28 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Pedro Sánchez
Pedro Sánchez

Sánchez puede hacer el ridículo con Biden, pero España no con EEUU

El bochorno protagonizado por el presidente español no debe ocultar el enorme problema de fondo existente entre España y Estados Unidos.

| ESdiario Editorial

Madrid acogerá la cumbre anual de la OTAN en 2022, lo que sin duda es beneficioso para la imagen y el posicionamiento de España en la comunidad internacional, muy deteriorado por la errática diplomacia del Gobierno desde 2018.

El éxito quedó oscurecido por la absurda campaña de propaganda de Moncloa para Pedro Sánchez, que vendió como un hito una reunión del presidente español con el norteamericano que no llegó a celebrarse y se limitó a un gélido paseo de unos segundos en el que Joe Biden ni siquiera habló y no llegó a despedirse de Sánchez.

El encuentro solo existió en la maquinaria propagandística de Moncloa: no figuró en la agenda oficial de la Casa Blanca al comienzo del día y, tras el brevísimo encuentro, tampoco se consignó en el resumen de la jornada elaborado por la diplomacia estadounidense.

 

Pese al fiasco, Sánchez se empeñó en presentar el contacto como una cita muy productiva y sus servicios llegaron a calificarla de “encuentro bilateral”, pese a las imágenes tan elocuentes que todo el mundo pudo ver.

España no se puede engañar y ha de averiguar y rectificar, si lo considera oportuno, las causas del aparente abismo que le distancia de Washington.

Los escasos segundos de contacto reflejaron casi desprecio de Biden a Sánchez, algo que no debe satisfacer ni a sus detractores y exige una aclaración de la diplomacia española y de la americana: por distante que sea la relación entre ambos y razones que hubiera para ignorar al presidente español; el líder americano no puede depreciar así a un aliado sólido y a un país como el nuestro, digno de aprecio y respeto siempre.

España tiene un problema

El desdén de Biden no parece casual: se ha negado a hablar con Sánchez tras siete meses en la presidencia; ha contactado mientras con 30 líderes mundiales de potencias inferiores a España; se ha mostrado más cercanos a Marruecos que a España en el conflicto de Ceuta y ha permitido, cuando no provocado, una escena humillante incluso para Sánchez.

En diplomacia no existe la casualidad: cada gesto se calcula y tiene una intención clara. España no se puede engañar y ha de averiguar y rectificar, si lo considera oportuno, las causas del aparente abismo que le distancia de Washington. Y este mayúsculo inconveniente no puede ignorarse para no estropear el enésimo ejercicio de autobombo fatuo de Sánchez.