El escándalo del siglo no cesa: La basura de Epstein salpica a empresarios, políticos y casas reales
Seis años y medio después del fallecimiento de Jeffrey Epstein en una cárcel de Manhattan, el goteo de revelaciones procedentes de los archivos desclasificados sigue sacudiendo a la élite global. La última gran entrega de documentos, más de tres millones de páginas, miles de vídeos e imágenes, obliga a revisar las explicaciones ofrecidas por personajes de primer nivel que durante años minimizaron o negaron cualquier vínculo significativo con el pederasta.

Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell.
Los correos electrónicos, invitaciones y mensajes privados que ahora ven la luz muestran una familiaridad que choca con las declaraciones públicas de distancia o desconocimiento. Desde magnates tecnológicos hasta financieros de Wall Street, pasando por asesores de la Casa Blanca y multimillonarios británicos, las pruebas documentales contradicen la liturgia defensiva repetida tras el arresto y muerte de Epstein en 2019: “apenas lo conocía”, “fue algo casual”, “ignoraba sus crímenes”.
Uno de los casos más llamativos es el de Elon Musk. El empresario ha asegurado en múltiples ocasiones que rechazó cualquier invitación a la isla privada de Epstein por motivos éticos. Sin embargo, entre los archivos figura un correo de 2012 en el que Musk pregunta textualmente: “¿Qué día o noche será la fiesta más salvaje en tu isla?”. Tras la difusión del mensaje, Musk precisó que la correspondencia fue escasa y que siempre rechazó las propuestas, consciente de que podían ser malinterpretadas. Aun así, el intercambio evidencia una cercanía mayor a la reconocida públicamente.
Otro nombre destacado es Howard Lutnick, actual secretario de Comercio en la administración Trump. Lutnick ha relatado que una visita a la mansión neoyorquina de Epstein a mediados de los 2000 le provocó tal rechazo que decidió cortar todo contacto. Los documentos muestran, sin embargo, que en 2012 organizó, vía correo, una visita a la isla junto a su esposa e hijos justo antes de Navidad. Un asistente de Epstein le escribió después un escueto “encantado de verte”. Lutnick insiste en que pasó “cero tiempo” con él, pero los mensajes indican que ese tiempo, al menos en algún grado, sí existió.
También aparece Kathy Ruemmler, exasesora jurídica de Barack Obama y actual consejera general de Goldman Sachs. Admitió haber prestado servicios profesionales a Epstein, pero los nuevos correos amplían el marco: conversaciones sobre posibles encuentros, referencias a “las chicas”, comentarios sobre sueños y aceptación de regalos de valor. Goldman Sachs defiende que se trataba de favores no solicitados y que “las chicas” aludían a una clienta y sus hijas. La ambigüedad, no obstante, desmiente la distancia que se había proclamado.
Igualmente revelador es el caso de Richard Branson. Un intercambio de 2013 deja ver confianza: “Fue muy agradable verte ayer”, escribe el dueño de Virgin Group, antes de añadir una invitación que hoy resulta problemática: “Siempre que traigas tu harén”. Un portavoz aclaró que fue una reunión de negocios y que las mujeres eran adultas y no estuvieron presentes. El lenguaje, empero, delata un clima de familiaridad difícil de ignorar.
Los expedientes retratan a Epstein no como un depredador aislado, sino como un anfitrión bien conectado, un contacto útil en los círculos de poder al que muchos prefirieron no escrutar con detenimiento. Hollywood, Wall Street, Washington, la realeza británica y hasta algunos nombres españoles aparecen representados, en varios casos no como contactos puntuales, sino como visitantes recurrentes. Incluso después de la condena de 2008 como delincuente sexual, los vínculos se mantuvieron con naturalidad, según muestran mensajes cordiales y favores cruzados.
Aunque la publicación masiva no ha aportado hasta ahora pruebas de nuevos delitos graves entre los mencionados, sí desmonta la arquitectura de excusas que muchos levantaron tras la muerte de Epstein. El hermano del financiero sigue reclamando una investigación a fondo sobre las circunstancias de aquel suicidio oficial en una prisión de máxima seguridad.
Los documentos hablan. Y su voz, minuciosa y obstinada, continúa incomodando a una élite que durante años creyó que el silencio sería suficiente.