Noche de máxima tensión en Ceuta: Marlaska ordena disparos disuasorios para frenar a los vecinos
Tras la reunión del mando único, cientos de ceutíes cortan calles, vuelcan contenedores y se dirigen a los campamentos. Sánchez pensaba irse otra vez de vacaciones a un hotel de lujo en Andorra.

Captura de un momento de las manifestaciones y protestas de la pasada noche en Ceuta. Imagen mejorada con IA
Ceuta estalló este miércoles por la noche. Ni la declaración de situación de interés para la Seguridad Nacional, ni el mando único encabezado por Ángel Víctor Torres, ni la reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad Nacional han logrado aplacar los ánimos. Todo lo contrario. Casi un mes después de la entrada masiva del 30 y 31 de julio —cuando decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos, muchas a nado por el Tarajal, con un saldo de decenas de muertos—, los ceutíes contemplan que las medidas del Gobierno son insuficientes y, lo que es peor, van encaminadas a convertir su ciudad en un asentamiento permanente de inmigrantes, en un gigantesco CETI. Y han empezado a reaccionar.
Más de 2.000 personas, según las estimaciones más repetidas, se echaron a la calle con banderas de España y de Ceuta. Partieron de la barriada de O’Donnell, frente al Hospital Militar —uno de los recintos que el Gobierno contemplaba para acoger migrantes—, recorrieron las Puertas del Campo y se concentraron ante la Delegación del Gobierno mientras dentro se celebraba una reunión de seguimiento de la crisis presidida por Torres y con la presencia de la ministra Elma Saiz. Los gritos fueron claros: "Ceuta no se vende, Ceuta se defiende", "Un caballa nunca se rinde", «Ceuta no es un CETI", "invasores, expulsión" y peticiones de dimisión del delegado Miguel Ángel Pérez Triano y de Pedro Sánchez.
La protesta no se quedó en el centro. Un grupo de entre 200 y 300 personas se dirigió a la playa del Trampolín, principal asentamiento de los que siguen en la ciudad (el Gobierno habla de unos 5.000; las autoridades locales elevan la cifra). Allí intentaron desalojar el campamento, derribar tiendas, lanzar enseres al mar y encararse con los ocupantes. "Si no se quieren ir, los echaremos nosotros", se oyó. La Policía Nacional, con un dispositivo reforzado, se interpuso, impidió el acceso al grueso del arenal y efectuó disparos disuasorios —salvas de advertencia o de fogueo, según las fuentes— para frenar el avance. También se usó gas. Los inmigrantes corrieron asustados. En la barriada de El Mixto se volcaron contenedores y se gritaba «¡esta es nuestra tierra!». Las calles quedaron cortadas.
El contexto explica la rabia. Tras el salto de finales de julio, la mayoría de los llegados fueron devueltos en las primeras 48 horas, pero miles permanecen durmiendo en playas, naves y calles. Las urgencias están tensionadas, hay denuncias de inseguridad, el inicio del curso escolar se acerca y la percepción ciudadana es que el Estado ha tardado casi un mes en asumir un mando único que la propia ciudad pedía desde el primer día. El real decreto publicado este miércoles prorroga la situación excepcional hasta el 31 de diciembre, con posibilidad de extensión. Para muchos ceutíes eso no suena a solución temporal, sino a conversión de la ciudad en un centro de estancia indefinido.
La gota que ha colmado el vaso ha sido la información de que el presidente del Gobierno pensaba marcharse de nuevo de vacaciones. Tras presidir el Consejo de Seguridad Nacional y el Consejo de Ministros que activaron el mando único, Sánchez tenía previsto viajar este jueves a Andorra con Begoña Gómez, alojarse en el Sport Hotel Hermitage & Spa de Soldeu —un cinco estrellas gran lujo que puede superar los 2.000 euros la noche— y permanecer hasta el domingo. La noticia ha circulado con rapidez entre quienes llevan semanas viendo a su ciudad desbordada. Aunque más tarde se anunció que el viaje se suspendía ante la presión mediática y que el presidente presidirá por videoconferencia una reunión el viernes desde Moncloa, el daño ya estaba hecho: la imagen de inacción y de desconexión ha enervado a una población que contempla la gestión con desesperanza y frustración.
Los ceutíes no ven salida. Ven que las medidas llegan tarde, que priorizan la acogida y la tramitación de asilos sobre la repatriación inmediata, y que su ciudad se está transformando ante sus ojos. Por eso han pasado de las concentraciones a intentar recuperar el espacio público con sus propias manos. La Policía, que el día de la entrada masiva no evitó el desbordamiento, ahora dispara al aire para contener a los vecinos. Esa es la fotografía de esta noche en Ceuta: una ciudad que estalla porque siente que el Estado la ha dejado sola.