Caso errejón

Mouliaá vuelve a Plaza de Castilla y cambia otra vez el guion: de “retiro la denuncia” a “me quiero ir del país”

Nuevo capítulo en los juzgados de Plaza de Castilla: Elisa Mouliaá se presenta para reafirmar que seguirá en el proceso contra Inigo Errejon después de haber deslizado días atrás que se apartaba. Llega tarde, se habla de ansiedad, denuncia “bulos” y dice sentirse “sola”

Los alrededores de los juzgados de Plaza de Castilla volvieron a convertirse este martes en escenario de una secuencia que ya empieza a parecer una serie de capítulos desordenados. Elisa Mouliaá reapareció ante los medios para sostener que sigue adelante en el procedimiento que afecta a Inigo Errejón, después de que días atrás diera a entender —con foto incluida— que daba marcha atrás.

En otras palabras: lo que parecía un repliegue, se vende ahora como una ratificación. Y en mitad, un debate que nadie debería tomarse a la ligera: cómo se gestiona un asunto judicial delicado cuando, a la vez, se convierte en espectáculo mediático.

Dos relojes: el del juzgado y el del relato público

Según lo relatado a pie de puerta, Mouliaá acudió al juzgado de instrucción correspondiente en Madrid para formalizar que continúa personada en el proceso. El problema es que el reloj del juzgado corre por un carril —escrito, formal, lento— y el reloj del relato público va por otro —emocional, inmediato, cambiante—. Y cuando ambos se mezclan, el resultado suele ser confusión.

Más aún si, como se ha visto estos días, el mensaje oscila entre el “esto se acaba aquí” y el “llego hasta el final”, con paradas intermedias en forma de comunicaciones a trompicones y gestos pensados más para redes que para el sumario.

La comparecencia: ansiedad, quejas y una frase que lo resume todo

A las puertas del edificio, la actriz defendió que existen informes periciales y psicológicos que respaldarían el impacto que dice haber sufrido. También denunció una campaña de descrédito, habló de “bulos” y de sentirse sola. En un momento especialmente llamativo, dejó caer una idea que retrata el clima que dice estar viviendo: “me dan ganas de tirar la toalla e irme del país”.

Su entorno justificó el retraso ante los medios por un episodio de ansiedad. Nadie está obligado a convertir su estado anímico en un parte público, pero cuando se convoca a periodistas y se teatraliza cada paso, el foco se desplaza: ya no se discute solo lo judicial, sino el modo de contarlo.

El daño colateral: cuando el ruido tapa a quienes no tienen altavoz

El comentario que se repite —y que en este caso no puede despacharse como “maldad mediática”— es el del efecto rebote: si un asunto de este calibre se presenta como un carrusel de anuncios contradictorios.

Porque una cosa es la presunción de inocencia y el respeto al procedimiento —obligatorios— y otra es el circo. Y el circo, al final, siempre termina devorando a alguien: o al denunciante, o al denunciado, o a quienes miran desde fuera intentando entender qué es verdad y qué es puro ruido.

Un cierre que no cierra nada

A día de hoy, lo único sensato es esto: el procedimiento seguirá su curso y será la justicia la que determine en qué queda todo. Mientras tanto, el caso continúa alimentado por lo peor de los dos mundos: la solemnidad de los juzgados y el histrionismo del plató.

Y en ese choque, la gran pregunta ya no es solo qué pasará en el sumario, sino quién está ganando con tanto vaivén. Porque desde luego, la credibilidad pública —esa que cuesta años construir y se pierde en un par de publicaciones— no suele salir indemne de estas funciones.