Gracias, Reme
La importancia de vivir el momento, de saber decir que no y de lanzarte, sin dudarlo, a por aquello que quieres. Gracias por habernos regalado tanta alegría. Y gracias al destino, pese a todo, por haber hecho que nuestros caminos se cruzaran.
Reme
Nunca imaginé que tendríamos que despedirnos tan pronto.
Despedirme de ti, que eras un torbellino, repleto de vitalidad y para quien nada era un obstáculo. Llegaste a nuestras vidas un primer día de diciembre. Hacía mucho frío. Recuerdo que al día siguiente llovió. Lo recuerdo porque pensé que esa noche, ni la lluvia ni el frío te quitarían el sueño.
Nuestra familia había atravesado meses duros, con pérdidas muy importantes, y decidimos que, restablecida la calma, había llegado el momento de acoger otro gato y ofrecerle nuestro hogar.
Estuve buscando en distintas protectoras y colonias. Había cientos de gatos que necesitaban urgentemente una familia.
Ante mi incapacidad de decidir, le pedí a Remedios, a quien había conocido muchos años atrás y que gestionaba varias colonias en un pueblo de Valencia, que nos ayudara a adoptar un gato. Habíamos sabido de uno que no se adaptaba bien a la colonia y parecía tranquilo. Tal vez era una buena opción para que Rodrigo, nuestro gato, le aceptase. No obstante, delegué en ella la elección del gato que más ayuda necesitara.
Tras muchas conversaciones, me envió una foto.
Era de una gata joven, de apenas un año, atigrada, de color gris. Estaba dentro de una caja de cartón, en una papelería. Había aparecido en el pueblo, en una calle con mucho tráfico e iba mendigando cariño. La habían difundido, pero nadie la reclamaba. El chico de la papelería la dejaba estar ahí unos días, pero no se la podía quedar. Tenía ya varios gatos.
“Es el destino”, me dijo. “Ha aparecido esta gata justo cuando me has pedido adoptar una, así que ésta es para ti”.
Después de testarla, vacunarla y esterilizarla, la llevamos a casa.
Durante el camino, en el transportín, ya apuntó maneras. Era muy inquieta. Así que, Rodrigo, lejos de tener un compañero tranquilo, encontró una polvorilla que apenas estaba quieta cuando dormía. No había mueble que se le resistiera, ni rascador más atractivo que el sofá, ni nada más apetecible para ella que trepar por las cortinas.
Su manera de interactuar con los humanos era mordiendo. No estaba socializada y ese era su modo de jugar y de comunicarse.
Tengo que reconocer que pensé más de una vez que me había equivocado. Que Reme (le pusimos el nombre de su “salvadora”) no se adaptaría a vivir en nuestra casa. También sabía que devolverla a la calle no era una opción.
No obstante, con el paso del tiempo se fue amoldando y nos dejó descubrir a la gata más intrépida, activa y fascinante que he conocido, a la par que una de las más simpáticas, zalameras y cariñosas. La prima Reme (así la llamaban mis sobrinos) era una perrigata (le lanzábamos caramelos que recogía con la boca y nos traía para que se los volviésemos a lanzar) que se alegraba enormemente de las visitas, a las que recibía con todo tipo de agasajos.
Incluso unos vecinos, que temían a los gatos, terminaron por buscarla y llamarla cada vez que salían a la terraza.
Reme era capaz de seducir a cualquiera, con su preciosa carita de ojos verdes y nariz difuminada y su simpatía desbordante. Su presencia llenaba de alegría cada rincón de la casa. Incluso Rodrigo la había aceptado. Puedo decir que la nuestra, era una familia muy feliz.
Sin embargo, a finales de año el abdomen de Reme comenzó a hincharse. Después de todo tipo de pruebas, llegó un terrible diagnóstico: un hemangiosarcoma incurable, que nos dejaba apenas dos meses. Todavía siento el ruido sordo y la angustia mientras el veterinario nos explicaba a qué nos enfrentábamos.
Afortunadamente Reme no tuvo dolores y siguió siendo la gata poderosa y vital que había sido, hasta el último momento, caminado con su amplia tripita como si no pasara nada. Sin separase de nosotros, ni siquiera al final.
Ella, por suerte, no sabía a qué se enfrentaba. Nosotros, por desgracia, sí. Han sido dos meses de aprovechar cada momento junto a ella, de intentar retener cada instante, de duelo anticipado…, aunque verla caminar contenta, con su rabito hacia arriba, lo hiciera más llevadero.
Y ahora, que ya no está, es durísimo afrontar la certeza de que no habrá más miradas cómplices, de esas que lo dicen todo sin palabras. Que ya nadie acudirá a tu llamada, como si no hubiese nada más importante en el mundo entero que atenderte. Que no veremos nunca más a nuestra niña oler el aire, ni dormir la siesta acariciada por los rayos de sol.
Aunque lo intentes, prepararte para la despedida es imposible. Y ahora la casa está vacía, silenciosa, triste. Deambulamos entre el dolor y el vacío. Hasta Rodrigo anda desorientado después de haberse pasado las últimas semanas literalmente pegado a ella.
Nos queda el consuelo de saber que Reme se ha ido sin sufrir, acompañada y querida.
En la calle, de haber sobrevivido estos dos últimos años, hubiese muerto sola, sin cuidados veterinarios, en un rincón tras semanas de agonía. Mi querida Reme, viniste con la lluvia y sólo dos años después te fuiste, acompañada de ella. Y con ella, te llevaste un pedazo de mi alma.
Me quedo todos los momentos que hemos compartido y todo lo que me has enseñado, que no es poco. La importancia de vivir el momento, de saber decir que no y de lanzarte, sin dudarlo, a por aquello que quieres. Gracias por habernos regalado tanta alegría. Y gracias al destino, pese a todo, por haber hecho que nuestros caminos se cruzaran. Si existe alguna forma, estoy segura de que, en algún momento, lo volverán a hacer. Hasta entonces, intentaremos aprender a vivir sin ti, querida Reme.