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Mejor mansos y sin comprensión lectora

Nuestros jóvenes tienen cada vez más dificultades para calcular, para comprender lo que leen y para manejarse en un mundo en el que la ciencia y la tecnología son cada vez más importantes.

Profesora explica la lección a sus alumnos

Profesora explica la lección a sus alumnos

Elena Castillo

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Hay datos que duran un día en los periódicos y otros que explican cómo será un país dentro de veinte años. Los resultados de PISA pertenecen a los segundos. Esta semana hemos conocido una nueva fotografía de nuestro sistema educativo y no es precisamente para estar orgullosos. España obtiene sus peores resultados en Matemáticas, Lectura y Ciencias. O dicho de una forma mucho más sencilla: nuestros jóvenes tienen cada vez más dificultades para calcular, para comprender lo que leen y para manejarse en un mundo en el que la ciencia y la tecnología son cada vez más importantes. Y esto, aunque a veces parezca que se nos olvida, no es solo educación. También es economía.

Llevamos años hablando de productividad, de salarios que no terminan de despegar, de empresas que no encuentran determinados perfiles y de la necesidad de competir en inteligencia artificial, digitalización, biotecnología, industria o ciencia. Anunciamos millones, presentamos estrategias y hablamos constantemente de innovación y transformación. Todo eso está muy bien. Pero hay una cuestión bastante más elemental: alguien tendrá que hacerlo. Y tendrá que saber hacerlo. No existe una economía avanzada sin una buena educación, ni productividad sin capital humano. Lo que nuestros alumnos dejan de aprender hoy será conocimiento, innovación, productividad y, al final, riqueza que perderemos mañana.

La verdadera igualdad consiste en que un niño que nace en una familia con pocos recursos pueda recibir una educación tan buena que mañana pueda competir con quien lo ha tenido todo desde pequeño

Cantabria destaca, pero retrocede

Los datos de Cantabria, mi tierra, merecen detenerse un momento. Nuestros alumnos alcanzan 470 puntos en Matemáticas, 461 en Lectura y 490 en Ciencias, claramente por encima de la media española en las tres competencias. Castilla y León, otra de las comunidades que vuelve a destacar, obtiene 472, 466 y 493 puntos, respectivamente. ¿Son datos para estar satisfechos? En parte sí. Cantabria vuelve a demostrar que tiene un sistema educativo capaz de situarse entre los mejores de España. Pero tampoco podemos engañarnos: hemos retrocedido y eso debe preocuparnos. Estar mejor que la media española sirve de poco si la media española cae y nosotros caemos con ella. Yo no quiero que Cantabria se conforme con ser mejor que una España que empeora. Quiero que aspire a estar entre los mejores sistemas educativos de Europa.

Y hay algo que estos resultados vuelven a demostrar: dentro de un mismo país hay comunidades que funcionan mejor que otras. ¿Tan difícil es preguntarse por qué? ¿Qué hacen mejor Cantabria o Castilla y León? ¿Qué podemos copiar? ¿Qué deberíamos corregir? En educación parece que nos cuesta muchísimo reconocer que determinadas cosas funcionan. Preferimos volver una y otra vez a la batalla ideológica. Y mientras discutimos, hemos ido arrinconando palabras que nunca deberían haber resultado incómodas: esfuerzo, mérito, exigencia, excelencia y afán de superación.

También hemos cometido otro error: confundir igualdad de oportunidades con rebajar las expectativas. Para mí es exactamente al revés. La verdadera igualdad consiste en que un niño que nace en una familia con pocos recursos pueda recibir una educación tan buena que mañana pueda competir con quien lo ha tenido todo desde pequeño. Ese es el verdadero ascensor social. Y conviene recordar algo: cuando la escuela deja de exigir, quien tiene dinero compra la exigencia fuera. Paga idiomas, clases particulares, refuerzo, tecnología o experiencias internacionales. Quien no puede permitírselo depende de lo que le demos en la escuela. Por eso rebajar el nivel nunca perjudica especialmente al privilegiado. Perjudica al que más necesita que la educación pública funcione.

Y ahí volvemos a la economía. No podemos pretender tener salarios europeos con una productividad que no lo es. Ni competir por conocimiento si cada vez tenemos menos conocimiento. Una comunidad pequeña como Cantabria difícilmente va a competir por tamaño. Tenemos que competir por talento, formación, universidad, ciencia, industria e innovación. Nuestro mejor recurso está sentado cada mañana en un aula. Y no creo que exista inversión pública más rentable que conseguir que esos niños y jóvenes salgan de ella mejor preparados que cuando entraron.

Pero para mí hay algo todavía más importante. Cuanto mejores son los datos de educación, más libre es un país. Una persona que comprende lo que lee es mucho más difícil de engañar. Quien sabe matemáticas puede entender una nómina, los intereses de una hipoteca o preguntarse qué esconden algunas cifras que escucha en televisión. Quien tiene cultura científica distingue mejor una evidencia de una ocurrencia. Y quien ha aprendido a pensar puede escuchar a un político —también a los de mi partido, por supuesto— y decidir por sí mismo si lo que le están contando tiene sentido. Eso es ser libre.

Por eso nunca he entendido esa especie de alergia hacia la excelencia o el esfuerzo. Yo quiero jóvenes que aspiren a más. Que quieran saber más que nosotros. Que pregunten. Que discutan. Que se equivoquen y vuelvan a intentarlo. Que lean. Que sepan hacer números. Que conozcan nuestra historia y nuestra literatura. Que entiendan ciencia. Y, sobre todo, que tengan criterio propio. Otros parecen sentirse más cómodos con un modelo distinto: mejor mansos y pastoreados. Y, a poder ser, sin comprensión lectora. Yo no.

Dentro de unos días PISA habrá desaparecido de los titulares. Tendremos una nueva polémica y probablemente nos olvidaremos de estos números. Pero los niños que hoy están sentados en un aula en Santander, Torrelavega, Reinosa, Castro Urdiales, Miengo o cualquier otro rincón de Cantabria serán quienes dentro de quince o veinte años trabajen en nuestras empresas, atiendan nuestros hospitales, investiguen en nuestras universidades, creen nuevas compañías y sostengan nuestro Estado del bienestar.

La Cantabria de 2040 y la España de 2040 se están decidiendo esta mañana en un aula.

Podemos felicitarnos porque Cantabria resiste mejor que la media. Pero conformarnos, nunca. Porque en educación conformarse también es retroceder.

Y porque suspender hoy puede significar empobrecernos mañana. Educar mejor hoy significa ser más prósperos y, sobre todo, más libres.

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