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EDITORIAL

Los votos de Sánchez meten a la ultraderecha en el Gobierno de la UE

Pedro Sánchez ha fundamentado buena parte de su carrera política en algo así como una misión superior que consistiría en frenar el avance en Europa y en España de lo que él llama la “ultraderecha”

Pedro Sánchez saluda a la presidenta de Italia, Giorgia Meloni.

Pedro Sánchez saluda a la presidenta de Italia, Giorgia Meloni.Francisco J.Olmo / Europa Press

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Pedro Sánchez tiene una ventaja competitiva insuperable para sus rivales: su falta total de escrúpulos y principios. Eso le permite hacer y decir lo que más le convenga en cada momento, como se ha vuelto a demostrar con el acuerdo al que ha llegado en la Unión Europea con Giorgia Meloni y Viktor Orban para que sus candidatos sean comisarios europeos a cambio de que la cuestionada Teresa Ribera logre la ansiada vicepresidencia.

Pedro Sánchez ha fundamentado buena parte de su carrera política en algo así como una misión superior que consistiría en frenar el avance en Europa y en España de lo que él llama la “ultraderecha”. ¡Cuántas veces ha criticado al PP por pactar con Vox y meterle en los gobiernos de diferentes comunidades autónomas! Tanto se ha opuesto al partido de Abascal que ha excluido de manera sistemática a Vox de cualquier ronda de contactos o cualquier negociación. “Con todos menos con Vox” es una frase muy repetida por los socialistas. Todos son todos, incluido Bildu, socio fiel de Sánchez, porque supuestamente, en su cabeza, los herederos de ETA merecen mejor trato y consideración que Vox.

Eso ha sido así para Pedro Sánchez hasta que ha necesitado los votos supuestamente ultras de Meloni y Orbán para conseguir su objetivo, que es lo único que le mueve. En este caso el objetivo era nombrar a Teresa Ribera vicepresidenta de la Comisión Europea y lo ha conseguido a cambio de meter a dos comisarios “ultras” en la Unión Europea.

Sánchez gana una pequeña batalla en Europa a corto plazo, pero a medio plazo se arriesga a perder la guerra en España. El veto a Vox, su principal argumento electoral, se deshace como un azucarillo en el agua, decae por una cuestión de simple y mínima coherencia.

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