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Zimbawe y Francia

La incertidumbre política en Francia dispara la preocupación por su deuda pública y amenaza con contagiar al resto de Europa. El auge del populismo y la desconfianza de los inversores ponen en jaque la estabilidad económica europea.

CONTACTO vía Europa Press

Miguel Cornejo
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Un comentarista económico comparaba lo que está pasando en Francia (y quizá pronto en Reino Unido) con lo que pasó en Zimbabwe cuando uno de sus líderes tomó decisiones tan contraproducentes como las declaraciones de Melenchon, y de algunos ministros británicos.

Para los que no lo hayan seguido (y con los espectáculos que tenemos en casa, no sería raro), el bono del Estado francés está alcanzando unos tipos de interés más que preocupantes. No sólo por su altura y coste, sino por sus razones. Francia no es sólo un país desarrollado más. Es uno de los ejes de la Unión Europea a todos los niveles: desde el presupuestario, donde ocupa la divisoria entre frugales y beneficiarios, al militar, donde su paraguas nuclear es la auténtica defensa de Europa. Francia es la clave del edificio, y se está agrietando de modo preocupante.

Por un lado, las intenciones de Melenchon de rechazar parte de la deuda pública son la misma promesa que se lleva haciendo desde cualquier campaña populista desde los comicios romanos: la anulación de la deuda siempre ha sonado a liberación, aunque en este caso se trate de una deuda que los franceses no perciben directamente. Es una promesa que parece absurda pero que se ha llevado a la práctica suficientes veces para no descartarla del todo.

Por otro lado, las oportunidades que pueda tener Melenchon de llevarla a la práctica no son tantas como él quisiera. Pese a la polarización, e incluso pese a la remota posibilidad de aglutinar a la oposición a Le Pen, no tiene probabilidad real de conseguir el control del legislativo francés.

Pero el dinero es cobarde. Especialmente el que invierte en deuda pública. Lo hace porque es el refugio seguro, y el tesoro francés lo parece cada vez menos, especialmente a los que viven la situación desde dentro. Y una situación de riesgo e incertidumbre es una invitación al otro tipo de especuladores: los que están dispuestos a arriesgar mucho para conseguir un resultado poco probable.

Y el miedo se extiende de un modo poco racional. Se extiende a países con deudas altas, políticos populistas, inseguridad jurídica. Donde se extiende, aumenta el coste de la deuda y por tanto el de pagarla: decenas de miles de millones de euros cada pequeño movimiento.

Todo esto sucede en un momento en que buena parte de Europa estaba apostando por un estímulo fiscal, por aumentar el gasto publico a costa de aumentar el endeudamiento. En un momento en que nuestra competitividad está peligrando (allí donde la tienen; aquí queda poca). En un momento, en resumen, frágil.

Se pueden buscar muchas razones para decir que el miedo supera lo razonable, y son casi todas ciertas. Pero eso al miedo no le importa. Y se retroalimenta. Francia tiene que encontrar el modo de transmitir que no está en manos de irresponsables ni de ignorantes, que no es Zimbabwe. Y nosotros también.

Las elecciones pueden ser un comienzo, o no. Pero incluso si cambia el gobierno, la influencia de una oposición populista y extremista en la visión que los inversores tienen de la seguridad de su dinero, y lo que piden por arriesgarlo, ha quedado demostrada con el caso francés.

Una razón más para votar con cuidado. Pero también una razón más para que, gobierne quien gobierne, se ponga de una vez a tratar los desequilibrios y problemas que venimos arrastrando desde hace demasiado tiempo, y que son lo que alimenta a los populismos.

Por que los populismos, como los especuladores, no son la causa de los problemas. Son los que se aprovechan de ellos. Eliminemos los problemas y dejarán de preocuparnos.

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