Gobernar es hacer que las cosas funcionen

Gobernar no consiste únicamente en aprobar planes y movilizar millones, sino en conseguir que las cosas funcionen cuando llegan a la calle

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante la presentación del acto ‘IA360: plan para un despliegue responsable de la IA’, en La Moncloa.Europa Press

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Esta semana hemos hablado de inteligencia artificial, de vivienda, de inflación, de trenes que no llegan y de empresas que buscan trabajadores y no los encuentran. Aparentemente son asuntos distintos, pero cuanto más los miro, más relación encuentro entre ellos. Y seguramente influya que los mire desde Cantabria, mi tierra, donde los grandes debates nacionales dejan enseguida de ser estadísticas para convertirse en problemas bastante más cercanos, con nombres, apellidos y consecuencias muy concretas.

Al final, detrás de todos ellos hay una pregunta bastante sencilla: ¿por qué nos cuesta tanto conseguir que las cosas funcionen?

Y no estoy hablando de nada especialmente complicado. Hablo de que una empresa encuentre a los profesionales que necesita, de que un joven pueda acceder a una vivienda, de que una inversión no se eternice entre trámites administrativos o, simplemente, de que cuando alguien llega a una estación porque tiene que ir a trabajar, el tren aparezca. No parece pedir demasiado. Pero tengo la sensación de que, poco a poco, hemos conseguido convertir lo normal en extraordinario.

Esta semana el Gobierno ha presentado IA360, un nuevo plan para impulsar la inteligencia artificial en España con el objetivo de convertirla en motor económico y de talento. Me parece bien que España quiera estar en esa carrera. Llevo años trabajando en cuestiones relacionadas con la ciencia, la innovación y la universidad y tengo pocas dudas sobre las oportunidades que abre la inteligencia artificial. Pero después miro a Cantabria y me encuentro con algo bastante menos futurista: nuestra industria del metal calcula que necesita alrededor de 8.000 profesionales para garantizar su crecimiento y su relevo generacional. Faltan soldadores, mecánicos y especialistas en electrónica y robótica.

Y esto, sinceramente, cuesta entenderlo. Queremos competir en la economía del futuro mientras tenemos dificultades para cubrir algunos de los puestos de trabajo que necesitamos hoy. Hay empresas buscando trabajadores y personas buscando oportunidades, pero no siempre conseguimos que unas y otras se encuentren. Algo no estamos haciendo bien en la conexión entre educación, Formación Profesional, universidad y empresa. Quizá llevamos demasiado tiempo hablando de los títulos que ofrecemos y demasiado poco de los profesionales que realmente necesitamos.

Con la vivienda pasa algo parecido. Llevamos años escuchando planes, anuncios, medidas y discusiones interminables sobre quién tiene la culpa, mientras para muchos jóvenes independizarse se ha convertido casi en una carrera de obstáculos. Y aquí reconozco que mi experiencia municipal condiciona bastante mi manera de verlo. Cuando trabajas en un ayuntamiento descubres muy pronto la enorme distancia que puede haber entre saber que algo hace falta y conseguir que finalmente se haga. Informes, procedimientos, autorizaciones, plazos… y más plazos.

Podemos discutir todo lo que queramos sobre fiscalidad, alquileres, regulación o ayudas, pero si necesitamos más viviendas de las que somos capaces de poner en el mercado tenemos un problema de oferta. Y hay una realidad que, por muchas vueltas que le demos, no cambia: las casas que no existen no se pueden alquilar ni comprar. Construir requiere suelo, planificación, licencias, trabajadores, financiación y tiempo. Simplificar procedimientos no significa cargarse controles ni garantías. Significa conseguir que la Administración ayude a resolver problemas en lugar de crear alguno más por el camino.

Y luego están nuestros trenes. Digo nuestros porque para quienes somos de Cantabria este asunto hace tiempo que dejó de ser una estadística. El martes, precisamente en el Día Mundial Sin Coche, 17 trenes de Cercanías fueron suprimidos en Cantabria y al día siguiente volvieron las demoras y nuevas supresiones. La coincidencia tendría cierta gracia si detrás no hubiera gente intentando llegar a trabajar, estudiar, acudir al médico o, sencillamente, volver a casa.

Quien vive en Cantabria sabe que el transporte público no es un debate teórico. Nuestra dispersión geográfica hace que para muchos vecinos el coche no sea un capricho, sino una necesidad. Y, seamos serios, no podemos pedir a la gente que deje el coche en casa y después dejarla tirada en el andén. Si queremos que alguien cambie sus hábitos de movilidad, lo primero será ofrecerle una alternativa que funcione.

Esta misma semana también se ha autorizado la licitación de las obras de integración ferroviaria de Torrelavega, con un presupuesto de 128,6 millones de euros. Es una inversión importante. Claro que necesitamos nuevas infraestructuras, pero necesitamos también que las que utilizamos cada mañana funcionen. Porque podemos hablar de millones y de futuras actuaciones, pero al que está esperando en un andén y acaba de descubrir que su tren ha sido suprimido todo eso le queda bastante lejos.

Y mientras tanto están los precios. El último dato del IPC sitúa la inflación anual de agosto en el 4,3 %, pero en Cantabria alcanzó el 5,1 %, la tasa más alta entre las comunidades autónomas. El transporte subió además un 9,5 % interanual. Para una familia que llena el depósito, hace la compra, paga una hipoteca o un alquiler y procura que las cuentas cuadren a final de mes, esto no es macroeconomía. Es su día a día.

Después de años combinando la política nacional con la municipal, cada vez tengo más claro que hay una enorme diferencia entre anunciar algo y conseguir que funcione. Desde Madrid es relativamente fácil hablar de millones, estrategias y grandes objetivos. En un ayuntamiento la perspectiva cambia bastante. Al vecino le importa poco cómo se llama el plan; quiere saber cuándo se arregla su calle, cuándo se soluciona el problema de saneamiento o cuándo va a recibir respuesta a eso que lleva meses esperando.

Por supuesto que necesitamos planes, leyes y presupuestos. Pero no confundamos el instrumento con el resultado. Aprobar una estrategia de empleo no significa haber formado al profesional que necesita una empresa; anunciar una política de vivienda no equivale a haber construido una vivienda; y comprometer millones para una infraestructura tampoco significa que esté hecha.

España tiene talento, empresas, universidades, industria y capacidad para competir. Y Cantabria, que es desde donde yo miro muchas veces España, tiene industria, conocimiento, universidad, territorio y, sobre todo, gente con ganas de hacer cosas. Por eso me niego a aceptar que tengamos que acostumbrarnos a celebrar como una pequeña victoria que aquello que debería funcionar con normalidad finalmente funcione.

Quizá deberíamos dedicar algo menos de tiempo a contar lo que vamos a hacer y bastante más a mirar qué pasó después. Si una licencia tarda meses o años, habrá que preguntarse por qué. Si las empresas no encuentran trabajadores, habrá que ver qué estamos formando. Si faltan viviendas, habrá que conseguir que se construyan. Y si un servicio público falla una y otra vez, no basta con anunciar inversiones para dentro de unos años. Habrá que arreglar lo que está fallando hoy.

No es ninguna teoría revolucionaria. Es gestionar.

Y probablemente mi paso por la política municipal tenga mucho que ver con que lo vea así. En un ayuntamiento aprendes pronto una cosa: los problemas no desaparecen porque hayas dado una rueda de prensa sobre ellos. Al día siguiente sales a la calle, te encuentras al vecino y te pregunta: «Bueno, ¿y lo mío qué?».

A veces pienso que a la política nacional no le vendría nada mal un poco de esa lógica municipal. Menos distancia entre el despacho y la calle, menos obsesión por anunciar y más empeño en hacer. Porque, al final, para el ciudadano una política pública no funciona cuando la anuncias, ni siquiera cuando la publicas en el BOE.

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