabajo que resulten tan difíciles de cubrir?
No es solo una percepción empresarial. El reciente diagnóstico del SEPE advierte de un desajuste persistente entre la oferta y la demanda de empleo y señala entre sus causas la falta de candidatos, de experiencia y de determinadas competencias técnicas, además de factores relacionados con las condiciones laborales o la movilidad geográfica.
Es decir, tenemos profesionales que buscan empleo y empresas que buscan profesionales, pero no siempre se encuentran.
La respuesta fácil sería buscar culpables. Decir que los jóvenes no quieren trabajar, que las empresas no pagan lo suficiente o que nuestro sistema educativo no responde a las necesidades del mercado. Seguramente hay algo de todo ello en determinados casos, pero reducir el problema a una sola explicación sería equivocarnos.
Porque lo que tenemos delante no es únicamente un problema de cuántos empleos somos capaces de crear. Es un problema de conexión entre la formación que ofrecemos, las capacidades que necesitan nuestras empresas y las oportunidades que encuentran nuestros profesionales.
Y hasta aquí estaríamos hablando de un problema conocido.
Lo que realmente me preocupa es que quizá estemos mirando demasiado al presente.
Nos inquieta que haya puestos que hoy no conseguimos cubrir. Pero deberíamos preguntarnos también quién va a ocupar los empleos que todavía no existen.
Porque van a existir.
No sabemos exactamente cuáles serán. Lo que sí sabemos es que la inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización y otras tecnologías que hace no tanto parecían lejanas están cambiando ya nuestra forma de trabajar, investigar y producir. Y lo están haciendo a una velocidad que hace apenas unos años habría resultado difícil imaginar.
La pregunta, por tanto, no es solamente cuántos empleos somos capaces de crear hoy. Es si estamos preparando a nuestros profesionales para los empleos que España necesitará mañana.
En estos años, escuchando en las Cortes a investigadores, universidades, empresas y profesionales de nuestro sistema científico, he confirmado algo que a veces olvidamos: España tiene mucho más talento del que creemos.
Tenemos excelentes científicos, ingenieros, médicos, investigadores, técnicos y emprendedores. Jóvenes que pueden competir sin ningún complejo con profesionales de cualquier país.
El problema viene después.
Los formamos, muchas veces de manera excelente, pero no siempre somos capaces de ofrecerles las condiciones para desarrollar aquí todo su potencial. Y cuando eso ocurre, perdemos todos.
Durante años hemos hablado de la fuga de cerebros. Nunca me ha gustado demasiado esa expresión porque parece sugerir que salir de España es algo negativo. No lo es. Un investigador debe poder trabajar en Boston, Londres o Berlín. Un ingeniero debe poder participar en un proyecto en cualquier lugar del mundo. Salir, aprender y conocer otras formas de trabajar es enormemente enriquecedor.
El problema aparece cuando marcharse deja de ser una elección y se convierte en la única alternativa razonable. Y, todavía más, cuando alguien quiere regresar y descubre que volver significa renunciar a demasiadas cosas.
Eso sí debería preocuparnos.
Porque la competición internacional por el talento es cada vez mayor. Los países que liderarán las próximas décadas serán, en buena medida, aquellos capaces de atraer a las personas que saben investigar, innovar, emprender y transformar conocimiento en riqueza.
España tiene condiciones extraordinarias para competir. Pero tenemos que conectar mucho mejor piezas que todavía funcionan demasiado separadas.
La universidad y la empresa tienen que hablar más. La Formación Profesional debe seguir ganando prestigio y adaptándose a las necesidades reales de nuestro tejido productivo. Y tenemos que asumir algo que afecta especialmente a las generaciones más jóvenes: la formación ya no termina cuando uno obtiene un título.
Quien hoy tiene veinte años probablemente tendrá que actualizar sus conocimientos varias veces durante su carrera. Puede incluso que acabe desempeñando trabajos que todavía no sabemos nombrar.
No deberíamos tener miedo a ese cambio. Deberíamos prepararnos para él.
Hay, además, otro elemento que solemos dejar fuera cuando hablamos de empleo y que cada vez me parece más importante: la vivienda.
Imaginemos a un joven que recibe una oferta de trabajo en otra ciudad. Tiene la formación adecuada, la empresa quiere contratarlo y él quiere aceptar. Sobre el papel hemos conseguido lo difícil: unir una vacante y un trabajador.
Pero después busca un piso.
Si el alquiler se lleva una parte desproporcionada de su sueldo, aquella oportunidad laboral puede dejar de serlo. La vivienda condiciona dónde podemos trabajar, qué ofertas podemos aceptar y, para muchos jóvenes, incluso cuándo pueden empezar un proyecto de vida independiente.
Por eso creo que nos equivocamos cuando hablamos de vivienda por un lado, empleo por otro y formación por otro. Para una persona joven que intenta abrirse camino, las tres cosas forman parte del mismo problema.
Y luego está la productividad. Una palabra poco atractiva para un titular, pero decisiva para nuestro futuro.
Si queremos mejores salarios necesitamos empleos que generen más valor. Y para generar más valor hacen falta inversión, tecnología, innovación, empresas capaces de crecer y profesionales bien preparados.
España no debería aspirar a competir siendo más barata. Sería una ambición demasiado pequeña para nuestro país.
Tenemos que competir por conocimiento, innovación y talento. Conseguir que una empresa encuentre aquí a los profesionales que necesita y, al mismo tiempo, que esos profesionales encuentren razones para desarrollar aquí su proyecto de vida.
Nada de esto se consigue de un día para otro.
Formar a un buen investigador lleva años. Transformar una universidad lleva años. Construir un ecosistema innovador lleva años. Mejorar la productividad de una economía también.
Quizá esa sea una de las dificultades de la política de nuestro tiempo: vivimos demasiado pendientes del dato del mes, del trimestre o de la próxima encuesta. Pero hay decisiones cuyos resultados no caben en un ciclo electoral.
Y precisamente esas suelen ser las más importantes.
Dentro de diez años España necesitará profesionales que hoy están empezando el instituto. Algunos trabajarán en sectores que todavía están naciendo. Otros utilizarán tecnologías que aún no conocemos. Y muchos recibirán ofertas para desarrollar su carrera fuera de nuestro país.
Esa es, a mi juicio, una de las preguntas que la política debería hacerse con más frecuencia: ¿Qué país les vamos a ofrecer?
El desajuste que hoy observamos entre personas que buscan trabajo y empresas que no consiguen cubrir determinados puestos no es una simple anomalía de nuestro mercado laboral. Es una señal que deberíamos tomarnos en serio.
Porque el verdadero desafío de España no consiste solamente en crear más empleo. Consiste en conseguir que la formación que ofrecemos, el talento que tenemos y la economía que queremos construir avancen en la misma dirección.
Y, sobre todo, en conseguir algo mucho más sencillo de decir y bastante más difícil de lograr: que nuestros jóvenes puedan mirar al futuro sin pensar que tienen que marcharse de España para encontrarlo.
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