La verdadera y tenebrosa cara del sanchismo

El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEuropa Press

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Tras el terrible atentado islamista del 11-M, perfectamente instrumentalizado por el PSOE para culpar al PP del mismo, José Luis R. Zapatero, a pesar de que todas las encuestas auguraban su derrota, alcanzó el poder en abril de 2004. Desde el principio de su mandato el discurso del Gobierno de Zapatero descansó en tres pilares fundamentales, a saber, el guerracivilismo sustanciado en la Ley de Memoria Democrática, el identitarismo woke centrado en el feminismo queer y en la revitalización del por entonces decaído independentismo catalán y vasco. 

En consecuencia, esta suerte de muñeco diabólico con cara de payaso sin necesidad de maquillaje sembró en España la semilla de la discordia y la fragmentación social. Con esta deplorable mochila ideológica a las espaldas, tras cuatro años de mal gobierno llegó la crisis económica de 2008 y Zapatero, demostrando que era un perfecto inútil, no supo capear el temporal, limitándose a negar su existencia, de tal forma que en el año 2010 España estaba al borde de la quiebra y más de 5 millones de españoles, esto es, el 21,5% de la población activa, se encontraba engrosando las filas del paro. 

Debido a todo ello y a las exigencias de la Unión Europea, en mayo de 2010 Zapatero se vio obligado a llevar a cabo el mayor ajuste económico de la democracia, esencialmente consistente en una reducción del 5% del salario de los funcionarios, la congelación de las pensiones y la drástica reducción de las ayudas al desarrollo. Finalmente, en julio de 2011, Zapatero, acuciado por la creciente indignación social, anunció la convocatoria de elecciones anticipadas para el 20 de noviembre de ese mismo año. El PP ganó y Zapatero abandonó la primera línea de la política para convertirse en el faro moral de la izquierda y en el chico de los recados de la narcodictadura chavista a cambio de que le permitieran participar en sus fraudulentos y lucrativos negocios.

Ya en junio de 2018 Pedro Sánchez llegó al poder tras una exitosa moción de censura contra el Gobierno del PP, capitaneado por aquel entonces por un hombre como Mariano Rajoy, tan competente en materia económica como inconsistente en cuestiones ideológicas. Para desgracia de los españoles, nada más instalarse en el Palacio de la Moncloa P. Sánchez no hizo otra cosa que seguir los pasos de Zapatero, profundizando en las políticas que tan deplorables resultados habían traído consigo. Así, impulsó la aprobación de la liberticida y frentista Ley de Memoria Democrática y de la antiigualitaria Ley de Violencia de Género, consiguió legalizar la anticonstitucional Ley de Amnistía, redujo las penas de cárcel a los malversadores y a los violadores, pactó con los seculares enemigos de España, esto es, con los comunistas y los independentistas catalanes y vascos a pesar de sus antecedentes golpistas y filoterroristas, reprodujo el fracaso económico zapaterista convirtiendo a España en el país con la mayor tasa de paro de la Unión Europea, permitió la invasión de Ceuta para satisfacer las pretensiones anexionistas de la monarquía alauita y, para colmo de males, envolvió todo ello en el putrefacto manto de la corrupción más absoluta. No debe, por tanto, sorprender a nadie que actualmente España se halle al borde de la ruptura territorial, la fragmentación social, la supresión del Estado de Derecho, el fraude electoral y el caos general.

Como muestra de todo ello nos encontramos con el innegable hecho de que, tras la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales, los españoles estemos amenazados cotidianamente por un sinfín de disturbios callejeros alentados desde el Gobierno e indignados por las catástrofes ferroviarias provocadas por la incompetencia gestora de P. Sánchez y su gabinete ministerial.

En relación a los disturbios callejeros acaecidos en las últimas semanas nos encontramos la ilegal acampada de perroflautas y parias en la madrileña Puerta del Sol, los violentos ataques a los dirigentes y simpatizantes de Vox en La Coruña, Avilés y Pamplona y los brutales actos vandálicos y saqueos acaecidos en Barcelona y Bilbao, contando todo ello, para más inri, con la connivencia tanto del Ministerio del Interior como de las Consejerías encargadas de la seguridad ciudadana en Cataluña y el País Vasco. Asimismo, informe policiales han detectado en redes sociales la convocatoria de manifestaciones por grupos de extrema izquierda y proislamistas en Madrid, Barcelona, Badalona, Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Valencia, Alicante, Sevilla, Málaga, Zaragoza, Santander, Oviedo y Murcia, sin que ello haya llevado al ministro del Interior a poner en marcha las medidas necesarias para evitar que efectivamente se produzca semejante barbarie. Todo ello viene a poner de manifiesto la escasa catadura moral de los líderes del partido socialista y su pretensión de generar en las calles de todo el territorio español un clima de crispación irrespirable, con la esperanza de que todo ello provoque el 29 de noviembre un vuelco electoral que les permita continuar en el poder.

Por lo que respecta a los accidentes ferroviarios cabe señalar que tras la elección de Óscar Puente como ministro de Transportes, se ha cumplido, como no podía ser de otra forma, la Ley de Murphy, es decir, que todo lo que podía salir mal ha salido efectivamente mal, básicamente porque nuestro simiesco ministro se dedica fundamentalmente a arremeter contra la oposición por Twitter en lugar llevar a cabo las funciones propias del cargo que ostenta. 

Así, en enero de este año se produjo en la localidad cordobesa de Adamuz un terrible accidente que se saldó con el fallecimiento de 46 personas. Tan solo nueve meses después, concretamente en la localidad toledana de Urda y en la misma línea que une Madrid con Sevilla, un AVE se ha empotrado en un Iryo que estaba detenido en la vía provocando la muerte de al menos 69 personas, lo cual convierte a dicha colisión en el mayor accidente de la historia de los trenes de alta velocidad. 

Siendo obviamente trágicos ambos sucesos sin necesidad de más consideraciones, tan siniestra situación adquiere una dimensión dantesca al comprobarse que ambos accidentes responden a la falta de inversión, planificación y ejecución de las necesarias labores de conservación y renovación de la red ferroviaria. Así, el accidente de Adamuz se debió al mal estado de las vías férreas por falta de supervisión de las mismas, mientras que el de Urda vino dado por un triple fallo del sistema de seguridad provocado por la falta de sustitución, prevista desde hacía meses, del obsoleto sistema LZB por el mucho más moderno sistema ERTMS. 

A la luz de los hechos cabe por tanto señalar que ambas catástrofes ferroviarias tienen su origen en la negligente actuación del ministro de Transportes, el cual, con su forma de proceder, ha demostrado sobradamente estar inhabilitado para realizar cualquier tipo de tarea que requiera una cierta capacidad intelectual y un mínimo sentido de la responsabilidad. 

Sin embargo, la cosa no acaba aquí, debiendo añadirse a todo ello el hecho de que mientras España recibía ingentes fondos europeos para renovar la red ferroviaria el Gobierno de P. Sánchez no solo no los utilizó para los fines previstos, sino que en su lugar optó por destinar alrededor de 2.000 millones de euros a sufragar proyectos ferroviarios de otros países, entre los que obviamente se encuentra Marruecos. En definitiva, tras la muerte de 116 personas en sendos accidentes de tren ocurridos como consecuencia de la inconcebible dejadez del Ministerio de Transportes en materia de seguridad ferroviaria solo cabe exigir la inmediata dimisión del titular de dicha cartera, es decir, de ese indecente y nauseabundo personaje llamado Óscar Puente.

Para terminar con la exposición resulta necesario señalar sin ningún tipo de circunloquios que frente a la España ridículamente naif que pretende dibujar el PSOE con su bochornosa y manipuladora campaña electoral la realidad se impone, de tal forma que las calles incendiadas y los accidentes ferroviarios nos muestran de manera brutal e inequívoca la verdadera y tenebrosa cara del sanchismo en estado puro. Qui habet aures, audiat (Biblia Vulgata, Mateo 13:9).