Ancelotti camina hacia su minuto de silencio

Carlo Ancelotti, durante un partido del Real Madrid.AFP7 vía Europa Press

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Empecé a ver el Madrid-Valencia cuando finalizaba el partido. Vi el 1-2 y me hice una fatídica pregunta. ¿Habrá jugado Lucas Vázquez o tiene coartada? Porque gran parte de los males del Madrid arrancan de las alineaciones en mármol de Ancelotti. El Barcelona vende palcos por 30 años y Ancelotti alquila puestos por temporada.

No importa cuántos goles facilite Lucas Vázquez en propia meta, que llegue más tarde que el linier a su área, que en ataque chute a la entrepierna del defensor o retrase el balón porque no sabe regatear. Jugará siempre. Aunque Ancelotti sepa su torpeza: o le pone niñera (dos jugadores menos) o le sustituye por Valverde (pierde su mejor centrocampista).

No importa que en cada partido Vinicius desperdicie veinte ataques porque pasa mal, tire peor, chupe u obstruya a compañeros. Ni que no defienda o falle un penalti decisivo en Champions. Debe marrar el siguiente penalti crucial en Liga. Hay que mimarlo. Jugará siempre. Ancelotti le regaña a diario porque defiende mal y juega donde quiere. ¿No puede sentarlo?

Dicen expertos que Vinicius es el número uno o está en el top tres mundial. Pero en España es undécimo goleador y en Champions noveno. Qué malos deben de ser los tres mejores del mundo. El masaje mediático le nubla. Se debate si es MVP tras un partido lamentable y un penalti desperdiciado frente al Valencia.

Sigamos con la resta. Mendy es nulo en ataque, y se lía en defensa. Jugará siempre. Tchouameni es garantía de gol en defensa e irrelevante en el centro del campo. Jugará siempre.

Modric no es el que fue. Resultado, el Madrid juega de partida con menos cuatro jugadores. Bellingham, un prodigio, está descentrado: corre como Pedri pero le cunde menos y se fatiga más.

Ancelotti es adicto al test prueba/error, pero al revés: si Asencio se sale, al banquillo. Y eso vale para Güler, Brahim, Rodrygo, Camavinga, Endrick, Fran García… Los ha descentrado. Saben que los galones no se ganan en el campo.

Una plantilla que debía ser mágica porque atesora delanteros excepcionales, a la cabeza Mbappé (esfuerzo, talento y deportividad), se malogra por compañeros torpes, caducos o viciados por el ego. Le baila no sólo el Barcelona colegial de los Lamine, sino todo colista. La paz del vestuario puede costar tres títulos.

Ancelotti sufre una cruz. ¿Cómo el Barcelona tiene un canterano magnífico para cada posición, incluido suplente, y el Madrid no encuentra desde hace una década ni en alevines alguien mejor que Lucas Vázquez, Mendy, o Tchouameni o un relevo para Modric/Ceballos? Imposible.

Jugar con laterales como Vázquez o Mendy que no saben atacar es merma colosal frente a los equipos blindados que enfrenta el Madrid. Facilita que se anulen sus delanteros. Y un suicidio porque tampoco defienden. Basta ver lo que aporta Asencio (pases kilométricos, cortes, arrancadas, desmarques...) para certificar qué restan defensas ambitorpes. Los buenos evitan pasarles el balón. Porque lo pierden o lo retrasan. Y esto vuelve el juego pastoso y previsible.

El Madrid tampoco defiende en ataque. El Barcelona es manada. “Hace falta muy poco para meternos un gol”, dice Ancelotti. ¿No será culpa de sus protegidos?

Todo esto lo agrava una grada acrítica que festeja como proeza un autogol del Valencia y todo pase fallido de Vinicius porque ha corrido y pisado la cal. Ni Sánchez tiene parroquia tan sumisa.

Habrá aficionados que festejen que el Madrid acabe ganando todo o algo por carambola o gol de sus semidioses. Pero me gusta el fútbol. Quiero que mi Madrid deleite.

Los títulos opacan que se juega y entrena mal, se planifica peor y no se despliega el potencial del Madrid. Con tanto millón no se puede llorar por lesiones o árbitros. No brilla el mejor estadio con defensas indignos del Numancia.

No basta “nos ha faltado eneryía”… Toca un emérito de Ancelotti. “Me he equivocado. No se volverá a repetir”. Porque con tanto error se nos va la vida.