21 de Junio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Una imagen de la invasión de Ceuta
Una imagen de la invasión de Ceuta

España debe defender sus fronteras del abordaje de Marruecos

La reacción marroquí a los torpes movimientos de Sánchez e Iglesias es inaceptable. Ningún país serio puede consentir una invasión de su territorio nacional teledirigida.

| ESdiario Editorial

 

Por si España no acumulara ya suficientes problemas, en las últimas horas le ha sobrevendo uno nuevo de enorme envergadura e inciertas consecuencias, con la crisis migratoria desatada en Ceuta con la llegada de 5.000 inmigrantes procedentes de Marruecos, en una operación claramente política de Rabat fruto de su profundo descontento con Madrid.

Antes de nada, conviene recalcar que la injerencia marroquí utilizando a seres humanos dignos de respeto es inadmisible, grave y de consecuencias imprevisibles: la movilización del Ejército español es inevitable, pues nadie sabe si a esta primera oleada pueden sucederle otras ni cuáles son las consecuencias de todo tipo de esa auténtica invasión. 

 

Pero es obvio que el desembarco masivo también es un contundente aviso de Rabat a Madrid que consolida una crisis generada por Moncloa con su escasa habilidad diplomática hacia un país clave para España.

La hostilidad demostrada hacia Marruecos por Pablo Iglesias, cuando era vicepresidente, está en el origen de este conflicto: su defensa del Sáhara fue contemplada por Rabat como una agresión, en un momento en el que Estados Unidos reconoció formalmente la soberanía marroquí sobre ese territorio.  

España tiene el derecho y la obligación de evitar, con el Ejército si es preciso, una invasión política ordenada por Rabat

Y la hospitalización en España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali, es la gota que colma el vaso: trasladarlo desde Argelia, donde estaba ya siendo atendido por COVID y otras dolencias, es contemplado como un gesto hostil por Marruecos, que califica al invitado español como un terrorista y no como un activista político.

En todo caso, se confirma la inestable política exterior española, cercana al desastre: despierta recelo en Bruselas; rechazo en la Casa Blanca e indiferencia en el resto. Y contribuciones como la de Zapatero en Venezuela no ayudan, precisamente, a enmendar ese deterioro.

Mientras se resuelve lo estructural, si acaso tiene remedio, hay que atender lo coyuntural. Y sin olvidar que esta crisis está protagonizada por seres humanos, 1.500 de ellos menores de edad, es evidente que España no puede tolerar, en ningún caso, la profanación de sus fronteras por el capricho caciquil de un Rey que, sean cuales sean sus opiniones sobre la diplomacia española, carece de derecho alguno a impulsar otra versión de la Marcha Verde.