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Villán de Tordesillas, el pueblo que no tiene nada a la izquierda del PP: Vox gana, Falange tiene alta representación y SALF asoma en el mapa

Vox fue la fuerza más votada en este pequeño municipio vallisoletano, por delante del PP, mientras Falange y SALF completan un resultado que deja a la izquierda convertida en residuo electoral.

Ayuntamiento de Villán de Tordesillas

Ayuntamiento de Villán de Tordesillas

Luis Sordo
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En Villán de Tordesillas (Valladolid) no hace falta abrir una encuesta del CIS para saber por dónde va el viento. Basta con sentarse a media mañana en una cocina con mantel de hule, una botella de tinto sobre la mesa y un plato humeante de guiso delante. Ahí, entre cucharadas, pan y alguna pulla de confianza, se entiende enseguida por qué este pequeño municipio vallisoletano ha vuelto a llamar la atención por una razón que en otros sitios escandaliza y aquí, sencillamente, se comenta.

Los Votos, a la derecha

El pueblo, de apenas un centenar largo de habitantes, ha dejado uno de esos resultados que retuercen el gesto a más de un tertuliano de salón. Vox ha sido la fuerza más votada, el PP ha quedado segundo, y por detrás han aparecido Falange y SALF, rematando una fotografía política que en las ciudades se presentaría como extravagancia, pero que en buena parte de la España agrícola se vive con una naturalidad pasmosa.

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Aquí no hay grandes discursos ni teoría política de cafetería universitaria. Hay campo, gasóleo, cereal, cuentas que no salen y una sensación bastante extendida de que a los de arriba les importa lo justo lo que ocurra en pueblos como éste. Lo demás viene solo.

Un vecino lo resume con sorna castellana, apoyado en la barra y sin apartar la vista del café: “A los del PP los llamamos rojos”. La frase provoca risas. Nadie se lleva las manos a la cabeza. En Villán, el comentario no suena a boutade, sino a termómetro. Porque si hace unos años el Partido Popular era para muchos la casa común del voto conservador, ahora hay quien lo ve como una versión domesticada, tibia y demasiado pendiente de no molestar.

La escena se repite en corrillos pequeños, a la puerta de las naves, en la cooperativa, junto al tractor o al calor de una estufa. Vox ha capitalizado el enfado; el PP conserva estructura, apellido y alcaldía moral en muchos pueblos; Falange mantiene un reducto testimonial pero persistente; y SALF rasca donde hay voto de protesta, bronca contra el sistema y ganas de pegar una patada al tablero. Mientras tanto, la izquierda apenas comparece, convertida en una presencia casi decorativa.

El enfado, la clave

La rareza, en realidad, no está en el resultado. La rareza está en que algunos sigan fingiendo sorpresa.

Porque Villán de Tordesillas no se ha levantado una mañana poseído por ninguna excentricidad ideológica. Lo que hay aquí es un caldo de cultivo muy reconocible: agricultores que llevan años quejándose de los precios bajos, de la presión burocrática, de la PAC, de la competencia exterior y de la sensación de que Europa dicta, Madrid cobra y el pueblo aguanta. A eso se le suma el desprecio cultural que muchos creen percibir desde los centros de poder: cuando no les llaman atrasados, les llaman directamente sospechosos.

Votan con una mezcla de rabia, ironía y cansancio. Votan para hacerse notar. Votan para que alguien, al menos por un día, tenga que pronunciar el nombre del pueblo en un plató o en una redacción. Votan, en definitiva, contra un consenso oficial que les suena lejano, urbano y condescendiente.

Uno de los vecinos, agricultor de secano, lo dice sin adornos: “Aquí vivimos del trigo, de la cebada, de las legumbres y de apretarnos el cinturón. Luego vienen a contarnos lo que tenemos que pensar desde despachos donde no han pisado barro en su vida”. No necesita levantar la voz. Le basta con decirlo.

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