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Sánchez tropieza con Franco y deja KO al Gobierno

Los mimbres con que cuenta el Presidente para salir airoso son endebles y su habilidad para entrecruzarlos suscita ya muchas dudas internas.

Sánchez tropieza con Franco y deja KO al Gobierno

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Las prisas son malas consejeras. Lo mejor suele ser darle a cada decisión su tiempo, su compás, su espacio. Pedro Sánchez quería sacar los restos de Francisco Franco fuera del Valle de los Caídos antes del pasado agosto. Al menos, esa resultó su pretensión inicial. El efectismo ideológico, uno de los resortes del presidente del Gobierno, quedaría impreso en toda la izquierda.

Quizá su idea por entonces era hacer coincidir el traslado de Franco con el aniversario del 18 de julio. En cualquier caso, nadie – no, al menos, el jefe del Ejecutivo - llegó a anticipar la dimensión del fracaso, que lo coloca a los pies de los caballos. A las intenciones siguieron semanas de debate, declaraciones y rectificaciones, hasta poner el Gobierno en marcha el reloj. El decreto ley inició una marcha atrás que en el Palacio de La Moncloa confiaron que finalizase antes del 40 aniversario de la Constitución. Eso también está por ver.

De acabar Franco en el centro histórico de la capital, el Presidente saldrá quemado sin remedio. Y Sánchez lo sabe

Tirando del hilo el Gabinete llegó a un ovillo que no estaba previsto. El deseo de la familia del dictador de enterrar los restos en su cripta privada de la catedral de la Almudena. Un error mayúsculo, así empieza a asumirse en el seno del propio Gobierno, que cosecharía un verdadero estropicio a Pedro Sánchez. Un grave revés. Siempre hay algo de cierto en eso de que el tiempo acaba poniendo a todo el mundo en su lugar, aunque en ocasiones esos ajustes de cuentas se hagan a costa de dolor inocente.

De acabar Franco en el centro histórico de la capital de España, el Presidente saldrá quemado sin remedio. En román paladino, habrá hecho un pan como unas tortas. Y el mismo Sánchez lo sabe. Mejor dicho, lo ha aprendido sobre la marcha. Porque el jefe del Ejecutivo creyó que la exhumación sería un asunto sencillo, cuestión de semanas, y ha acabado en meses para siquiera llevarla a cabo. De hecho, todavía podría retrasarse a 2019.

¿Mea culpa?

Pedro Sánchez ha llegado a entonar en privado una suerte de mea culpa. Actuó por un evidente impulso político, sin estudios previos, y, con la misma velocidad que se disuelve un azucarillo en un vaso de agua, la realidad del procedimiento ha reducido a la nada su precipitación. Unas prisas atribuidas en su momento por cercanos a pillar al PP inmerso en sus primarias y, por tanto, a dificultar su oposición a la medida. Sea como fuere, el presidente del Gobierno hubo de cambiar el paso.

Si desde La Moncloa, en una pirueta más, ha habido quienes han pretendido sembrar confusión a cuenta de una hipotética intervención del Vaticano ante el próximo encuentro de la vicepresidenta, Carmen Calvo, con el secretario de Estado de la Santa Sede, Pietro Parolin, es porque se sienten desorientados e impotentes. La “número dos” del Gobierno ya ha negado que fuese a abordar con la mano derecha del Papa Francisco la inhumación. Lo burdo de la fugaz maniobra prueba sencillamente la pérdida de la iniciativa. Suma y sigue.

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