Errejón: separar la política de una perversión

(Foto de ARCHIVO) El ex portavoz de Sumar en el Congreso Iñigo Errejón llega a declarar a los juzgados de Plaza de CastillaEuropa Press

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Íñigo Errejón, figura prominente de la izquierda española, ha sido recientemente el centro de una controversia que pone en jaque no solo su carrera política, sino también la coherencia de los principios que ha defendido públicamente. Las acusaciones vertidas contra él —de naturaleza sexual y personal— han generado un torbellino de reacciones que trascienden el mero cotilleo y obligan a reflexionar sobre la relación entre la vida privada y la pública en la política.

Errejón, cofundador de Podemos y hasta hace poco portavoz de Sumar en el Congreso, ha construido su imagen sobre la base de un discurso progresista, feminista y éticamente irreprochable. Sin embargo, las denuncias presentadas por la actriz y escritora Elisa Mouliaá, quien alega haber sufrido un episodio de abuso por parte del político, han sacudido esa fachada. Mouliaá asegura que Errejón la acosó en una cita en 2021, un señalamiento que, de confirmarse, chocaría frontalmente con los valores que él mismo ha enarbolado.

No es la primera vez que la conducta personal de un político pone en entredicho su legitimidad para representar causas colectivas. La historia está llena de ejemplos: desde Bill Clinton hasta Dominique Strauss-Kahn, figuras públicas han visto sus trayectorias empañadas por escándalos que revelan una desconexión entre lo que predican y lo que practican. En el caso de Errejón, el golpe es particularmente duro porque su discurso siempre ha girado en torno a la pureza ideológica y la crítica a las élites que abusan de su poder.

La respuesta de Errejón ha sido ambigua. Por un lado, ha negado las acusaciones y ha sugerido que forman parte de una campaña de desprestigio. Por otro, ha anunciado su retirada temporal de la política, lo que muchos interpretan como una admisión implícita de que algo no encaja. Esta ambivalencia solo ha alimentado las especulaciones y ha dado munición tanto a sus detractores como a quienes, desde la izquierda, exigen una depuración interna para salvar la credibilidad del proyecto.

El debate, sin embargo, va más allá de la culpabilidad o inocencia de Errejón. Plantea una cuestión de fondo: ¿hasta qué punto la vida privada de un político debe influir en su rol público? Hay quienes argumentan que lo personal es político, especialmente cuando se trata de alguien que ha hecho de la defensa de las mujeres un eje de su carrera. Otros sostienen que caer en el juicio moral es resbaladizo y puede ser instrumentalizado por adversarios para liquidar a figuras incómodas.

Lo cierto es que este escándalo evidencia una perversión más profunda: la tendencia a idealizar a los líderes políticos como si fueran infalibles, cuando en realidad son humanos, con contradicciones y defectos. Errejón no es una excepción. Separar su figura de la política que dice representar es un ejercicio necesario para no caer en la trampa del mesianismo ni en la hipocresía de exigirle a otros lo que no se cumple en casa.

Mientras las investigaciones avancen y la verdad —judicial o no— se esclarezca, el caso Errejón deja una lección: la política no puede seguir siendo un escenario donde las palabras bonitas encubran las miserias personales. Si algo debe rescatarse de esto, es la urgencia de construir un espacio público donde la coherencia no sea solo un eslogan, sino una práctica.