8M en Madrid: el “marido feminista” que mandó callar a su mujer mientras defendía a Irene Montero
El manifestante, entregado a la causa y a la exministra de Igualdad, dejó una de las escenas más contradictorias de la jornada al espetarle a su esposa un sonoro “¡Calla, que estoy hablando yo!” en plena entrevista
Imagen del 8M
Las manifestaciones suelen dejar consignas, pancartas y alguna imagen simbólica. Pero a veces regalan algo mucho más valioso: un instante de verdad. Y el 8M celebrado este domingo en Madrid dejó uno difícil de superar. Entre proclamas feministas, defensa cerrada de Irene Montero y arengas sobre la igualdad, un hombre decidió zanjar la intervención de su mujer con una frase tan rotunda como reveladora: “¡Calla, calla, que estoy hablando yo!”.
Ni el mejor guionista habría escrito una escena tan eficaz para resumir ciertas contradicciones del feminismo militante.
Todo comenzó cuando una reportera de Okdiario preguntó a una pareja asistente a la manifestación por el protagonismo de Irene Montero en esta nueva cita del 8M. La cuestión no era precisamente cómoda: qué opinión les merecía que la exministra siguiera siendo uno de los grandes iconos de la jornada cuando la ley del “solo sí es sí” ha terminado asociada a rebajas de pena para agresores sexuales.
El hombre, visiblemente dispuesto a ejercer de portavoz del matrimonio y de la ortodoxia morada, arrancó con dificultades. “Ha sido la gran ministra de de de…”, balbuceó, en uno de esos tropiezos que suelen aparecer cuando el argumentario no termina de salir. Fue entonces cuando su mujer, bastante más rápida, acudió al rescate con la palabra que faltaba: “Igualdad”.
Con el salvavidas ya en la mano, el manifestante se recompuso y remató la defensa con solemnidad: “Ha sido la gran ministra de Igualdad. Es que si no está ella, esto no tiene sentido”.
La escena ya tenía su punto de ironía, pero todavía faltaba lo mejor. La periodista de Okdiario insistió y lanzó la repregunta que de verdad incomoda a los fieles del monteroismo: si creía que las víctimas de agresiones sexuales, especialmente aquellas que han visto cómo se reducían las condenas de sus agresores, compartían ese entusiasmo.
La mujer intentó entrar en la conversación con un “Pero cuántas víctimas…”. No pudo avanzar más. Su marido, convertido de pronto en autoridad doméstica, la frenó en seco: “¡Calla, calla, que estoy hablando yo!”.
Y ahí quedó retratada la estampa del día. Un hombre que acude a una marcha feminista, defiende a una exministra de Igualdad y, llegado el momento, impone silencio a su mujer para reservarse el uso exclusivo de la palabra. Todo muy coherente. Todo muy pedagógico. Todo muy 8M.
Después del exabrupto, la conversación derivó hacia otro de los clásicos de la izquierda cuando la realidad empieza a incomodar: negar los datos. La mujer, ya con espacio para intervenir, reclamó “rigor científico” frente a unas cifras que no salen de ninguna conspiración mediática, sino de resoluciones judiciales, boletines oficiales y recuentos asumidos por instancias del propio sistema judicial.
Lejos de rectificar, trató de introducir una pirueta argumental conocida: que quizá el problema no era la ley, sino “la aplicación de la ley”. Una fórmula que pretende salvar el dogma político incluso cuando los efectos de la norma son públicos, notorios y han sido motivo de revisión en numerosos tribunales.
La secuencia, en cualquier caso, va mucho más allá de la anécdota. Porque en apenas unos segundos condensó una forma de hacer política y una forma de entender el activismo: mucha pancarta, mucha consigna, mucha superioridad moral y, cuando aparece una pregunta incómoda, mucho nervio, mucha negación y bastante menos igualdad de la que se proclama.
Hay veces en que una manifestación no necesita resumen. Se resume sola. Este 8M en Madrid tuvo uno perfecto: un marido feminista ensalzando a Irene Montero mientras mandaba callar a su mujer. Más que una contradicción, casi un género periodístico en sí mismo.