Lo que esconde el beso a Begoña: Sánchez intenta recuperar el cinturón rojo de Madrid
El presidente eligió Fuenlabrada para lucir la precampaña del 29N y defender un antiguo granero socialista donde el PP de Ayuso ha recortado distancias y conquistado importantes posiciones electorales

Sánchez besa a su esposa, Begoña Gómez, en Fuenlabrada
El beso a Begoña Gómez y aquel "te quiero" se llevaron todas las miradas. Pero Pedro Sánchez había elegido cuidadosamente dónde protagonizar la fotografía del día. El PSOE sacó su Comité Federal de Ferraz y lo llevó hasta Fuenlabrada, uno de los corazones históricos del cinturón rojo madrileño.
No parece casualidad. Una semana antes Sánchez había estado en Dos Hermanas, otro de esos lugares donde durante décadas al PSOE casi le bastaba presentarse para sentirse en casa. Al día siguiente pasó por Ponferrada. Después de Fuenlabrada, su siguiente parada será Valladolid.
El presidente ha comenzado así el camino hacia las elecciones del 29N regresando a territorios cargados de memoria socialista. Lugares donde el partido conserva organización, militancia y voto, pero en los que ya no puede permitirse dar por descontada aquella fidelidad casi hereditaria.
Fuenlabrada explica mejor que ninguno el problema. En las municipales de mayo de 2023, sus vecinos concedieron al socialista Javier Ayala una aplastante mayoría absoluta. Ese mismo día, cuando cambiaron la papeleta municipal por la autonómica, eligieron mayoritariamente a Isabel Díaz Ayuso. El dragón de tres cabezas para Sánchez.
Dos meses después volvieron a cambiar de opinión. En las generales, Sánchez ganó en Fuenlabrada con siete puntos de ventaja sobre el PP. El viejo cinturón rojo no había desaparecido. Había ocurrido algo quizá más preocupante para el PSOE: había dejado de ser fiel. O peor aún: Ayuso había comenzado a conquistar el bastión del Sur de Madrid.
Durante décadas, al socialismo madrileño le bastaba mirar hacia el sur para saber dónde estaba su gente. Fuenlabrada, Getafe, Leganés, Parla, Alcorcón o Móstoles formaban parte no sólo de su mapa electoral, sino también de su identidad. Hoy ese mapa está agujereado.
Ayuso ha conseguido penetrar en barrios y municipios que parecían impermeables al PP. Alcorcón ya se inclina claramente hacia los populares; Getafe se ha convertido en terreno mucho más disputado; Leganés puede votar a Ayuso y poco después a Sánchez. Las viejas fronteras políticas se han vuelto porosas.
Frente a esa transformación, Sánchez conserva una ventaja importante. Fuenlabrada mantiene un alcalde socialista con mayoría absoluta y, cuando la elección es nacional, continúa respondiendo al PSOE. Precisamente por eso resulta tan valiosa. Es a la vez refugio, escaparate y advertencia de lo que puede perder.
Enfrente tiene a una Ayuso que ha construido una relación con el electorado mucho menos dependiente de las viejas estructuras partidistas. Su enorme capacidad de difusión en redes y su tirón personal le permiten entrar en lugares donde durante años las siglas del PP encontraban un techo electoral.
Sánchez parece haber elegido otra estrategia para comenzar la campaña: regresar físicamente a los lugares donde el PSOE echó raíces. Primero Dos Hermanas. Después Ponferrada y Fuenlabrada. Ahora Valladolid. Antes de buscar nuevos votantes, necesita asegurarse de que los antiguos siguen estando allí.
Este sábado todos miraron a Begoña Gómez. Sánchez la abrazó, le declaró su amor y consiguió la fotografía. Pero quizá el mensaje electoral más importante no estaba en ese pasteleo. Estaba debajo de sus pies. Había elegido Fuenlabrada. Había elegido el cinturón rojo.