Las claves del doblete sísmico que sacudió Venezuela: por qué ocurrió y qué puede pasar ahora
Los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 se produjeron con solo 39 segundos de diferencia en una zona de gran actividad tectónica. Los expertos advierten de que continuarán las réplicas, pero descartan que pueda anticiparse cuándo llegará otro gran seísmo.

Repercusión de la tragedia en Venezuela
Los dos potentes terremotos registrados el 24 de junio en el norte de Venezuela han situado nuevamente al país ante una de sus mayores amenazas naturales. Los primeros análisis apuntan a que no se produjo el esquema habitual de un gran terremoto seguido de una réplica de menor intensidad, sino una secuencia excepcional formada por dos movimientos de magnitudes muy similares.
El primer temblor alcanzó una magnitud de 7,2. Solo 39 segundos después se registró otro de magnitud 7,5 cerca de Yumare, en el estado Yaracuy. El Servicio Geológico de Estados Unidos ha descrito inicialmente lo ocurrido como un doblete sísmico, un fenómeno en el que dos terremotos de tamaño parecido se producen prácticamente en el mismo lugar y con muy poca separación temporal.
Esta circunstancia impide considerar automáticamente al segundo movimiento como una réplica. Las réplicas acostumbran a presentar una magnitud menor que la del terremoto principal, mientras que en este caso el segundo seísmo fue incluso más potente que el primero.
Los estudios científicos tendrán que determinar ahora si se trató realmente de dos rupturas independientes en fallas o segmentos próximos o de distintas fases de un único terremoto complejo. Los grandes seísmos pueden romper el terreno durante varios segundos y extender la fractura por diferentes puntos de una misma estructura geológica.
El origen de la secuencia está relacionado con la posición geográfica de Venezuela. El norte del país se encuentra en el límite entre las placas tectónicas del Caribe y Sudamericana, dos enormes bloques de la corteza terrestre que mantienen un desplazamiento constante.
Ese movimiento va acumulando tensión bajo la superficie durante años o décadas. Cuando las rocas dejan de soportar la presión, se fracturan y liberan repentinamente la energía almacenada. El resultado es un terremoto cuya intensidad en superficie depende de factores como su magnitud, profundidad, distancia respecto a las ciudades y características del terreno.
Los terremotos de esta semana se produjeron a escasa profundidad, alrededor de diez kilómetros según los datos preliminares. Los seísmos superficiales pueden generar sacudidas especialmente intensas porque sus ondas recorren una distancia menor hasta alcanzar la superficie.
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Patricia Rodríguez Corchado
¿Puede producirse otro gran terremoto?
Los científicos no pueden descartar que se registre otro movimiento fuerte, pero tampoco pueden anunciar que vaya a ocurrir. Ninguna tecnología permite predecir con precisión la fecha, la hora, el lugar y la magnitud de un terremoto.
Las redes de vigilancia sísmica detectan las primeras ondas cuando la ruptura ya ha comenzado y permiten localizar rápidamente el epicentro, calcular la magnitud y analizar el comportamiento de las fallas. Sin embargo, no funcionan como un sistema capaz de anticipar un seísmo con días o semanas de antelación.
Lo más previsible después de dos terremotos de gran magnitud es que continúe una secuencia de réplicas. Estos movimientos pueden prolongarse durante días, semanas e incluso meses, aunque normalmente disminuyen de forma progresiva tanto en frecuencia como en intensidad.
La mayoría de las réplicas serán considerablemente más débiles que los dos terremotos principales. Algunas, sin embargo, pueden sentirse con fuerza y provocar nuevos desprendimientos o daños en edificios que hayan quedado afectados por las primeras sacudidas.
Los primeros días son especialmente delicados porque las construcciones dañadas pueden haber perdido estabilidad. Las autoridades y los organismos de emergencia recomiendan evitar el acceso a inmuebles con grietas o daños estructurales hasta que sean revisados por personal especializado.
Antecedentes en Venezuela
Venezuela cuenta con numerosos antecedentes de terremotos destructivos. Uno de los más recordados es el que golpeó Caracas el 29 de julio de 1967. Aquel seísmo, de una magnitud aproximada de 6,6, causó graves daños en la capital y en el litoral central y dejó centenares de fallecidos.
El 9 de julio de 1997, otro terremoto afectó especialmente a Cariaco, en el estado Sucre. El movimiento provocó decenas de muertes, numerosos heridos y la destrucción de viviendas y centros educativos.
Más recientemente, el 21 de agosto de 2018, un terremoto de magnitud 7,3 se produjo cerca de la costa nororiental venezolana. Su epicentro se situó al este de Carúpano y fue percibido en Caracas, distintos territorios del Caribe y varias zonas de Colombia. Aunque alcanzó una magnitud similar a la de los movimientos actuales, ocurrió a una profundidad considerablemente mayor, circunstancia que redujo sus efectos en superficie.
Los registros históricos también recogen el terremoto de 1900, estimado en magnitud 7,7 y considerado uno de los mayores sufridos por Venezuela desde que existen mediciones instrumentales. La nueva secuencia se sitúa, por tanto, entre los episodios sísmicos más potentes registrados en el país durante el último siglo.
La localización de las réplicas permitirá a los especialistas reconstruir la extensión de la ruptura y conocer qué zonas de la falla liberaron su energía. Hasta que avance ese análisis, los organismos científicos insisten en diferenciar las estimaciones probabilísticas de las predicciones: Venezuela seguirá registrando terremotos, pero actualmente resulta imposible determinar cuándo tendrá lugar el siguiente gran movimiento.